El valor de construir un plan B

«Durante mucho tiempo pensé que tener un plan B significaba desconfiar del plan A. Hoy creo exactamente lo contrario. Tener alternativas fortalece. Nos permite elegir desde otro lugar. Nos ayuda a no depender de una única estructura para sostener nuestros sueños, nuestros proyectos o nuestra economía..”
Durante muchos años aprendí a pensar mi vida laboral de una sola manera.
Había un camino principal. Un trabajo estable. Una identidad construida alrededor de lo que hacía. Un recorrido profesional que parecía conducir naturalmente hacia determinados lugares. Y una ciudad del interior que, al menos en mi imaginario, definía buena parte de las oportunidades posibles.
No sé si eran mandatos, creencias o simplemente una forma de mirar el mundo que había aprendido sin cuestionar demasiado. Lo cierto es que durante mucho tiempo funcionó. O al menos eso creía.
Trabajaba, me comprometía, daba lo mejor de mí. Como tantas personas, aprendí que hacer las cosas bien era sinónimo de esfuerzo constante, disponibilidad permanente y dedicación absoluta. Había algo de tranquilidad en ese modelo. Una comodidad incómoda que me permitía sentir que estaba donde debía estar, aunque hacía tiempo que ya no encontraba allí el mismo desafío.
Pensar en moverme de ese lugar implicaba abrir demasiadas preguntas. No era solamente un cambio laboral. Era un riesgo económico. Un cambio de identidad. La posibilidad de dejar atrás algo conocido para entrar en un territorio lleno de incertidumbre. Y cuando una posibilidad genera más dudas que certezas, muchas veces elegimos no mirarla.
Seguimos. Postergamos. Esperamos. Hasta que un día los límites aparecen.
Y cuando esos límites llegan sin haber explorado otras alternativas, la sensación puede ser profundamente angustiante. Porque no solo sentimos que algo se termina. También descubrimos que nunca nos permitimos imaginar qué más podía existir. Como si los lugares que uno habita fueran eternos, no gozaran de cambios, perpetuaran en el tiempo como simples objetos, cuando en realidad somos seres en permanente cambio, los trabajos son dinámicos y las lecciones inculcadas de “para toda la vida” empiezan a perder fuerza. Y cuando hay un alto, buscado o no, en ese lugar que te da identidad y seguridad se genera un vacío inmenso, la sensación de no tener otras opciones y de no haberlas generado a tiempo.
Por eso hoy, con el diario del lunes, empecé a abrazar los planes B.
No como un reemplazo del camino principal. No como una renuncia. No como una señal de fracaso. Todo lo contrario. Empecé a entender que un plan B es una forma de ampliar posibilidades.Es darle lugar a otras versiones de nosotros mismos. Es abrir una puerta que tal vez nunca necesitemos atravesar, pero cuya existencia nos devuelve libertad.
Durante mucho tiempo pensé que tener un plan B significaba desconfiar del plan A. Hoy creo exactamente lo contrario. Tener alternativas fortalece. Nos permite elegir desde otro lugar. Nos ayuda a no depender de una única estructura para sostener nuestros sueños, nuestros proyectos o nuestra economía.
Y quizás lo más interesante es que los planes B rara vez aparecen desde grandes ideas revolucionarias. Muchas veces nacen de algo mucho más simple. De nuestros propios recursos.De aquello que hacemos naturalmente. De algo que los demás reconocen en nosotros antes que nosotros mismos. De un conocimiento acumulado durante años. De una habilidad que nunca consideramos valiosa porque nos resulta demasiado familiar. De un producto, un servicio o una experiencia que podemos ofrecer.
El plan B no suele ser perfecto. Pero tampoco necesita serlo. Porque no se trata de encontrar la idea ideal. Se trata de empezar. De probar. De accionar antes de tener todas las respuestas.
No hay magia en eso. Hay mentalidad y acción.
Hay una decisión interna que dice: «Voy a intentarlo». Aunque todavía no sepa exactamente cómo. Aunque no salga perfecto. Aunque tenga miedo. Y hay una pregunta que me gusta hacerme cada vez que una idea aparece y la duda intenta frenarla:
¿Cómo me voy a sentir si esto funciona?
Porque muchas veces invertimos una enorme cantidad de energía imaginando todo lo que podría salir mal y muy poco tiempo imaginando lo que podría salir bien.
¿Qué pasaría si ese proyecto crece?
¿Qué pasaría si esa propuesta encuentra personas interesadas?
¿Qué pasaría si esa idea que hoy parece pequeña se convierte en una oportunidad real?
No siempre sucede. Pero tampoco sucede aquello que nunca nos animamos a empezar. Hoy creo que construir un plan B no es prepararse para el fracaso. Es prepararse para la posibilidad. Es confiar en que somos más amplios que una sola definición profesional. Que tenemos más recursos de los que imaginamos. Y que abrir nuevas alternativas no invalida el camino recorrido.
Lo potencia. Lo enriquece. Le devuelve movimiento. Porque cuando aparece un plan B, muchas veces lo que cambia no es solamente el trabajo. Lo que cambia es nuestra manera de mirar el futuro.
Agustina Marino es Lic. En Gestión Cultural y coach especializada en procesos de cambio laboral. Acompaña a personas que se sienten estancadas a ordenar sus ideas, reconocer sus habilidades y transformar su experiencia en nuevas oportunidades de acción.
Licenciada en Gestión del Arte y la Cultura y Magíster en Museología, cuenta con más de 15 años de experiencia en instituciones culturales, tanto públicas como privadas, donde lideró equipos y desarrolló proyectos vinculados al arte, la educación y la gestión.
Hoy integra esa experiencia con herramientas de creatividad y pensamiento estratégico para guiar procesos de transformación personal y profesional. Es creadora de Mentoría Creativa, un espacio donde el cambio deja de ser una idea y empieza a tomar forma.
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