El hilo invisible de diciembre: Un legado de cuatro mujeres

«Este diciembre me encuentro en una encrucijada existencial única, parada justo en el centro de un puente que une cuatro generaciones. No soy solo una ejecutiva; soy la hija de una memoria que se desvanece, la madre de una fuerza que florece y la abuela de una vida que apenas comienza. Soy el eslabón de contención, de un hogar donde el amor y la pérdida conviven en la misma habitación…»

En mi oficina diciembre es sinónimo de cierres. Es el momento del año donde los balances deben cuadrar, donde las auditorías se intensifican y donde mi equipo y yo revisamos exhaustivamente las matrices de riesgo para proyectar el año que viene. Mi carrera se ha construido sobre una premisa fundamental: el control.

Me pagan para anticipar escenarios, para detectar vulnerabilidades en el sistema y para asegurar que, pase lo que pase, la estructura se mantenga firme. Vivo en un mundo de probabilidades calculadas, de debida diligencia y de alertas tempranas.

Sin embargo, cada tarde, cuando apago la computadora, cierro la puerta de mi oficina y regreso a casa, entro en una dimensión donde ninguna de mis herramientas profesionales tiene utilidad.

La vida, en su inmensa y a veces dolorosa sabiduría, me ha enseñado que el riesgo más grande no es financiero ni operativo; el riesgo más grande es el olvido. Y no existe control mitigante para el paso del tiempo.

Este diciembre me encuentro en una encrucijada existencial única, parada justo en el centro de un puente que une cuatro generaciones. No soy solo una ejecutiva; soy la hija de una memoria que se desvanece, la madre de una fuerza que florece y la abuela de una vida que apenas comienza. Soy el eslabón de contención, de un hogar donde el amor y la pérdida conviven en la misma habitación.

Diciembre solía ser el reino indiscutible de mi madre. Recuerdo, como si fuera una película en alta definición, cómo ella orquestaba la Navidad con una precisión que yo, con todos mis posgrados en gerencia, jamás he podido replicar. La casa olía a especias días antes de la Nochebuena; las hallacas eran una producción en cadena perfecta donde cada uno tenía su rol, y ella era la directora de orquesta que no permitía un solo error, pero siempre con una sonrisa.

Hoy, la mujer que conocí habita en una neblina constante. El Alzheimer es un ladrón silencioso y cruel; no se lleva a la persona de golpe, la va borrando por capas. Primero se llevó los nombres de los conocidos, luego las fechas importantes, y ahora, a veces, se lleva el reconocimiento de mi propio rostro.

Cuidar a mi madre en esta etapa es, sin duda, el desafío más complejo de mi vida. En mi trabajo, cuando identifico una «amenaza», implemento un plan de acción para neutralizarla. Pero aquí, la amenaza es degenerativa e invencible. No puedo «arreglar» a mi mamá. No puedo auditar su cerebro para recuperar los archivos perdidos. He tenido que aprender, a base de lágrimas y frustración, a soltar el control.

Hay momentos duros, no voy a mentir. Momentos en los que me pregunta por sus padres, fallecidos hace décadas, con una angustia infantil que me parte el alma. Momentos en los que se pierde en el pasillo de su propia casa. Pero también hay epifanías.

El otro día, mientras sonaba un aguinaldo en la radio, sus ojos, usualmente perdidos, se encendieron. Empezó a tararear la melodía perfecta, sin fallar una nota. Por tres minutos, el Alzheimer retrocedió y ella volvió a ser ella. En ese instante entendí que el legado no es solo lo intelectual, lo que se dice o se escribe. El legado es lo que queda grabado en el alma, en la memoria muscular, en el corazón.

Mi rol ahora ha cambiado. Ya no soy la hija que busca consejo; soy la guardiana de su dignidad. Soy su memoria externa. Yo recuerdo por las dos. Yo sostengo su historia, sus triunfos, sus dolores y sus alegrías, para que no se disuelvan en el vacío. Liderar su cuidado es el acto de gerencia más humilde: es gestionar la incertidumbre absoluta con la única herramienta que nunca falla: el amor incondicional.

Si mi madre representa mi pasado y mis raíces, mi hija es mi ancla en el presente turbulento. A veces la observo moverse por la casa y me asombra ver en quién se ha convertido.

Mi hija no es solo «mi niña» ya; es una mujer hecha y derecha, mi compañera de batalla. Ella tiene esa capacidad pragmática de resolver problemas que quizás heredó de mí, pero suavizada con una ternura que es toda suya. Cuando llego tarde de la oficina, con la cabeza llena de preocupaciones sobre cumplimiento normativo y auditorías, me llama y me cuenta como resolvió una crisis doméstica

Ella es mi «razón» porque le da sentido a todo el esfuerzo. Verla madre me ha dado una nueva perspectiva sobre mi propia maternidad. La veo lidiar con sus propios retos, sus propios miedos, y, aun así, tener espacio para sostenerme a mí.

