Más filosofía y menos positivismo impostado

El crecimiento personal es básico para nuestro desarrollo. Los humanos llegamos al mundo con una serie de capacidades que traemos “de serie”, pero necesitamos trabajarlas si queremos que esas capacidades lleguen a convertirse en habilidades.
Además de la asombrosa capacidad del raciocinio, que nos diferencia del resto de animales, nacemos con la capacidad de comunicarnos y, gracias a eso, somos capaces de convertirnos en grandes comunicadores. Pero si no trabajas en ello, lo más probable es que no pases de ser una conversadora mediocre.
Un conversador que no desarrolla su habilidad es capaz, por ejemplo, de pedirse un café en casi cualquier sitio. Pero no de hacerle entender al sonriente camarero de una franquicia cafetera, que quiere un café sólo, sólo un café sólo. Con la dosis de cafeína normal, de tamaño normal, con la carga normal y que no quiere acompañarlo de ningún bollito de muesli con bayas de goji. Lograr eso, sin parecer tremendamente desagradable, requiere unas habilidades comunicativas muy desarrolladas. Y una importante dosis de paciencia.
A lo que íbamos, tienes que trabajar tus capacidades, para convertirlas en habilidades. Cómo las trabajes, es otra cosa. Hay infinidad de técnicas: Desde la simple observación e imitación, que se te ha podido ocurrir a ti misma. A las técnicas más elaboradas, documentadas y complejas que has podido oír, ver, leer o estudiar. Al acto de utilizar cualquier herramienta que te permita mejorar tus habilidades, podríamos llamarlo autoayuda.
¿Cómo no vamos a estar cansados si nos lo hacemos nosotros todo? Da la casualidad de que, individualizados y cansados, como seres humanos damos pena, pero somos consumidores estupendos…
La autoayuda técnicamente puede entenderse como un camino hacia el crecimiento personal, el problema es que responde al mismo nombre la industria que se alimenta mayoritariamente de los que intentan alcanzar ese crecimiento por el camino más fácil y rápido. Y sin la menor duda, la de la autoayuda es una industria que funciona, sin embargo, la tabaquera también y todos tenemos ya claro que el tabaco mata.
Es muy necesario que existan empresas que divulguen el conocimiento, y no tiene nada de malo que sean rentables, al contrario, eso les permite tener mejores contenidos. El equilibrio es este:
- Finalidad: Promover el saber.
- Consecuencia: Rentabilidad económica.
Es una cuestión ética. En este tipo de empresa primará siempre la calidad del contenido que vende, y a partir de ese contenido se procurará una estrategia de venta rentable.
El problema llega cuando se invierten las tornas. Cuando la finalidad es lucrarse económicamente, a consecuencia de divulgar conocimiento. En este caso solo importa el beneficio económico, y la calidad del contenido en realidad no importa. Mejor dicho, importaría si esa fuese la exigencia del mercado.
Pero si se da la casualidad de que en efecto vende mucho más quien asegura que su técnica requiere menos esfuerzo, funcione o no, esa será la premisa. Por eso en multitud de productos de autoayuda los mensajes se simplifican y se sesgan.
Ya no importa si la explicación de una técnica, una vez recortada, ayudará de alguna forma al consumidor incauto. Únicamente importa que parezca tan fácil que quiera comprarlo. Así proliferan titulares como: «Hazte millonario solo con desearlo intensamente durante 30 segundos». Y con esa simple idea, puedes ganar miles de seguidores del “Yo seré millonario antes de que tu leas esto”
- Finalidad: Rentabilidad económica
- Consecuencia: Riesgo para la salud mental del usuario. Pérdida de credibilidad popular hacia técnicas que, bien entendidas, podrían ayudar a muchas personas a desarrollarse. Dando lugar a que su saber quede relegado y se desvirtúe.
Para mí, la industria de la autoayuda hoy se rige por lo que en España conocemos como “cultura del pelotazo”. Y prueba de ello es que a consecuencia del consumo irresponsable de autoayuda, ya aparecen nuevas patologías. Por ejemplo, ya hay gente que tiene fobia a parecer una persona tóxica, por lo que reprime cualquier impulso de tristeza, desagrado o enfado, sumergiéndose en un grave estado de ansiedad.
Además conviene recordar el poder de las palabras. piensa un momento en lo que ocurre cuando se legitiman este tipo de mensajes: “Sigue tus instintos”, “No permitas que nadie corte tus alas” o “no aceptes un no por respuesta”. Para esto no existe un organismo regulador que obligue a incluir un mensaje que advierta: “prohibida su venta a pedófilos y maltratadores”

