Florecer después de un cáncer de mama: Mi recorrido desde la lucha hacia la autocompasión

«Por favor, si usted tiene una amiga o una mujer cercana diagnosticada con cáncer de mama, no le diga que es una guerrera. Dígale que la quiere, que la ama, que la acompañará en su proceso. No la conecte con la lucha, sino con el amor hacia sí misma.»
Este año se cumplen cinco años desde que fui diagnosticada con un cáncer de mama. Gracias a Dios y a la Virgen, he vivido y sobrevivido este proceso que, sin duda, me transformó en lo más profundo de mí misma: en lo personal, en lo profesional y, sobre todo, en la manera en que concibo la vida y sus circunstancias.
Hace apenas tres días, caminando de regreso de la consulta médica en la que los resultados mostraban que todo estaba muy bien, pensaba en todo lo vivido.
Año 2020: Pandemia, diagnóstico en seno izquierdo, tres operaciones en dos meses —incluida una mastectomía radical—, muerte de un hermano, estafa financiera y el doloroso telón de fondo de la migración, que sabemos enferma, porque tu país duele, y mucho.
Cinco años después, miro hacia atrás y deseo compartir con mis lectores algunas reflexiones que quizás puedan ayudar a quienes estén atravesando un momento tan difícil o acompañando a alguien que transite por esta vivencia.
Cuando recibí el diagnóstico, llegaron llamadas de personas que se movilizan desde lo negativo —creo que necesitaban canalizar su propio miedo más que el mío—. Algunas, con buena intención, me decían: “¡Usted es una guerrera! ¡Tienes que luchar! ¡Tú eres una mujer luchadora!”
¿Luchar? ¿Luchar contra una enfermedad?
En su sentido más estricto, luchar significa hacer esfuerzos para resistir y alcanzar un objetivo. Implica combatir, disputar. Se refiere a un enfrentamiento, ya sea literal, como en una batalla, o figurado, como en una “lucha interior” de sentimientos o pasiones, en donde siempre se busca derribar o inmovilizar a la fuerza contraria, sea una persona, una emoción o una enfermedad.
Recibir un diagnóstico de esta magnitud te sumerge en un inframundo: un lugar donde las cosas escapan a tu control, donde el cuerpo ya no responde como quisieras, y en el que debes aceptar lo sucedido para comenzar un viaje desconocido. Un viaje hacia la vulnerabilidad, el miedo irracional y el reconocimiento de que no somos invencibles; de que atravesar experiencias negativas tiene consecuencias físicas y emocionales en nuestro cuerpo y en nuestra psique.
Me pregunto, ¿qué relación tiene este descenso hacia lo más frágil del ser humano y de la feminidad con el arquetipo de la guerrera?
Desde mi perspectiva, convocar a este arquetipo en medio de la enfermedad resulta incómodo, desgastante y excesivamente demandante. Invocar a la “guerrera” trae consigo más luchas, más combates, más adrenalina y más cortisol. Esa falsa sensación de poder absoluto acarrea consecuencias, y no es casual que muchas veces se manifieste físicamente en un seno o en un ovario, como expresión de agotamiento, desamparo y tristeza. Sí, somos vulnerables.
Por favor, si usted tiene una amiga o una mujer cercana diagnosticada con cáncer de mama, no le diga que es una guerrera. Dígale que la quiere, que la ama, que la acompañará en su proceso. No la conecte con la lucha, sino con el amor hacia sí misma.
Uno de los trabajos que me correspondió realizar en estos cinco años fue aceptar que la “superwoman” había desaparecido por completo; no quedaba ni rastro de ella.
Vulnerable y presa del miedo, comencé a abrirme y a recibir con gratitud las recomendaciones y el cariño de quienes, con calidez, se acercaban a ofrecerme meditaciones, oraciones, ejercicios, conversaciones con mis células.
En plena pandemia, con las cicatrices aún frescas de las operaciones, mi casa se convirtió en un templo. Con la ayuda de quienes me quieren, empecé lentamente a desarrollar un sistema de autocuidado que aún mantengo y respeto en la medida de lo posible: alimentación consciente, alejamiento de personas tóxicas, yoga, trabajo interior y, por supuesto, un estricto seguimiento a las recomendaciones médicas.
Tuve suerte —no todas la tienen—. Solo requiero una pastilla que todavía tomo cada día. Parte de la suerte la constituyó que yo misma me descubrí el “bultico”. Todavía era pequeño y controlable. Fui al médico y a tiempo se accionó. Hay que cuidarse.
