El día que el mundo volvió a empezar: Carta a Isabella

«Tú te convertiste en el «por qué» y en él «para quién». Mi lucha dejó de ser algo abstracto o personal para convertirse en una misión hereditaria. Defiendo mis derechos hoy, con uñas y dientes, para que tú no tengas que pelear tan duro mañana. Me defiendo de las calumnias y los ataques para limpiar el camino que tú recorrerás en unos años...»

Te escribo esto hoy, mi amor chiquito, desde la calma que solo tú puedes instaurar en mi vida. Te escribo para dejar constancia, en tinta y papel, de cómo una mujer que ha dedicado su vida a gestionar riesgos, a calcular peligros y a levantar muros de contención contra la injusticia, fue desarmada y reconstruida por un ser de apenas ochenta centímetros de altura.

A tus diecisiete meses, Isabella, eres un torbellino de descubrimientos. Estás en esa edad mágica donde el mundo deja de ser un cuadro estático para convertirse en un escenario que debes conquistar. Y yo, tu abuela, que he pasado los últimos tiempos inmersa en una batalla feroz, defendiéndome por el «pecado» de defender a otras mujeres, encontré en ti la única trinchera donde no necesitaba escudo.

La gente suele verme vestida de autoridad, tomando decisiones difíciles, analizando matrices de riesgo o alzando la voz cuando intentan vulnerar nuestros derechos. Creen que esa fortaleza es inagotable. No saben, mi niña, que el proceso de defenderse a una misma cuando te atacan es una de las experiencias más solitarias y desgastantes que existen.

Hubo días recientes en los que sentí que el aire me faltaba. Días en los que la ingratitud y la maldad humana parecían ganar terreno. Defender los derechos de la mujer a veces se siente como intentar detener una marea con las manos desnudas; te golpea, te arrastra y, cuando intentas mantenerte firme, te castigan por tu osadía.

Llegaba a casa con el alma llena de moretones invisibles, con la mente saturada de argumentos legales, de estrategias de defensa, de la fría lógica que se necesita para sobrevivir en un mundo de lobos. Me sentía seca. Sentía que la dureza necesaria para el combate se me estaba incrustando en la piel, que me estaba volviendo de piedra para que no me dolieran los golpes. Y ese es el mayor riesgo de todos: perder la ternura.

Pero entonces, llegaba el momento de verte.

A los diecisiete meses, no sabes de leyes, ni de patriarcado, ni de juicios morales. A los diecisiete meses, tu mayor preocupación es descubrir qué sonido hace un juguete al caer o cuán rápido puedes correr hacia mis brazos antes de tropezar con tus propios pies impacientes.

Verte a esta edad es presenciar la vida en su estado más puro y efervescente. Eres una pequeña exploradora que acaba de descubrir que tiene piernas para conquistar el mundo y manos para reclamar lo que es suyo. Cuando entraba a la habitación y te veía, todo el ruido estático de mis problemas se apagaba de golpe.

Era verte y entender que el tiempo se detenía. No existían los plazos, ni las acusaciones, ni el estrés corporativo. Solo existías tú, con esa curiosidad insaciable y esa alegría que te brota por los poros sin filtro alguno.

Verte caminar hacia mí, con ese andar todavía un poco tambaleante pero decidido, era ver la determinación humana en su forma más inocente.

Me mirabas y no veías a la mujer que fue cuestionada. Veías simplemente a tu «abuela». Y en ese reconocimiento, en ese brillo absoluto de tus ojos al verme, me devolvías la identidad que el mundo exterior intentaba arrebatarme.
Pero no bastaba con verte. Necesitaba tocarte para saber que yo seguía siendo real.

Hay una medicina que no venden en farmacias y que no se encuentra en ningún manual de resiliencia: la textura de tu piel y el peso de tu cuerpo contra el mío. Cargarte a tus diecisiete meses es un ejercicio de amor físico.

