Apagar para volver a ser

«Si bien el teletrabajo y la hiperconectividad prometieron flexibilidad, para muchas mujeres significaron lo contrario: la desaparición de los límites entre el trabajo remunerado y el no remunerado, entre la vida profesional y la personal, entre el tiempo para producir y el tiempo para simplemente vivir..”
Hay días en que la vida de una mujer se traduce en una sinfonía de ruidos cotidianos. Así el botón de encendido del ordenador marca el inicio de una jornada que no distingue fronteras. El zumbido de la licuadora preparando el desayuno, el pitido del microondas, las notificaciones constantes del celular y la voz del jefe que, aunque virtual, se cuela por los auriculares.
Si bien el teletrabajo y la hiperconectividad prometieron flexibilidad, para muchas mujeres significaron lo contrario: la desaparición de los límites entre el trabajo remunerado y el no remunerado, entre la vida profesional y la personal, entre el tiempo para producir y el tiempo para simplemente vivir.
Recordemos que el teletrabajo se instaló como norma durante la pandemia, era la oportunidad para conciliar la vida laboral y familiar. Sin embargo, en la vida diaria, la conciliación pretendida se desvaneció ante la superposición reinante. Es que, para muchas mujeres, encargadas históricamente del cuidado hogareño-familiar, empezaron a trabajar desde el mismo espacio donde cocinan-limpian y maternan.
El hogar se volvió la oficina, aula, comedor y sala de reuniones, todo al mismo tiempo. Entonces me pregunto, dónde quedó el derecho a desconectarse de la mujer.
Sabemos que formalmente es una medida laboral pensada para proteger la salud mental y física de las personas trabajadoras, pero desde una visión realista, ¿es un derecho neutral?
En varios países, el “derecho a desconectarse” esta legislado, indicándose que las personas trabajadoras no están obligadas a responder mensajes, correos o llamadas fuera de su jornada laboral.
Suena bien, hasta protector, pero la realidad dista de lo legal en la práctica, dado que las mujeres no siempre pueden “apagar” su jornada y deben seguir con un segundo turno y hasta un tercero, después de terminar el trabajo formal.
Las cifras que surgen de estudios recientes elaborados por los organismos internacionales, informan que las mujeres dedican en promedio tres veces más tiempo que los hombres al trabajo no remunerado y en contexto de homeoffice, esa brecha se amplía aún mas. La flexibilidad prometida se transforma en la obligación de estar “siempre disponibles”, donde el descanso y el ocio se evaporan como una gota en el desierto.
En Argentina, según datos del INDEC, las mujeres dedican en promedio 6,4 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, frente a las 3,4 horas de los varones. Eso significa que, aunque ambas personas cierren el ordenador a las 18:00, una de ellas todavía tiene por delante la licuadora, la plancha, la tarea escolar, la olla a presión y, en algunos casos, el cuidado de personas mayores.
Es evidente que cuando el espacio laboral invade lo hogareño-domestico, los limites se han quebrado para las mujeres, quienes además de las tareas encargadas desde lo laboral se les anexa una carga mental extra, la organización de la cotidianeidad familiar, lo que también agota.
Y aquí es donde me planteo: ¿El homeoffice es bendición o trampa?.
Parecía una buena idea al principio, ya que evitaba traslados, ahorrar dinero y estar cerca de la familia; sonaba como una solución ideal. Pero pronto se volvió claro, que “estar cerca” también significaba estar disponible todo el tiempo: para el trabajo, para la casa, para los hijos, para todo.
El ordenador en la mesa del comedor convive con el tupper sin lavar, los libros del colegio y el almuerzo a medio preparar. Las reuniones en remoto se mezclan con el timbre del delivery o el llanto de un niño. El multitasking se volvió rutina. Y aunque muchas mujeres pueden con todo, no deberían tener que hacerlo todo al mismo tiempo.
La hiperconexión laboral se sumó a la hiperconexión doméstica. El resultado: días sin pausas, con la mente saltando de una tarea a otra, generando cansancio, ansiedad y culpa. Y la culpa se llevó todos los premios: por no trabajar más, no estar más presente en casa dejando el sabor amargo de estar en deuda siempre.
