El sistema que le debemos a nuestras hijas y lo que la menopausia de mi madre me enseñó

Todos los años llega a mi correo un recordatorio para que me haga el despistaje de cáncer de útero, mama y colon. Muy bien, es justo y necesario. Pero también constato que, cada 12 meses, el sistema olvida examinar mi corazón cuando, según la World Heart Federation, las enfermedades cardiovasculares son responsables del 30% de las muertes femeninas cada año en el mundo, más del doble que todos los cánceres combinados.

Mi madre fue una mujer llena de vida, fuerte e independiente. Alrededor de sus 40 años tuvo una menopausia precoz que no se atendió. No fue mala suerte: en los años 80, en Latinoamérica, casi ningún médico recetaba sustitución hormonal a tiempo, y cuando por fin se la dieron, años después, y solo para tratar puntualmente su pérdida de masa ósea, ya era tarde.

A partir de ese momento, comenzaron a llover los diagnósticos: hipotiroidismo, artritis reumatoidea, hipertensión, osteoporosis, arritmias cardíacas. Sus cincuenta fueron años de visitas médicas y tratamientos incesantes. Tomaba más de una docena de medicamentos a fuertes dosis diariamente, que lograban controlar los síntomas y disminuir el dolor, pero también desregulaban su sistema inmunológico y su salud mental.

A las enfermedades autoinmunes y al síndrome metabólico se sumaron infecciones frecuentes, fragilidad capilar, gastritis. Los efectos secundarios de los medicamentos eran diversos y difíciles de sobrellevar. Los corticoides con los que controlaban su artritis también le pasaron factura a sus huesos y a la presión arterial. Las visitas al especialista para revisar dosis eran pan de cada día. 

Pasó el tiempo y mi mamá siguió su vida como mejor pudo, y nunca abandonó su trabajo ni sus proyectos. A sus setenta años, comenzó a tener accidentes cerebrovasculares isquémicos, uno tras otro. Fue perdiendo progresivamente facultades: el control del lado derecho de su cuerpo, la memoria, el habla y hasta la visión se vieron afectados. Hizo terapias con fisioterapeutas, cumplía con su tratamiento neurológico, pero ninguna de estas medidas mejoró su estado.

Todo esto le arrebató la capacidad de valerse por sí misma en lo más básico. La mujer dinámica, creativa, alegre y emprendedora que todos conocimos desapareció, y la situación empeoró aún más con el tiempo.

En medio de ese deterioro tuvo una caída y se fracturó la cadera. Nunca más volvió a ser la misma. Pasaba sus días acostada o sentada en una silla de ruedas. Así, poco a poco, dejó de sonreír, y un buen día me miró y me dijo: «hija, yo ya tengo las maletas listas». Mi madre ya no quería seguir viviendo.

Creo firmemente que las mujeres hemos sido sistemáticamente desatendidas por el sistema de salud. Mi historia familiar, como la de tantas otras, es un ejemplo de esa realidad, quizás no desde la evidencia pero sí desde la experiencia.

Cuento esto no para conmover, sino porque parte de esa historia se debió a una atención médica desconectada: especialistas que no se comunicaban entre ellos, y ningún protocolo que pusiera la menopausia en el centro de su historia clínica. Entiendo que no todos sus diagnósticos provienen directamente de la menopausia. Es probable, por ejemplo, que el hipotiroidismo y la artritis reumatoidea tengan otro origen. Pero la osteoporosis, la hipertensión y buena parte de su síndrome metabólico sí están directamente ligados a todos esos años sin tratamiento. No creo que una causa excluya a la otra: se sumaron. Solo las doctoras que la trataron por hipotiroidismo y por osteoporosis revisaron alguna vez su perfil hormonal: la primera le dio tiroxina de por vida, y la segunda, estrógeno y progesterona, pero solo por un corto tiempo, en un intento tardío por recuperar parte del 30 por ciento de masa ósea que ya había perdido.

Cuando el organismo de una mujer pasa mucho tiempo sin la protección del estrógeno, se duplica el riesgo de osteoporosis, se eleva el riesgo cardiovascular y la mortalidad prematura es más alta, sólo para nombrar algunas de las consecuencias de esta falta de atención y tratamiento. Un cuerpo que llega debilitado a la tercera edad enfrenta con dificultad todo lo demás que se le atraviese en el camino, tenga o no relación directa con las hormonas.

