Soltar el peso que ya no nos corresponde

Vivir más ligera no significa tener una vida sin problemas, tampoco significa dejar de cuidar a quienes amamos. Significa aprender a distinguir entre lo que nos pertenece y lo que no, entre ayudar y hacernos responsables, entre amar y sacrificarnos, entre acompañar y cargar, entre estar disponibles y abandonarnos.

.Después de los cincuenta, nunca es tarde para liberar lo que pesa y caminar más ligera.

Quizá no necesitamos hacernos más fuertes. Quizá necesitamos dejar de cargar tanto.

Hay una edad en la vida en la que algo comienza a cambiar. Puede empezar alrededor de los cincuenta, tal vez un poco antes o un poco después.

Los hijos empiezan a hacer su propia vida. Los padres envejecen. El cuerpo cambia. La menopausia transforma muchas cosas. Las relaciones se reacomodan. Algunas mujeres continúan trabajando, cuidando, resolviendo, acompañando.

Y, de pronto, aparece una pregunta que durante muchos años pudo haber quedado rezagada detrás de todas las obligaciones:

¿Y yo, qué quiero?

Pregunta difícil, ¿Cierto?…

Porque la mayoría de las mujeres hemos aprendido desde muy jóvenes a estar pendientes de los demás:

  • A anticiparnos
  • A resolver
  • A cuidar
  • A sostener
  • A ser fuertes

Aprendimos a reconocer el dolor, el cansancio, la tristeza de nuestros hijos antes de que ellos lo expresaran, el estado de ánimo de la pareja con solo escuchar su voz, así como las necesidades de nuestros padres, etc.

Y, sin darnos cuenta, llegamos a las cinco décadas con una enorme capacidad para sostener la vida de los demás… pero con muy poco espacio para habitar la propia, y éste, es el peso que no siempre se ve.

Cuando se habla de carga, se suele pensar en algo concreto, pero existe otra carga más silenciosa, y esta es sentir que somos responsables de cómo se sienten los demás.

  • Pensar que tenemos que mantener a la familia unida
  • Creer que decir “no” es egoísmo.
  • De sentir culpa cuando no tenemos nada que hacer.
  • Pensar que una buena madre debe estar siempre disponible
  • Que una buena hija tiene que cuidar
  • Que una buena pareja debe comprenderlo todo.
  • Que una buena mujer debe poder con todo.

Ese peso, puede acompañarnos durante varios años.

Y aunque no se puede afirmar científicamente que exista un porcentaje determinado de mujeres mayores de cincuenta que “cargan emociones que no les corresponden”, se sabe que existe una desigual distribución del trabajo doméstico y de cuidados.

Los datos de México son contundentes.

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024 del INEGI, las mujeres dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo no remunerado doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario. Los hombres dedican 18.2 horas. Es una diferencia de 21.5 horas cada semana. ([INEGI][1])

Y la propia ENUT  ha comenzado a reconocer algo que durante mucho tiempo fue difícil de nombrar: en su edición 2024 incorporó la medición del tiempo dedicado al cuidado emocional de los integrantes del hogar. ([INEGI][2])

Porque cuidar también es escuchar, contener, preocuparse, estar disponible, acompañar, recordar, anticiparse, sostener emocionalmente; y quizá, muchas mujeres hemos hecho esto durante décadas sin siquiera llamarlo trabajo.

Después de tantos años de sostener, el cuerpo también pide espacio. El cuerpo no es solamente aquello que vemos frente al espejo. Es el lugar desde donde vivimos nuestra historia.

Con nuestro cuerpo caminamos, abrazamos, trabajamos, cuidamos, cocinamos, cargamos, dormimos y atravesamos nuestras emociones. También es el lugar desde donde respiramos.

Y cuando se ha vivido durante tantos años pendiente de todo lo que ocurre a nuestro alrededor, puede ser muy fácil desconectarnos de una pregunta fundamental:

¿Qué está ocurriendo dentro de mí?

No se trata de afirmar que cada tensión corporal sea una emoción acumulada, ni que mover determinada parte del cuerpo haga desaparecer automáticamente una experiencia emocional. La ciencia no permite hacer afirmaciones tan simples.

Sin embargo, sí existe evidencia y cada vez va tomando más fuerza, de que el movimiento y la actividad física pueden contribuir al bienestar psicológico de las mujeres durante la transición de la menopausia y después de ella.

¿Esto nos está diciendo algo importante?

¡Por supuesto que sí!

Mover el cuerpo puede ser mucho más que ejercitar los músculos. Puede ser una forma de recuperar presencia. Moverse para volver a sentir

Durante muchos años el movimiento estuvo relacionado con obligación:

Tengo que hacer ejercicio.

