De la arrogancia del algoritmo a la compasión del estrado: Redimir el derecho a través de Hannah Arendt

Como nos enseñó Hannah Arendt, el pensamiento es un acto subversivo porque nos obliga a detenernos, a mirar a los ojos al vulnerable y a responsabilizarnos por el mundo que construimos con cada firma, con cada sentencia y con cada decisión directiva.

Hay una escena célebre en la historia del pensamiento del siglo XX que debería ser de lectura obligatoria en todas las academias de policía, salas de audiencia y comités de cumplimiento corporativo. Me refiero al momento en que Hannah Arendt, cubriendo el juicio contra Adolf Eichmann en Jerusalén, descubre horrorizada que el gran ejecutor del horror no era un monstruo sediento de sangre, sino un burócrata gris. Un hombre que se defendía repitiendo que solo cumplía órdenes, aplicaba reglamentos y llenaba planillas con celo profesional. Fue allí donde Arendt formuló su célebre concepto sobre la banalidad del mal: la incapacidad patológica de pensar, de ponerse en el lugar del otro y de cuestionar la norma cuando esta se vacía de humanidad.

Llevo más de dos décadas inmersa en la administración de justicia, la docencia y la gestión de riesgos corporativos. Si algo me inquieta de la deriva actual en nuestras instituciones no es la falta de leyes o de tecnología, sino la proliferación de «Eichmanns burocráticos». Hemos santificado la eficiencia fría, la métrica automatizada y el silogismo rígido. Pretendemos juzgar vidas, sancionar conductas y evaluar riesgos a través de la distancia aséptica del algoritmo o de la norma deshumanizada, olvidando que cuando la técnica jurídica se divorcia de la empatía, el derecho deja de ser un instrumento de justicia para convertirse en una maquinaria de opresión.

Arendt nos advirtió que el pensamiento crítico nace de lo que ella llamaba la mentalidad ampliada: la capacidad ética de abrigar la perspectiva del otro, de sentir su vulnerabilidad y de asumir las consecuencias humanas de nuestras decisiones. En el ámbito penal y en el gobierno corporativo, la verdadera crisis no es de falta de controles; es una crisis de imaginación moral. Cuando un juez o un oficial de cumplimiento aplica un código sin preguntarse a quién aplasta esa decisión en la realidad material, está actuando con la misma ceguera automática que denunciaba la filósofa alemana.

Traer a Hannah Arendt a la discusión del Compliance, de la criminología contemporánea y del liderazgo no es un ejercicio académico ni un adorno teórico. Es un imperativo ético de supervivencia institucional. En las organizaciones modernas se ha vuelto cómodo esconderse detrás de la «neutralidad del procedimiento». Se despiden trabajadoras, se desestiman denuncias de acoso o se ignoran situaciones de violencia vicaria y estructural alegando que «el reglamento no contempla esas variables» o que «las partes no aportaron la prueba formal requerida».

Esa cómoda apatía es la versión moderna de la banalidad del mal. La falsa neutralidad es la coartada perfecta de los cobardes. Un sistema de integridad o de justicia que no sabe conmoverse ante el dolor ajeno, que trata el pánico de una víctima o la asimetría de poder como un simple «conflicto entre partes», es un sistema podrido por dentro.

No necesitamos más administradores de expedientes ni auditores mecánicos que marquen casillas en una pantalla; necesitamos líderes y operadores de justicia con el coraje de pensar por sí mismos y de quebrar la inercia del procedimiento cuando este atenta contra la dignidad humana.

El verdadero Liderazgo con Corazón exige recuperar la capacidad de juzgar con comprensión, tal como lo proponía Arendt. Comprender no significa justificar la impunidad ni flexibilizar el rigor técnico; significa mirar el contexto entero, desmantelar los eufemismos burocráticos y asumir que detrás de cada número de expediente hay un ser humano cuya vida depende de nuestra integridad ética.

Las mujeres que hoy alzamos la voz desde las ciencias penales, la investigación y la alta dirección tenemos la tarea impostergable de desmantelar la arrogancia de este modelo tecnocrático. Nos negamos a aceptar que la administración de justicia o la gestión del riesgo sean procesos mecánicos conducidos por mentes anestesiadas.

Cuestionar el automatismo de las normas no es debilitar el Estado de Derecho; es salvarlo de su propia rigidez. Como nos enseñó Hannah Arendt, el pensamiento es un acto subversivo porque nos obliga a detenernos, a mirar a los ojos al vulnerable y a responsabilizarnos por el mundo que construimos con cada firma, con cada sentencia y con cada decisión directiva.

La verdadera excelencia jurídica y gerencial no nacerá jamás del cumplimiento ciego de un protocolo, sino de la valentía infranqueable de poner la dignidad humana por encima de cualquier estructura.

María Alejandra Mancebo

Con experiencia en la Administración de Justicia por 25 años como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu
Área Académica.

Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en Universidades Nacionales. Conferencista Nacional e Internacional, Articulista nacional e internacional, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Unversitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM e integrante y una de las creadoras de Cata Jurídica con tacones con la Dra. Esther Alfonzo Rivera. Articulista y Conferencista Nacional e Internacional

Actualmente
Defensora de los Derechos de la Mujer
Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional)
Asesora externa de la Universidad Yacambú
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta de Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Directora de la Revista Igualdad de Género en Venezuela
Consultora Visionaria

Mi mejor título ser Mamá

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