Nuestra relación ha evolucionado. Ya no es vertical, de madre a hija; ahora es horizontal, de mujer a mujer. Nos miramos a los ojos y entendemos el cansancio sin decir una palabra. Ella es el espejo donde veo que los valores que intenté inculcar la responsabilidad, la empatía, la fortaleza no cayeron en saco roto. Ella es la prueba viviente de que la cadena de fuerza de las mujeres de mi familia no solo no se ha roto, sino que se ha forjado con un acero más resistente y flexible.

Y entonces, en medio de este ciclo de despedidas y resistencias, entra en escena la protagonista más pequeña: mi nieta. «La vida» en su estado más puro y efervescente. Es una ironía poética del universo que, mientras mi madre olvida cómo se llaman las cosas cotidianas, mi nieta las esté descubriendo por primera vez con ojos de asombro. Mientras el vocabulario de una se reduce, el de la otra explota en balbuceos y primeras palabras.

La presencia de mi nieta este diciembre es el equilibrio perfecto que la naturaleza nos regala. El Alzheimer trae sombras, silencio y quietud; mi nieta trae luz, ruido y caos del bueno. Verlas interactuar es presenciar el principio y el final del ciclo vital en una sola escena.

Mi nieta es la promesa de futuro. Ella no sabe y no necesita saber todavía que su bisabuela fue una mujer que levantó una familia con pulso firme. Ella solo siente el cariño. Para mí, ella es el recordatorio diario de por qué hacemos lo que hacemos. Cuando el cansancio me vence, su risa es la inyección de energía que ningún café puede igualar.

Ella es la garantía de que, cuando nosotras ya no estemos, algo nuestro seguirá caminando por el mundo.

Escribo esto para Visionarias porque sé que no soy la única. Sé que muchas de las mujeres que leen esta columna, ejecutivas, emprendedoras, líderes en sus campos, llegan a casa a enfrentar realidades similares.

Este diciembre, he aprendido que mis habilidades profesionales sí tienen un lugar en casa, pero no de la forma que pensaba. De la Gestión de Riesgos aprendí a identificar lo importante de lo urgente. Lo urgente puede ser un correo electrónico; lo importante es sentarme cinco minutos a tomarle la mano a mi mamá. De la Prevención aprendí que no puedo evitar que el tiempo pase, pero puedo prevenir que pase sin sentido. Del Liderazgo aprendí que a veces, liderar no es ir adelante marcando el camino, sino ir al lado, sosteniendo la mano de quien camina más lento.

Un brindis por los cuatro eslabones.

Este 31 de diciembre, cuando levante mi copa, mi brindis tendrá una profundidad diferente. No brindaré por los KPIs alcanzados, ni por el crecimiento interanual de la corporación, aunque me sienta orgullosa de ello.

Brindaré por nosotras cuatro.

Por mi madre, mi raíz, que construyó el camino que hoy tránsito, aunque ella ahora haya perdido el mapa. Su esencia sigue intacta en cada decisión valiente que tomo.

Por mi hija, mi tronco firme, que camina a mi lado sosteniendo la antorcha cuando mis brazos se cansan, recordándome que no estoy sola en esta tarea de cuidar.

Por mi nieta, mi brote nuevo, que correrá hacia un futuro 2026 y más allá, llevando en su ADN la historia de todas nosotras, libre de nuestros miedos y llena de nuestras esperanzas.

Y por , que tengo el privilegio agridulce, doloroso y maravillosamente humano de amarlas a todas al mismo tiempo.

A todas las lectoras: que este fin de año abracen su linaje. No le teman a la vulnerabilidad de cuidar a los suyos; ahí reside una fuerza que ningún manual de gerencia enseña. Honren a las que estuvieron antes, celebren a las que están ahora y protejan a las que vienen después.Porque al final del día, cuando las luces de la oficina se apagan, lo único que realmente queda, el único activo que no se deprecia y el único riesgo que vale la pena correr, es el amor.

Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de memoria y vida.

 

María Alejandra Mancebo es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒

María Alejandra Mancebo

Con experiencia en la Administración de Justicia por 25 años como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu
Área Académica.

Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en Universidades Nacionales. Conferencista Nacional e Internacional, Articulista nacional e internacional, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Unversitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM e integrante y una de las creadoras de Cata Jurídica con tacones con la Dra. Esther Alfonzo Rivera. Articulista y Conferencista Nacional e Internacional

Actualmente
Defensora de los Derechos de la Mujer
Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional)
Asesora externa de la Universidad Yacambú
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta de Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Directora de la Revista Igualdad de Género en Venezuela
Consultora Visionaria

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1 Comentario

  1. Cora farias altuve

    Leerte trajo a mi memoria una situacIon similar con mi padre. Todo lo que vives y como lo narras, te fortalece y engrandece. No es sencillo, pero tampoco es imposible ser el bastion de quien en su momento nos llevo por la senda que ha permitido ser lo que eres: una gran y genuina mujer que se ama e integra esta cadena que no termina. Te abrazo y admiro

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