Han pasado más de veinte años desde que privaron de sustitución hormonal a millones de mujeres menopáusicas. Un estudio mal diseñado y mal interpretado, publicado alrededor de 2002, concluyó que los riesgos del tratamiento sobrepasaban de forma alarmante sus beneficios. Así, de un solo golpe mediático y académico, la medicina, de nuevo, nos cerró la puerta en la cara. «Acostúmbrese, señora, eso es propio de la edad.»

Una iniciativa que terminó en catástrofe

En 2002 se anunció a la prensa que un estudio muy ambicioso —el Women’s Health Initiative (WHI)— había arrojado resultados que implicaban un mayor riesgo de cáncer de mama, derrame cerebral e infarto en mujeres que tomaban hormonas. La noticia se regó como pólvora, sin matices, y en cuestión de pocos años millones de mujeres, aterradas, dejaron de tomar sus hormonas de un día para otro. Sólo en Estados Unidos, la Agency for Healthcare Research and Quality comunicó que entre 2001 y 2008 las prescripciones cayeron de 112,2 a 31,8 millones.

Lo que casi nadie contó en ese momento es que el estudio se hizo mayormente en mujeres que llevaban muchos años sin menstruar, algunas más de una década. Es como probar si un paraguas sirve, pero cuando ya estás empapada: por supuesto que no se ve el mismo resultado que si lo abres antes de que empiece a llover.

Años después, cuando los mismos investigadores volvieron a mirar los datos separando a las mujeres por edad, encontraron algo distinto: las que habían empezado el tratamiento cerca de su menopausia —antes de los 60, o dentro de los primeros diez años— no sólo no tenían ese riesgo extra, sino que en varios sentidos les había ido mucho mejor. Un estudio posterior, diseñado específicamente para probarlo, comparó a mujeres que empezaron hormonas recién entrada la menopausia contra mujeres que empezaron mucho después, y confirmó la diferencia con imágenes reales de sus arterias: en las primeras, el tratamiento frenaba el endurecimiento de los vasos sanguíneos; en las segundas, ya no hacía diferencia.

De ahí surge la idea que hoy manejan los médicos que están al día: lo importante no es solo si tomas hormonas, sino sobre todo cuándo las empiezas. Es una ventana de tiempo, y no un interruptor que sirve igual en cualquier momento.

Lo que sabemos en 2026

Dentro de esa ventana de tiempo, hay varias cosas que la ciencia ha comprobado una y otra vez, con estudios serios, no con testimonios sueltos. Que las hormonas alivian los calores y los sudores nocturnos es de lo mejor demostrado en toda la medicina de la menopausia. Que protegen los huesos y bajan el riesgo de fractura, también. Hay estudios donde literalmente tomaron una muestra de piel antes y después del tratamiento y vieron, al microscopio, más colágeno: no es que la paciente «sintiera» la piel mejor, se veía físicamente más colágeno en el tejido.

Hoy contamos con explicaciones reales para varios de los síntomas que muchas veces se despachan como «cosas de la edad». El estrógeno mantiene los vasos sanguíneos flexibles; sin él se vuelven más rígidos, lo cual sube la presión. El estrógeno ayuda a mantener el colesterol bueno arriba y el malo abajo, y sin él ese equilibrio se rompe. El estrógeno influye en dónde se acumula la grasa del cuerpo, por eso, sin él, tiende a concentrarse en el abdomen en vez de repartirse en cadera y muslo como antes. Y el estrógeno actúa directamente sobre partes del cerebro que regulan el sueño y el ánimo, razón por la cual la perimenopausia se asocia con hasta un 40% más de riesgo de depresión, según el metaanálisis más reciente y amplio sobre el tema, con datos de más de nueve mil mujeres.

Nada de esto es «genética» o «falta de disciplina»: son consecuencias de un cambio hormonal con una explicación biológica clara y publicada.

La sociedad médica más importante en este tema en el mundo, la Menopause Society, dice desde 2022 que para mujeres sin contraindicaciones, dentro de esa ventana, la balanza se inclina claramente a favor del tratamiento. No es una opinión de consultorio, es la conclusión obtenida al revisar toda la evidencia disponible.