Todo este proceso de transformación despertó en mí la autocompasión. Reconocí claramente que solo a través de la enfermedad logré abrir un espacio de ternura y amabilidad hacia mí misma que antes no me daba.
No sé qué pensamientos o qué autoimagen anterior me había permitido creer que podía resistir sin consecuencias los traumas familiares, las traiciones de pareja, el asumir responsabilidades en una empresa en un país venido a menos y, además, haber dejado atrás mi patria amada. Algo tenía que ocurrir, y ocurrió.
Recuerdo que muchas veces me sentaba en un banco del patio del edificio donde vivía en Ciudad de México para recibir un poco de sol y me colocaba la mano en la mejilla, como un gesto de cariño hacia mí misma. Me repetía, como me había indicado una de mis sacerdotisas asesoras: “Yo amo a mis células, y mis células me aman a mí”.
Si algo le agradezco a este susto, es haber transitado del arquetipo de la Heroína al arquetipo de la Diosa Compasiva.
En el budismo chino se venera a una diosa maravillosa: Guanyin, una bodhisattva que encarna la compasión. Su imagen es conmovedora. Se dice que tiene múltiples ojos y brazos para atender a todos los que atraviesan momentos difíciles.
La compasión es lo opuesto a la lucha. Tendernos la mano, abrazarnos, perdonarnos y protegernos nos permite sanar. Solo la autocompasión nos abre la puerta a crear un nuevo estado de la psique, capaz de transformar la mutilación de nuestro cuerpo en una “poda simbólica”, después de la cual florece una nueva persona que, con la experiencia y el conocimiento adquiridos, se convierte en alguien con mayor sabiduría de vida e, incluso, con la posibilidad de ayudar a otros con más claridad y lucidez. Es decir: de la cicatriz nacen flores.
Hoy me siento una mejor consultora estratégica, mejor coach y, sobre todo, una mejor persona. Todos los días trabajo en valorar mi experiencia acumulada, mi seniority, y tengo cada vez más claro lo que deseo hacer y lo que ya no estoy dispuesta a hacer.
Con mi proyecto IAMSilver, celebro la vida todos los días y agradezco a mis hijas, a mis nietos, a mis yernos, a mi familia, a mis verdaderas amigas, a mi terapeuta y sacerdotizas, a mis médicos, a mis coachees y a todas las personas que me quieren, por ayudarme a comprender con mayor profundidad de qué se trata realmente la vida.
Soy consultora estratégica y coach, después de haber trabajado en corporaciones en el área de planificación estratégica y gerencia, principalmente en Venezuela y México.
Nací en Caracas, Venezuela en 1956, donde crecí y me desarrollé personal y profesionalmente.
Viví en México del 2008 al 2012, regresé a Venezuela y retorné en el 2017. Celebro ambas nacionalidades.
Soy Psicóloga (UCAB), Magister en Psicología Social ( UCV) Planificadora estratégica de negocios (IESA) y Business y Life coach ( Universidad Iberoamericana, México).
Participo con pasión en conferencias y actividades dedicadas a visibilizar el edadismo y oportunidades de negocio de la Silver Economy.
En mis presentaciones y redes, busco darles valor a mis queridos plateados, mostrando sus potencialidades.
A nivel individual, ayudo a personas a definir sus nuevas rutas de expansión, sustituyendo los «ya no» por «ahora sí». Creo que no existen cambios vitales sino personales.
Como consultora estratégica, me siento orgullosa de haber contribuido a que emprendedores, agencias de comunicación y startups hayan descubierto oportunidades de crecimiento.
Entre mis logros en estos últimos años están: el haber superado dificultades migratorias, pérdidas de familiares en la pandemia, una estafa financiera y sobreponerme a un cáncer de mama en el año 2020. Apoyo en lo que puedo.
Practico yoga y camino diariamente como ritual de meditación activa. Estudio astrología y tarot.
Adoro a mis dos hijas y a mis 5 nietos. Soy estudiosa de C.G. Jung y estoy dispuesta a aprender siempre.
Disfruto ser invitada a participar en equipos inter generacionales donde se requiera pensamiento estratégico y sabiduría.

Irene Aguilera forma parte de nuestra Red de Expertas Visionarias. Visita su perfil haciendo click aquí ⇒⇒

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Excelente artículo Irene, me conmovio y me genero agradecimiento hacia ti desde lo mas profundo de mi alma. Desconocía ese recorrido de tu vida, es ejemplarizante y cargado de sabiduría.
Estaré esperando por tu libro.
Me gustaría colaborar contigo, estoy libre con mucho tiempo para ser llenado………