Tengo que bajar de peso.

Tengo que mantenerme joven.

Tengo que verme bien.

Pero definitivamente, podemos comenzar a relacionarnos con nuestro cuerpo de una manera diferente.

No desde el castigo. Si desde la escucha.

Caminar porque queremos respirar.

Bailar porque queremos sentir alegría.

Estirarnos porque queremos recuperar espacio.

Fortalecernos porque queremos sentirnos capaces.

Respirar profundamente porque queremos volver a estar aquí.

Mover los hombros porque hemos pasado demasiado tiempo sosteniendo.

Abrir el pecho.

Soltar la mandíbula.

Sentir los pies.

Mover la pelvis.

Caminar sin prisa.

 

Y preguntarse:

¿Cómo siento mi cuerpo cuando dejo de intentar cumplir con las expectativas de todos?

En ese instante, el movimiento puede convertirse en una conversación con una misma, creando un espacio donde podamos sentir, reconocer y relacionarnos de otra manera con aquello que estamos viviendo.

Soltar no significa dejar de amar, no significa abandonar. Poner límites no significa dejar de querer. Dejar de resolver no significa dejar de acompañar. Descansar no significa ser egoísta. Decir “esto no me corresponde” no significa ser indiferente.

Una mujer:

  • Puede amar profundamente a sus hijos sin resolverles la vida.
  • Puede acompañar a sus padres sin olvidarse de sí misma.
  • Puede amar a su pareja sin hacerse responsable de todas sus emociones.
  • Puede ser abuela sin volver a asumir todas las responsabilidades de una madre.
  • Puede ayudar sin rescatar, puede cuidar sin desaparecer.

 Puede decir:

  • “Te amo, pero esto te correspon.
  • Y también puede decirse a sí misma: “No tengo que cargarlo todo para demostrar cuánto amo.”

 

¿Qué estamos listas para dejar?

Quizá esta etapa de la vida no solamente nos invita a preguntarnos qué queremos hacer.

También nos invita a preguntarnos qué ya no queremos seguir cargando.

¿Qué responsabilidad asumí que nunca fue realmente mía?

¿Qué culpa sigo llevando?

¿Qué expectativa heredé?

¿Qué papel sigo interpretando, aunque ya no me corresponda?

¿Qué necesito dejar de controlar?

¿Qué puedo devolver a quien corresponde?

¿Qué parte de mí necesita volver a respirar?

 

A veces la transformación no comienza agregando algo nuevo a nuestra vida, comienza quitando: exigencias, culpas, miedo a decepcionar, la idea de que tenemos que poder con todo, el “debería o tendría que”. Y es cuando aparece como por arte de magia, algo que habíamos olvidado: ¡Nuestro Espacio!

Vivir más ligera no significa tener una vida sin problemas, tampoco significa dejar de cuidar a quienes amamos. Significa aprender a distinguir entre lo que nos pertenece y lo que no, entre ayudar y hacernos responsables, entre amar y sacrificarnos, entre acompañar y cargar, entre estar disponibles y abandonarnos.

Quizá las primeras cinco décadas, no sean el comienzo de una etapa en la que tenemos que demostrar que todavía podemos con todo, pero si puede ser el inicio de una etapa en la que finalmente podemos preguntarnos

¿Qué quiero hacer con la fuerza que me queda?

Bailar, caminar, crear, viajar, abrazar, disfrutar, aprender, amar, vivir.

Porque después de tantos años sosteniendo el mundo de los demás, también tenemos derecho a sostenernos a nosotras mismas.

Y este es el mejor regalo que te puedes otorgar en esta etapa. Comprender que es momento de quitar esas obligaciones que ya no nos pertenecen, sacudir los hombros, enderezarnos, sentir los pies y dar pasos ligeros, no hacia una versión más perfecta, sino hacia una versión más nuestra, más presente, más libre.

Porque a veces vivir más ligera no significa tener menos cosas que hacer.

Significa dejar de llevar aquello que nunca fue nuestro.

Soy Flor Cuecuecha, Coach de Movimiento Corporal y Emocional. Guío especialmente a mujeres, y hombres en procesos de liberación emocional a través del movimiento consciente y la escucha profunda creando un refugio seguro para expresar lo que sienten.

Me formé en distintas disciplinas de movimiento y bienestar. En cada sesión, fui testigo de algo profundo: cuando el cuerpo se mueve con intención, las emociones también encuentran una vía para liberarse.

En 2013, inicié un camino profundo de crecimiento personal que me permitió integrar cuerpo y emociones desde una comprensión más consciente.

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