En este contexto quiero compartirles hallazgos importantes, sin perder de vista que no toda idea prometedora es ya un hecho comprobado. Sin embargo, y partiendo de la premisa de que la experiencia es información, si mujeres y profesionales de la salud describen de manera consistente que determinado tratamiento mejora un síntoma concreto, eso no debería descartarse simplemente porque no exista todavía un ensayo clínico que lo haya demostrado.

En 2025 se realizó una revisión científica que propone algo revolucionario. Ya no hablamos solo de mejorar calidad de vida o evitar riesgos de salud: expertos en longevidad y epigenética están investigando si las hormonas no solo tratan síntomas puntuales, sino que además frenan el envejecimiento del cuerpo a nivel celular, logrando que las células envejezcan más lento, se inflamen menos y funcionen mejor.

La lógica biológica detrás de esa idea no es descabellada: las mujeres tenemos receptores de estrógeno en casi todos los órganos y sistemas. Hueso, corazón, vasos sanguíneos, cerebro, piel, sistema inmune, hasta el intestino los tiene, así que no sorprende que, cuando el estrógeno disminuye de forma drástica, las células de esos tejidos se deterioren.

También en 2025, con datos del UK Biobank sobre más de 46.000 mujeres posmenopáusicas, se encontró que mientras más años llevaba una mujer sin esa protección hormonal, más corta era la longitud de sus telómeros -estructuras que protegen nuestro ADN y que se van acortando con el tiempo- y más alta su «edad biológica»,  la cual se calculó a partir de decenas de marcadores en sangre. 

Los investigadores pudieron explicar gran parte de ese envejecimiento acelerado a través de cambios metabólicos medibles y concretos, aunque el acortamiento de los telómeros pareció responder también a otros mecanismos que la ciencia todavía no logra identificar del todo. Fue un estudio observacional, no un ensayo que administró hormonas para probar causa y efecto, así que no cierra el debate, pero sí confirma que el terreno biológico existe. Hay una razón real y medible por la que la ausencia prolongada de estrógeno podría acelerar el envejecimiento celular, más allá de producir los síntomas que ya conocemos.

Los mismos especialistas en longevidad admiten que todavía falta un estudio extenso y detallado, diseñado desde cero, que ponga a prueba si tratar con hormonas efectivamente revierte o frena el envejecimiento celular. Por ahora es la hipótesis más interesante del campo, respaldada por lógica biológica sólida y evidencia observacional real, pero no un hecho comprobado. Vale la pena tenerlo presente, pero no darlo como algo ya resuelto, aunque confieso sentirme optimista. Necesitamos protocolos de longevidad adecuados al organismo y funcionamiento femenino.

Por qué nos tomó tanto tiempo llegar aquí

Nada de este retraso fue casualidad, es un problema estructural. Durante décadas, la medicina se investigó pensando primero en el cuerpo del hombre. En 1977 una guía oficial en Estados Unidos directamente desaconsejó incluir mujeres en edad fértil en los estudios clínicos. Entre 1997 y 2009, en más de 300 estudios sobre el corazón, solo 3 de cada 10 participantes eran mujeres. Y eso tuvo consecuencias reales: a las mujeres que llegan a urgencias con un infarto con frecuencia se les diagnostica ansiedad o un problema digestivo y no un problema cardíaco.

A nosotras nos ordenan menos estudios y esperamos en las urgencias más tiempo que los hombres con los mismos síntomas. Cuando una mujer de 50 años llega a consulta con presión alta, insomnio y no logra pensar con claridad, y el médico le dice «es la edad, es el estrés», queda claro que ese profesional es el resultado de un sistema que no lo entrenó para buscar primero la causa hormonal y su impacto en la salud cardiovascular; en resumen, no fue formado pensando en un paciente de sexo femenino.

Mi esposo y yo —ambos en la cincuentena— nos llevamos apenas dos años de edad, y mientras a él ya le han hecho dos evaluaciones completas en el cardiólogo, a mí no me han realizado ninguna.

Todos los años llega a mi correo un recordatorio para que me haga el despistaje de cáncer de útero, mama y colon. Muy bien, es justo y necesario. Pero también constato que, cada 12 meses, el sistema olvida examinar mi corazón cuando, según la World Heart Federation, las enfermedades cardiovasculares son responsables del 30% de las muertes femeninas cada año en el mundo, más del doble que todos los cánceres combinados.

