La grieta que nos devolvió el reflejo

La muerte y la devastación nos reencontraron con lo que somos en nuestra esencia más desprotegida, obligándonos a ser, irremediablemente, mejores humanos. No porque el sufrimiento tenga un propósito romántico, sino porque nos arrancó la arrogancia de cuajo y nos recordó que, al final del día, nuestra única red de salvación es la persona que tenemos al lado.

El polvo que levantó el sismo del 24 de junio se nos metió en los ojos, pero el ardor y la asfixia venían de mucho antes. Llevamos años habitando el colapso, normalizando la falla de los servicios, los adioses prolongados y la lucha diaria por no ahogarnos en un país donde todo cuesta el triple de esfuerzo.

Nos habíamos convertido en expertas en caminar sobre escombros invisibles, en endurecer la piel para no quebrarnos. Por eso, cuando la tierra rugió y se partió literalmente bajo nuestros pies, la fractura fue mucho más allá del asfalto. Ese temblor rompió el dique de nuestra propia contención.

Me descubrí de pronto con unas ganas inmensas de llorar; un llanto denso, pesado, que no pedía permiso. No era solo el terror a la réplica sísmica, era el agotamiento agolpado en la garganta tras intentar sostener una vida normal en un lugar crónicamente roto.

Durante más de dos décadas me he movido entre tribunales, auditorías y despachos, creyendo que el rigor del derecho penal, la exactitud del Compliance o la filosofía jurídica podían ponerle un corsé al caos. He dedicado mi vida profesional a documentar, prevenir y gestionar riesgos. Sin embargo, frente a la mirada desorbitada de la gente en la calle y la avalancha de mensajes reportando daños en otros estados, toda esa edificación intelectual se vino abajo.

Ninguna matriz de prevención te prepara para el olor a pánico colectivo. Frente a la vulnerabilidad extrema, los títulos de doctorado y los cargos gerenciales no son más que adornos inservibles que no logran detener el derrumbe de las paredes.

El dolor incesante de las imágenes que no dejaban de llegar en las horas posteriores me arrastró sin piedad hacia mi propia memoria. Sentir la impotencia ajena se convirtió en un eco físico, una opresión idéntica a la que me aplastó el pecho cuando perdí a mi primer bebé a los ocho meses de gestación. Quien ha parido la muerte sabe que ese es un abismo que no se audita, que no prescribe ni se archiva. Es un dolor que te reconfigura la anatomía del alma; no cesa nunca, simplemente aprendes a respirar con él a cuestas. Al ver a mi país sangrando, a tantas familias perdiendo lo poco que les quedaba en cuestión de segundos, reconocí ese mismo vacío l.

Comprendí entonces que la empatía más feroz nace precisamente de allí, de saber exactamente a qué sabe la desolación. Ese dolor propio y silenciado es el puente más honesto que tenemos para sostener al otro cuando su mundo se apaga de golpe.

A las mujeres que lideramos espacios, a las que se nos llama «visionarias», a menudo se nos exige una entereza inquebrantable. Hemos creído que gerenciar la crisis es no quebrarse. Pero esta tragedia nos demostró que llorar frente al escombro no es debilidad; es el testimonio de que aún estamos vivas y de que el dolor ajeno nos importa.

En medio de ese colapso crónico que nos había vuelto desconfiados y solitarios, el temblor nos forzó a mirarnos a la cara. Sobrevivir nos había empujado a mirar solo nuestro metro cuadrado, a competir por lo mínimo. Pero la crudeza de este evento nos despojó de esa coraza. Vi a vecinos compartiendo un pedazo de pan, a desconocidos apartando piedras con las manos desnudas y a personas deteniéndose en medio del pánico para abrazar a quien no podía sostenerse en pie.

No hizo falta que el Estado interviniera, ni que se emitieran decretos formales. La respuesta fue orgánica, profundamente humana. Aquí es donde cobra vida y sentido práctico lo que durante años he investigado como el liderazgo del amor en la gerencia. No se trata de un concepto ingenuo, sino de una influencia interpersonal que permite la cooperación y el reconocimiento del otro como un ser legítimo en la convivencia.

Tal como lo postula la biología del emocionar, el amor es un fenómeno relacional básico; es la emoción fundamental que hace posible nuestra existencia en sociedad. Ese día, el amor desplazó a la burocracia y se convirtió en la única política pública de supervivencia efectiva.

La muerte y la devastación nos reencontraron con lo que somos en nuestra esencia más desprotegida, obligándonos a ser, irremediablemente, mejores humanos. No porque el sufrimiento tenga un propósito romántico, sino porque nos arrancó la arrogancia de cuajo y nos recordó que, al final del día, nuestra única red de salvación es la persona que tenemos al lado.

El verdadero reto que enfrentamos ahora no es auditar los daños materiales ni redactar nuevas ordenanzas de construcción civil. La tarea es atrevernos a liderar desde esta nueva vulnerabilidad compartida, entendiendo que el humanismo no es una teoría académica, sino la práctica urgente de hacernos cargo del otro.

 El llanto que se nos atragantó no va a desaparecer mágicamente, y las grietas de nuestra historia reciente seguirán abiertas. La verdadera pregunta que queda vibrando en el asfalto roto no es cómo volver a la normalidad de antes, ¿¿sino ??sí seremos capaces de mantener viva esta humanidad que la tierra nos obligó a desenterrar, o si permitiremos que el polvo de la rutina vuelva a cegarnos

María Alejandra Mancebo

Con experiencia en la Administración de Justicia por 25 años como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu
Área Académica.

Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en Universidades Nacionales. Conferencista Nacional e Internacional, Articulista nacional e internacional, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Unversitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM e integrante y una de las creadoras de Cata Jurídica con tacones con la Dra. Esther Alfonzo Rivera. Articulista y Conferencista Nacional e Internacional

Actualmente
Defensora de los Derechos de la Mujer
Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional)
Asesora externa de la Universidad Yacambú
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta de Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Directora de la Revista Igualdad de Género en Venezuela
Consultora Visionaria

Mi mejor título ser Mamá

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