La autoayuda individualiza, y el individualismo, a los humanos nos hace débiles, por la misma razón que «la unión hace la fuerza», por el mismo principio en que se basa el «divide y vencerás». Eso lo sabían ya hasta nuestros antepasados homo sapiens; ellos entendían que su poder y capacidad de supervivencia radicaba en la tribu a la que pertenecían.
Ahora, cuando alguien se autoayuda y así consigue evolucionar, se individualiza hasta el extremo. Y tras un largo día de auto esclavismo laboral, se sienta a ver series. No sin antes concentrarse en transmitirle al universo, con total nitidez, su deseo de que no estar asistiendo a la reunión de su comunidad, impida que puedan nombrarlo presidente. Porque ¿para qué? Si ya es líder en su trabajo, y así aporta suficiente a la sociedad. Resulta que igual lo que está aportando es más trabajo infantil al tercer mundo, pero eso no lo tiene del todo claro, porque pensar requiere un esfuerzo para el que nunca le quedan energías.
Nuestra sociedad en general fomenta la competencia y no la colaboración. Desde muy pequeños y durante toda nuestra vida de estudiantes se nos evalúa de forma individual, se nos adoctrina en la competitividad y cuando llegamos al mundo laboral encontramos más de lo mismo. ¡A nosotras más! incluso disponemos de una patología con nombre propio para definirlo: El síndrome de la abeja reina.
Si te fijas un poco te darás cuenta de que el concepto “auto” se ha convertido hoy en un mantra: Ya no hacemos fotos, sino autofotos, repostamos en gasolineras de autoservicio, en los viajes hacemos autocheck, registramos nuestra compra en el súper por cajas autopago, y así cada vez más cosas. Pero es que además lo hacemos tan felices como el niñito que aprende a atarse los cordones él solito, porque nunca nos falta el gratificante mensaje tipo:
¡Bravo!; ¡Bien hecho!; ¡Tú sí que sabes!
Cortesía, lógicamente, de la empresa que en ese momento se acaba de ahorrar mucho dinero en que te lo hayas hecho tú mismo, sin necesidad de interactuar con otro ser humano, al que tendrían que haber pagado.
¿Cómo no vamos a estar cansados si nos lo hacemos nosotros todo? Da la casualidad de que, individualizados y cansados, como seres humanos damos pena, pero somos consumidores estupendos: Comemos lo que nos dicen, leemos lo que nos dicen, creemos lo que nos dicen, votamos lo que nos dicen, deseamos lo que nos dicen. Casi agradecidos de que nos den las cosas ya pensadas, porque con un ritmo de vida como el nuestro ¿Quién tiene tiempo de pensar e informarse?
Ya ves, que el ser humano tenga la asombrosa capacidad de razonar, no sirve de nada si no la trabaja para convertirla en habilidad.
Así que, tú que estas aquí porque ya estás en evolución, ahora desautoayúdate y modera ese individualismo hasta un nivel sano, que te permita interactuar enriqueciéndote. Busca tu tribu, o mejor, vente a la nuestra.

Nati Gavira
Experta en filosofía comercial aplicada y profesional del packaging con más de 15 años en el sector. Se encuentra entre los perfiles técnico comerciales del cartón ondulado con más experiencia actualmente en España, y compagina este trabajo con la preparación de su libro sobre filosofía comercial, que estará disponible muy pronto.
Se define en perpetua mejora continua, y defiende que para mejorar como profesional hay que comenzar por mejorar como persona. Bajo esa premisa analiza de forma crítica el comportamiento humano en la sociedad actual, añadiendo siempre una dosis de humor irónico, que es lo que entiende como la sal de la vida.

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