Ya no eres un bebé de brazos inerte; eres un cuerpo con voluntad, que se acomoda, que me rodea el cuello con esos bracitos que a veces aprietan con una fuerza sorprendente. Sentir tu cabeza apoyada en mi hombro, oler ese aroma tuyo una mezcla de leche, talco y algo dulce que solo tienen los niños amados funcionaba como un bálsamo instantáneo sobre mis heridas.

Tocarte las manitos, observar esos dedos diminutos que un día escribirán su propia historia, me servía para «aterrizar».: «Esto es verdad. Esto es lo que importa. Todo lo demás es ruido». Tu piel suave, sin cicatrices, sin arrugas de preocupación, me recordaba que la vida se renueva, que no todo está corrompido, que existe una pureza intocable que debo proteger.

Acariciar tu cabello, sentir tu respiración tranquila contra mi pecho… eran actos de purificación. Sentía, literalmente, cómo la tensión de mis hombros bajaba, cómo la mandíbula que había tenido apretada todo el día se relajaba. Tú absorbías mi dolor sin saberlo y lo transformabas en luz. Me «desintoxicabas» del mundo adulto.

En medio de mi defensa, cuando me cuestionaba si valía la pena tanto esfuerzo, si no sería más fácil callar y dejar pasar las cosas, te miraba por teléfono y ahora te toqué … A tus diecisiete meses, Isabella, me diste cátedra de perseverancia. Pensaba: «¿Cómo voy a rendirme yo, si ella se levanta cada vez que se cae? ¿Cómo voy a dejar de luchar por los derechos de las mujeres, si ella es una mujer en formación?«.

Tú te convertiste en el «por qué» y en él «para quién». Mi lucha dejó de ser algo abstracto o personal para convertirse en una misión hereditaria. Defiendo mis derechos hoy, con uñas y dientes, para que tú no tengas que pelear tan duro mañana. Me defiendo de las calumnias y los ataques para limpiar el camino que tú recorrerás en unos años.

Isabella, tú me salvaste. Me salvaste de la amargura. Me salvaste de creer que la justicia no existe. Me salvaste del agotamiento, inyectándome esa energía vital que solo tiene alguien que acaba de descubrir el mundo.

A tus 17 meses, con tu vocabulario limitado pero tus emociones infinitas, fuiste mi abogada defensora más elocuente. Tu existencia argumentó a favor de mi felicidad. Tu risa fue el veredicto final que declaró que, a pesar de todo, la vida es hermosa y vale la pena ser vivida con la frente en alto.

Quiero que sepas que tu abuela no se rompió. Me doblaron, sí. Me cansaron, también. Pero no me rompieron porque tú eras el cemento que mantenía mis piezas unidas.

Gracias por dejarme verte, por dejarme tocarte, por dejarme ser parte de tu asombroso descubrimiento del mundo. Mientras yo gestionaba riesgos allá afuera, tú eliminabas el riesgo más grande aquí adentro: el riesgo de perder la esperanza.

Sigue creciendo, mi niña valiente. Sigue corriendo, sigue cayendo y levantándote. Que aquí estará tu abuela, con la armadura guardada en el armario y los brazos siempre abiertos, lista para defenderte a ti, que fuiste quien mejor me defendió a mí con el simple y sagrado acto de existir.

Te ama infinitamente, Lala

Tu abuela.

María Alejandra tiene una experiencia de 25 años en la Administración de Justicia de Venezuela como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu (Venezuela) Área Académica.

Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en universidades nacionales y docente invitada de la Universidad de las Palmas de la Gran Canaria (España) en un programa formativo de género.

Conferencista y articulista nacional e internacional, articulista, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Universitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica, Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM.

Es defensora de los Derechos de la Mujer. Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional). Asesora externa de la Universidad Yacambú. Abogada Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta del Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ. PH en Gerencia Transcompleja.

María Alejandra Mancebo es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒

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