Arreglar esto no significa desconfiar de la ciencia ni depender solo de lo que cada mujer siente, aunque eso también cuenta y mucho. Significa hacer mejor ciencia: más mujeres investigando, más mujeres formando parte de los grupos estudiados, preguntas de investigación que nazcan de lo que las pacientes llevan años diciendo en el consultorio. Lo que una mujer vive y narra sobre su salud es un punto de partida legítimo. La ciencia rigurosa es lo que convierte ese relato en algo que todo médico debe saber y aplicar.

Un giro que ya está pasando

El cambio no caerá del cielo y requiere aún derribar muchas barreras. En Estados Unidos acaba de ocurrir algo que llevábamos veinticuatro años esperando: la FDA empezó a retirar de las cajas de las terapias hormonales las advertencias más severas —las que mencionan riesgo de cáncer de mama, derrame cerebral y demencia—, reconociendo por escrito que se basaban en un estudio hecho con mujeres de un promedio de 63 años, más de una década mayores que la edad típica en la que hoy se empieza el tratamiento, y con una formulación hormonal que prácticamente ya no se usa. El anuncio inicial fue el 10 de noviembre de 2025, y el 12 de febrero de 2026 la agencia aprobó los primeros cambios formales de etiquetado para seis productos hormonales.

Esto no salió de la nada ni fue un gesto espontáneo de la burocracia: fue el resultado de años de trabajo de hormiga de doctoras y organizaciones que durante mucho tiempo han señalado exactamente lo que este artículo denuncia. Let’s Talk Menopause, una organización sin fines de lucro, lideró junto al Menopause Advocacy Working Group la campaña «Unboxing Menopause», que movilizó a más de 26.000 personas -entre profesionales de la salud y pacientes- para exigir el retiro de esa advertencia. Detrás estuvieron nombres reconocidos de la medicina como Mary Claire Haver y Mary Jane Minkin, y voces como la de la periodista Tamsen Fadal y la abogada Jennifer Weiss-Wolf. Es, en buena medida, la prueba de que insistir, con datos y con testimonio, sí mueve al sistema.

El panel que la FDA convocó en julio de 2025 para revisar estas advertencias no siguió el procedimiento habitual de sus comités asesores, y algunas voces de salud pública lo señalaron. Eso no le resta valor a la evidencia científica de fondo en la que se apoya la decisión -el ensayo ELITE, el estudio KEEPS, la reinterpretación del WHI por edad- porque esa evidencia es la misma y no depende de cómo se haya tramitado el cambio regulatorio. Es la arista de este caso que confirma lo que explicamos sobre el sistema de salud, la ciencia ya sabe ir más rápido que las estructuras que la reglamentan.

Fuerte y claro

Envejecer mejor sí es posible, y la sustitución hormonal, bien indicada y bien acompañada por un médico, debería ser una opción real para toda mujer que la necesite, no un privilegio que hay que pelear contra un sistema que nos aterrorizó durante veinticuatro años por una mala lectura de un estudio. Tampoco es magia ni cura todo por sí sola. La epigenética lo explica a la perfección y vale para todas nosotras, las que queremos y podemos utilizar THS, pero también quienes deciden, por diferentes razones, que no es lo que les conviene. Si no cultivamos un estilo de vida que sustente nuestra salud física y mental antes, durante y después de la menopausia, ni que baje Afrodita del Olimpo tendremos una tercera edad saludable y feliz.

Y quiero ser clara en algo: no estoy empujando al consumo de hormonas a ultranza. No se trata de perseguir la fórmula perfecta en un frasco de gel de estradiol. Se trata de algo mucho más simple, y por eso mismo más difícil de conseguir en un sistema que no está diseñado para dárnoslo: que una mujer de cincuenta años pueda sentarse frente a su médico, exponer lo que siente, y que la primera pregunta no sea «¿será la edad?» sino «¿revisamos tus hormonas?».

La fractura de cadera que selló el destino de mi madre pudo, en el mejor de los casos, prevenirse; sin embargo, y por falta de un acompañamiento médico adecuado, ella, junto a tantas otras mujeres de su generación, perdió la poca esperanza que le quedaba en una caída. Hoy tenemos en nuestras manos la información, tenemos acceso al conocimiento. Entremos al consultorio sabiendo, preguntando, exigiendo la atención debida.

Una de cada seis mujeres tendrá una fractura de cadera por osteoporosis, mientras dos de cada tres de estas pacientes no recuperarán del todo su movilidad, y eso después de innumerables escollos y condiciones de salud que hoy son aún tratados como «cosas de la edad». Dejemos de alimentar estas estadísticas, leguemos a nuestras hijas un sistema que vele por ellas como nos habría gustado que velara por nuestras mamás y por nosotras.

