El coste de no ocupar tu lugar

Dejemos de cuestionarnos tanto. De hacernos preguntas antes de abrir la boca. De suponer que lo que pensamos no es suficiente. Dejemos el miedo a ser juzgadas, a que lo que digamos no tenga sentido o no esté a la altura de lo que ha dicho otra persona.

Muchas veces pensamos que no estar en determinados espacios no tiene consecuencias. Que no participar en una conversación, no posicionarse públicamente o no hacer visible nuestra propia opinión es, en el fondo, una elección neutral. Y no lo es.

Tiene efectos. Lo que ocurre es que no siempre son inmediatos ni evidentes.

Mi anterior entrega estuvo enfocada en un término que nos retrata a muchísimas: el «Síndrome de la Experta Invisible». Esa invisibilidad escogida, ese escondite donde guardamos nuestros conocimientos, nuestras opiniones, nuestro criterio, nuestra trayectoria, nuestra sabiduría. Y cuando queremos rescatarlos y sacarlos a la luz, algo nos detiene: una mirada, un cuestionamiento.

María Gabriela Bermúdez comentaba justo en ese artículo sobre la incomodidad que genera, muchas veces, intervenir en conversaciones de manera «disruptiva»: oponerse a ese silencio diplomático, preguntar aquello que no entendemos, opinar sobre aquello en lo que discrepamos.

Y es que para muchos —y muchas— es preferible callar que hablar desde las propias convicciones, esas que rompen con el discurso y el pensamiento lineal. Quizás es ahí cuando alguien quiere decirte: «Calladita te ves más bonita».

Lo más grave es que nos autocensuramos nosotras mismas. Son ellas quienes te dicen: «Déjalo pasar», «No hagas un problema de esto», «Suelta y relájate».

Como me comenta María Gabriela: «A veces pareciera que se premia más a quien soporta en silencio que a quien comunica con claridad. Pero yo sigo creyendo en las conversaciones incómodas que evitan resentimientos silenciosos. En las mujeres que piensan, cuestionan y sostienen su voz sin pedir disculpas por existir intelectualmente».

Debemos cambiar esto. Porque esa duda, ese no decir las cosas, ese no intervenir, nos expulsa de las conversaciones y nos expulsa de los espacios donde se toman decisiones. Y si no estamos en esas decisiones, seguiremos siendo invisibles. Debemos, como bien dice María Gabriela, sostener nuestra voz. Más que sostenerla: amplificarla. Sin pedir disculpas por ello. Porque eso es otro patrón que arrastramos: pedimos disculpas por todo.

Hubo también un comentario que me pareció igualmente revelador. El de Rodrigo Rangel: «Los espacios profesionales no siempre premian la mejor idea, sino la idea que logra entrar en la conversación en el momento adecuado. Ahí, la visibilidad no es exposición superficial, es participación efectiva en la construcción del criterio colectivo».

Qué poderoso esto que señala. Porque no se trata de participar por participar. Se trata de hacerlo en el momento oportuno, que es donde una idea, un comentario, una reflexión, cobra vida y genera conversación. Ahí dejas de ser invisible. Pero tampoco se trata de guardar ese pensamiento esperando el momento perfecto, diciéndote: «Cuando sea el momento, lo digo». No. Ese momento caduca. Y con él, también la oportunidad de construir autoridad.

Dejemos de cuestionarnos tanto. De hacernos preguntas antes de abrir la boca. De suponer que lo que pensamos no es suficiente. Dejemos el miedo a ser juzgadas, a que lo que digamos no tenga sentido o no esté a la altura de lo que ha dicho otra persona.

La ausencia se instala de forma silenciosa. No genera conflicto, no expone, no incomoda. Pero, precisamente por eso, se acumula. Y se traduce en oportunidades que no llegan.

No porque no existan, sino porque muchas de ellas no se publican ni se anuncian. Circulan en conversaciones, en referencias, en espacios donde alguien propone a alguien. Y para estar en esa cadena, primero hay que haber estado presente.

La visibilidad, en ese sentido, no es solo una cuestión de exposición. Es una forma de existencia profesional.

