A los 58 años sigo siendo virgen

«Durante mucho tiempo nos hicieron creer que era mejor seguir siendo vírgenes en todo. Que miráramos la vida con miedo. Haciéndonos creer que no podríamos. Que no seríamos capaces. Que es mejor no perder lo único que, supuestamente, nos hace buenas a ojos del mundo: ser vírgenes.«
A los 58 años sigo siendo virgen
Sí, sí, lo has leído bien.
Tengo 58 años, llevo 31 años casada y, ah, un pequeño detalle: soy madre de gemelos de 24 años.
Y sigo siendo virgen.
La naturaleza siempre sorprende. A mí lo ha hecho durante el fluir de mi vida, y ahora, permitiéndome conservar mi virginidad.
Gracias, vida, por esa protección.
Seguro que ahora estaréis intrigadas, pensando que el título no es correcto. Que ese vocablo, con tanto peso como virginidad, no está interpretado en mi cabeza como debería.
Y tenéis razón.
Mi interpretación y la de la mayoría van por senderos distintos.
Antes de descubriros mi mejor secreto, el de conservar ese trofeo para muchos y ese peso para otras, quiero empezar reflexionando sobre lo que significa la virginidad para las mujeres. O, al menos, sobre lo que significó para mí mi virginidad.
No sería hasta la adolescencia cuando descubrí que existía esa palabra. Entonces, para mí, era un vocablo que parecía que debía proteger. Sin él, estaría expuesta a un mundo diferente. Rectifico: el mundo no sería diferente; sería yo la diferente.
Era como si perdiera mi protección. Como si, después de dejar de ser virgen, fuera otra persona. Y esa otra, a ojos de una adolescente, no parecía muy interesante. O, quizás, daba mucho miedo.
Esa pérdida, al parecer, debía ser dolorosa. Lo veías, o mejor dicho, lo intuías en el cine. En mi época nada era del todo explícito. La imaginación trabajaba sin descanso.
Las madres transmitían a sus hijas —a mí me lo hicieron— que esa pérdida no sería placentera. Que primero debía llegar el dolor para, después, conseguir el placer.
No pintaba bien. Nada bien.
Cuánto miedo a perderla.
No quería dolor. No quería dejar de ser yo. No quería convertirme en otra. Dejar de ser única para pasar a ser una más.
Además, era importante con quién dabas ese gran paso. Una responsabilidad añadida. Nadie era perfecto. Había que seleccionar, si podías. Si te dejaban. Si te aceptaban.
Para mí, empezó a pesar. No me dejaba ser yo con mi normalidad. No me dejaba vivir sin miedo. No me dejaba avanzar. Brillaba sin brillo.
Y llegó el momento.
Lo busqué. Lo provoqué.
No por haber encontrado a la persona importante, sino por querer avanzar.
Mi primera virginidad terminó allí porque quería volar más alto. Y ese afán de volar me hizo quitarme un peso de encima. Una losa emocional. De esas con las que nos cargan desde pequeñas. A las mujeres.
A mí me pesó. Me pesaba. No me dejaba mirar hacia adelante. Siempre estaba ahí.
Hasta que me harté.
Y dejé de ser virgen.
Entonces.
Ahora sigo siéndolo.
Sí, sí, de nuevo habéis leído bien. Sigo siendo virgen. Y espero que vosotras también. O, si no lo sois, espero que, después de leer mi confesión, volváis a serlo.
Porque he decidido darle otro significado a esa palabra. O, mejor dicho, he descubierto que puede tener un significado distinto del que nos han vendido. El de querer que siempre seamos vírgenes, castas, con miedo, sin arriesgar, protegiéndonos… ¿de quién?, ¿de ellos?, ¿de qué?, ¿de todo?
Pero ser virgen es mágico. Aunque, sobre todo, lo mejor de serlo es dejar de serlo… para volver, de nuevo, a serlo.
Rebuscado, quizás.
Para mí es entendible. Diría más: es impensable verlo de otra manera.
Porque para mí ser virgen es no haber vivido todavía una primera vez.
Fui virgen sexualmente hasta que dejé de serlo.
He sido virgen como escritora, hasta que en pocos días se publicará mi primer libro. Y mi segundo ya está en la fase final.
He sido virgen al exponerme dando conferencias, hasta que rompí ese himen invisible que tenía en mi cabeza.
He perdido cientos de veces esa virginidad del «no podré», del «no seré capaz». Incluso la del «esto no es para mí» o «no estoy en el lugar correcto».
Y todas esas pérdidas de mi virginidad, en realidad, han sido una liberación.
Cuán engañadas nos tienen.
Durante mucho tiempo nos hicieron creer que era mejor seguir siendo vírgenes en todo. Que miráramos la vida con miedo. Haciéndonos creer que no podríamos. Que no seríamos capaces. Que es mejor no perder lo único que, supuestamente, nos hace buenas a ojos del mundo: ser vírgenes.
Un miedo que te hace creer que, si pruebas una primera vez de algo, perderás una parte de ti.
Y es cierto.
Dejas de ser tú.
Pero para convertirte en una tú que brilla. Con miedo, quizás. Pero valiente, de eso estoy segura.
Y sigo siendo virgen.
Soy virgen de atreverme a hacer algo que llevo años convencida de que no es para mí: ser oradora.
Soy virgen para decir no cuando me pesa.
Soy virgen para resolver conversaciones incómodas.
Soy virgen para vivir sin miedo.
Y quizá esa sea la virginidad más importante de todas.
Estas son mis próximas virginidades por perder. Algunas quizás sean dolorosas, pero con eso ya contamos. Seguro que después llegará ese placer tan anhelado. Y, si no llega, habré traspasado otras membranas invisibles.
De hecho, con este artículo acabo de perder otra de mis virginidades: la de escribir por primera vez en un espacio como el de Visionarias.
Ojalá nunca deje de ser virgen.
Porque seguir siendo virgen significa que la vida todavía tiene algo nuevo reservado para mí.
Esther Torras es Ordenóloga Profesional desde 2017, divulgadora, formadora y autora del libro El desorden no es un fallo. Es una señal.
Durante casi una década ha entrado en cientos de hogares acompañando a personas y familias en procesos de transformación a través del orden. Su experiencia le ha permitido comprobar que el desorden rara vez es el problema real, sino la manifestación visible de situaciones, emociones y etapas vitales que necesitan ser atendidas.
Emprendedora resiliente y apasionada por ayudar a las personas, creó Esther Torras – Ordenóloga con el propósito de convertir el orden en un aliado accesible, útil y libre de culpa. Su trabajo va más allá de la organización de espacios: escucha, comprende y diseña soluciones realistas adaptadas a cada estilo de vida, alejadas de la búsqueda del orden perfecto.
Como divulgadora, reúne cerca de 40.000 seguidores en redes sociales, donde comparte consejos prácticos, reflexiones y herramientas para ayudar a las personas a mejorar su bienestar a través de la transformación de sus espacios.
Además, es creadora y formadora del Método Ordenóloga®, una metodología propia con la que forma a nuevas profesionales del sector desde una visión humana, flexible y transformadora del orden.
Con la publicación de El desorden no es un fallo. Es una señal, Esther Torras traslada al papel los aprendizajes, experiencias y reflexiones acumulados tras años acompañando a personas que buscaban mucho más que una casa ordenada: buscaban vivir con más calma, claridad y bienestar.
Web: esthertorras.com
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