Fuentes principales

Sarrel, P. et al. (2013). The Mortality Toll of Estrogen Avoidance: An Analysis of Excess Deaths Among Hysterectomized Women Aged 50 to 59 Years. American Journal of Public Health.

Manson, J. E. et al. (2013). Menopausal Hormone Therapy and Health Outcomes During the Intervention and Extended Poststopping Phases of the Women’s Health Initiative Randomized Trials. JAMA.

Manson, J. E. et al. (2017). Menopausal Hormone Therapy and Long-term All-Cause and Cause-Specific Mortality: The Women’s Health Initiative Randomized Trials. JAMA.

Hodis, H. N. et al. (2016). Vascular Effects of Early versus Late Postmenopausal Treatment with Estradiol. New England Journal of Medicine (Ensayo ELITE).

KEEPS Continuation Study (2024). Long-term Cognitive Effects of Menopausal Hormone Therapy: Findings from the KEEPS Continuation Study. PLOS Medicine.

The Menopause Society (2022). The 2022 Hormone Therapy Position Statement of The Menopause Society. Menopause.

Aging and Disease (2025). [Revisión sobre hormonas y envejecimiento celular — referencia a completar con autor y título exactos.]

Chen, R., Li, Y. y Ou-Yang, Y. (2022). Role of Estrogen Receptors in Health and Disease. Frontiers in Endocrinology.

Xie et al. (2025). Years Since Menopause and Its Metabolomic Signature with Biological Aging in Women at Midlife. npj Aging (UK Biobank, n=46.463).

Badawy, Y., Desai, R. y Spector, A. (2024). The Risk of Depression in the Menopausal Stages: A Systematic Review and Meta-Analysis. Journal of Affective Disorders (n=9.141).

International Osteoporosis Foundation. Datos de epidemiología de fracturas.

Estudios sobre menopausia precoz y riesgo cardiovascular/óseo (PMC).

Revisiones sobre sesgo de género en investigación cardiovascular (PMC, 2023–2024).

World Heart Federation. Women & CVD.

Stagnitti, M. N. y Lefkowitz, D. (2011). Trends in Hormone Replacement Therapy Drugs Utilization and Expenditures for Adult Women in the U.S. Civilian Noninstitutionalized Population, 2001–2008. Statistical Brief #347, AHRQ, Agency for Healthcare Research and Quality.

FDA (10 de noviembre de 2025). HHS Advances Women’s Health, Removes Misleading FDA Warnings on Hormone Replacement Therapy.

FDA (12 de febrero de 2026). FDA Approves Labeling Changes to Menopausal Hormone Therapy Products.

Let’s Talk Menopause. Campaña «Unboxing Menopause» y Menopause Advocacy Working Group.

 

Periodista especializada en medicina funcional, epigenética y longevidad con perspectiva de género

La medicina funcional y la epigenética me atraparon antes de que supiera cómo llamarlas. Corría 2017, una persona muy cercana había fallecido en condiciones muy duras y, en pleno duelo, me pregunté ¿cómo alguien tan vital se enfermó al punto de perder su deseo de vivir?

En mi búsqueda de respuestas, y en una de esas sincronicidades con las que me sorprende el universo, me topé con el libro de Joël de Rosnay: Epigenética. La sinfonía de la vida, un ensayo que conecta biología, estilo de vida y potencial humano, y que se convirtió en el inicio de mi camino hacia la gerociencia y la longevidad.

Estudié Comunicación y Periodismo porque transmitir ideas con claridad es mi vocación. Empecé en Asuntos Públicos de Lagoven, PDVSA, y luego como periodista del Diario La Verdad, en Maracaibo. Los idiomas llegaron solos: viví en Latinoamérica, en África, estudié en Estados Unidos y hoy resido en Francia.
Actualmente trabajo en remoto para profesionales y negocios de medicina funcional, epigenética y longevidad con el objetivo de traducir a un lenguaje más accesible los últimos hallazgos e iniciativas en estos campos, sin perder de vista la salud de la mujer.
Un avance científico tarda 17 años en transitar el camino del laboratorio al consultorio. Ahí está la brecha que debemos colmar, y es donde quiero aportar.

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