Diversos informes sobre liderazgo y desarrollo de carrera coinciden en señalar que el reconocimiento no depende únicamente del rendimiento, sino también de la percepción. Y esa percepción se construye, en gran medida, a partir de lo que otros ven, escuchan y recuerdan. Cuando esa presencia no existe —o es intermitente— simplemente se deja de estar en el radar.

Porque hay un punto en el que no intervenir deja de ser prudencia y empieza a convertirse en renuncia. No explícita. No deliberada. Pero real.

A menudo hablamos del riesgo de exponernos: equivocarnos, no gustar, no estar a la altura. Pero, ¿qué pasa con el riesgo de no estar?

El de no ser tomada en cuenta. El de no formar parte de determinadas conversaciones. El de ver cómo otras personas ocupan espacios que, en términos de experiencia, también podríamos haber ocupado.

No se trata de estar en todas partes ni de intervenir constantemente. Se trata de reconocer que la ausencia sostenida no es gratuita. Tiene un coste. Y, en muchos casos, ese coste no se percibe hasta que el espacio ya está ocupado.

Y esto no aplica únicamente a quienes se mueven en el mundo corporativo. Ocurre si eres emprendedora, si trabajas de forma independiente, si estás construyendo tus propios proyectos o recomenzando en otro ámbito de tu vida. Debemos estar en las conversaciones y en los espacios que nos importan. No en todos. No por estar. Primero hay que saber hacia dónde vamos, y sobre todo, hacia dónde queremos ir. Dónde queremos estar. Dónde queremos que nuestra voz tenga peso. Y a partir de ahí, dar pasos. Atreverse. Romper con tanto síndrome que nos han atribuido. Y unirnos. Apoyarnos. Caminar juntas. Porque al final, todas atravesamos los mismos miedos, las mismas barreras, y muchas veces, circunstancias que se replican una y otra vez.

Periodista con Perspectiva de Género y Editora de medios digitales e impresos. Experta en Comunicaciones y Visibilidad.

Escribe para hacer visible lo invisible, sobre igualdad de género, sobre mujeres referentes, sobre la mujer en el mundo de los negocios y sobre el emprendimiento liderado, «por supuesto», por mujeres.

Ha dirigido los departamentos de Comunicaciones de organizaciones relacionadas con el sector de los negocios e inversiones. Fue Directora de Comunicaciones de la Cámara de Industria y Comercio de EEUU y Venezuela, Gerente de Comunicaciones del Consejo Nacional de Promoción de Inversiones (Caracas) y Editora de la revista sobre economía y negocios Business Venezuela.

En 2014 creó su propio blog, Voces Visibles, para escribir sobre los derechos de mujeres y niñas en el mundo. Publicó en Amazon La Mujer. Una Voz que se extiende. Ha escrito para Womenalia, FeminismoINC y otros medios y comunidades.

Es Consultora Comunicacional y apoya y asesora a mujeres que están en proceso de visibilizarse.

Marita es fundadora de Visionarias y su Directora Ejecutiva y Editorial. Es también Consultora Visionaria.

Su lema: Atrévete, visibilízate, Cree en ti

Puedes conseguir su libro aquí: click aquí

Marita Seara es Experta Visionaria. Visita su espacio. CLICK AQUÍ

Comunicación y Visibilidad

La palabra es poder y sobre todo la palabra escrita. En un mundo como el de hoy necesitamos perder el miedo, atrevernos y utilizar el lenguaje para posicionarnos como Expertas y referentes en nuestras áreas de acción. La visibilidad a través de la plabra permanece, es una huella que trasciende y que formará parte de nuestra trayectoria profesional. Escribir nos posiciona como referentes, pero escribir en los canales ideales. En esta columna hablaremos sobre la visibilidad de nosotras las mujeres, de cómo posicionarnos como expertas, cómo utilizar la comunicación escrita y como mostrarnos en diferentes plataformas. Hablaremos de atrevimiento, de cómo romper barreras, síndromes y todo aquello que nos bloquea. Hablaremos de tips y consejos sobre visibilidad y escritura, hablaremos de historias inspiradoras y más.
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