Es urgente repensar el teletrabajo con perspectiva de género. No para volver atrás, sino para avanzar hacia modelos más justos, donde el trabajo no invada todos los espacios y donde las mujeres puedan tener tiempo real para descansar, vivir y elegir.
La solución no es simplemente “desconectarse”. Requiere una transformación cultural y estructural: políticas públicas que reconozcan el trabajo de cuidado, empresas que respeten los horarios y promuevan la equidad, y una redistribución real de las tareas en el hogar. También implica que las mujeres puedan reclamar espacios propios, tiempos sin culpa, silencios que no sean sinónimo de abandono, sino de descanso.
El descanso, como el trabajo, tiene género. Y sin descanso real, no hay salud.
Claramente historias como estas se repiten a diario.
Magdalena, 39 años, administrativa. Desde que trabaja remoto, recibe mensajes de su jefe a cualquier hora. Sabe que no está obligada a contestar después de las 18:00, pero también sabe que, si no lo hace, la etiquetarán como “poco comprometida”. Cuando logra apagar el ordenador, empieza su otra jornada: cocina, ayuda con las tareas de sus hijos y organiza la casa. Se acuesta a la medianoche y siente que no tuvo un solo momento para ella.
Laura, 27 años, diseñadora gráfica. Vive sola y cree que el derecho a desconectarse es un lujo que no puede darse. Si no acepta trabajos freelance fuera de horario, no llega a fin de mes. Lo irónico: Su “libertad” de trabajar en cualquier momento la condena a estar siempre pendiente del celular.
Sus historias son distintas, pero tienen un hilo común: la imposibilidad de poner límites sin pagar un precio laboral o económico.
El verdadero desafío no es solo garantizar derechos, sino asegurarnos de que también respondan a las necesidades y experiencias de las mujeres. Para eso, necesitamos políticas integrales con perspectiva de género:
- En el ámbito laboral: horarios claros, límites a las comunicaciones fuera de jornada, formación en liderazgo no invasivo y métricas de productividad que no premien la disponibilidad total.
- En la sociedad: educación en corresponsabilidad doméstica desde la infancia, acceso universal a servicios de cuidado y cambios en la narrativa sobre “mujer multitarea” como algo admirable.
- En lo personal: aprender (y permitirnos) decir “no” sin culpa, apagar notificaciones y reclamar espacios propios sin justificarlos.
Por eso es fundamental apagar para encendernos. Apagar la licuadora, cerrar el ordenador, silenciar el celular. No como un simple gesto doméstico o laboral, sino como un acto de afirmación. Una forma de decir: mi tiempo vale, incluso cuando no está siendo monetizado. El derecho a desconectarse no es un lujo ni un capricho. Es una herramienta vital para cuidar nuestra salud mental, física y emocional.
Las mujeres tenemos el derecho, como posibilidad real, de no hacer nada por un rato, no estar disponibles las 24 horas. De existir sin estar produciendo, sin estar cuidando, sin estar resolviendo.
Justamente el desconectarse también es conectarse: con el descanso, el cuerpo, la vida que esta fuera de la pantalla y lejos del ruido de la cocina. HACERLO CON NOSOTRAS MISMAS.
Responsable de Administración Financiera y Relaciones Institucionales en el Instituto de Investigaciones en Medicina Traslacional (IIMT) CONICET/Austral.
Con enfoque en finanzas, contabilidad, presupuestos y fortalecimiento de relaciones institucionales. Marcada Gestión financiera y presupuestaria de proyectos institucionales. Desarrollo de relaciones institucionales y alianzas estratégicas. Sólida formación académica en finanzas, recursos humanos y gestión empresarial.
Formación académica:
Contador Público Nacional, Universidad de Buenos Aires (UBA)
Técnico en Comercio Exterior, Escuela Argentina de Negocios (EAN)
Diplomatura en Finanzas (Contexto de Basilea II), FUE
Diplomatura en Recursos Humanos, UBA
MBA y Dirección de Negocios, UNED, Madrid (2007–2011)
Emprendimientos:
Delicias de Campo Vitto: Producción y elaboración de productos de campo.
Stilo Tiziana: Indumentaria femenina.
Voluntariado: Protección animal
Mentora en Junior Achievement Argentina
Lorena vive en Buenos Aires, Argentina.
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Una nota muy acertada. Me senti identificada con cada palabra.