Justicia desde la vulnerabilidad: mi camino como mujer abogada y feminista

«Desde mi experiencia, he visto cómo las mujeres enfrentan obstáculos adicionales: prejuicios arraigados, falta de reconocimiento en tribunales, y en muchas ocasiones, un sistema que no tiene en cuenta las diferencias de género o las particularidades de cada situación. Esto nos lleva a una reflexión profunda: ¿cómo podemos transformar la justicia para que sea verdaderamente inclusiva? La respuesta, para mí, pasa por un compromiso activo, consciente y feminista, que ponga en el centro la realidad de las mujeres.»
Desde que decidí dedicarme al derecho, supe que mi vocación iba mucho más allá de entender leyes o defender causas. Era, y sigue siendo, un acto de resistencia, de reivindicación, de dar voz a aquellas que, por su género, historia o condición, han sido silenciadas o marginadas. Ser mujer abogada implica una doble lucha: la lucha por la justicia y, muchas veces, la lucha por la propia vulnerabilidad.
La vulnerabilidad de la mujer no es una condición casual, sino un legado social, una huella imborrable en la estructura misma de nuestra historia. Desde tiempos inmemoriales, las mujeres hemos sido vistas como seres frágiles, como las “cuentas pendientes” en una narrativa que todavía intenta cambiar. La ley, en muchos momentos, ha sido un reflejo de esa percepción: una herramienta que, en ciertos contextos, ha tenido más para limitar que para liberar.
Pero esa vulnerabilidad, esa percepción de fragilidad, se convierte en un acto de resistencia y de transformación personal y social. A lo largo de mi carrera, he aprendido que entender esa vulnerabilidad no implica resignarse a ella, sino reconocerla, y usarla como fuente de fuerza. La vulnerabilidad puede ser una ventana para entender la realidad de muchas mujeres, para empatizar, para actuar con mayor sensibilidad y justicia.
La justicia, en su esencia más pura, es un concepto que debería ser imparcial, pero en la práctica está influenciada por tantos condicionantes sociales y culturales que, en muchas ocasiones, las mujeres nos encontramos en una posición de desventaja. La mujer, en un sistema que a menudo no la entiende, siente que la justicia no siempre la representa, no siempre la entiende.
Desde mi experiencia, he visto cómo las mujeres enfrentan obstáculos adicionales: prejuicios arraigados, falta de reconocimiento en tribunales, y en muchas ocasiones, un sistema que no tiene en cuenta las diferencias de género o las particularidades de cada situación. Esto nos lleva a una reflexión profunda: ¿cómo podemos transformar la justicia para que sea verdaderamente inclusiva? La respuesta, para mí, pasa por un compromiso activo, consciente y feminista, que ponga en el centro la realidad de las mujeres.
Ser abogada y feminista no son roles separados, sino inseparables. Cada caso que llevo, cada mujer que defiendo, es una jugada en una batalla que va más allá del tribunal. Es una lucha por dignidad, por reconocimiento, por un sistema que deje de replicar las desigualdades.
Mi labor en Compliance, en mi día a día profesional, también tiene una fuerte dimensión feminista: promover ambientes de trabajo libres de violencia, de discriminación, de machismo. Porque solo desde el respeto y la igualdad real, podemos construir un entorno en el que las mujeres puedan ejercer sus derechos sin miedo, sin obstáculos, sin ser invisibilizadas.
Las palabras de resistencia y lucha retumban en cada acción, en cada sentencia, en cada conversación. Pero también hay una parte de mi alma que pide que reconozca la fuerza en la vulnerabilidad. La vulnerabilidad, entendida como la capacidad de abrirse, de mostrar nuestras heridas y vidas reales, se convierte en la fuente de nuestra mayor fortaleza. Es esa vulnerabilidad la que nos conecta, la que nos humaniza, la que nos impulsa a seguir luchando por un mundo más justo.
Mi propia experiencia como mujer abogada me ha enseñado que, en esas heridas abiertas por la desigualdad, reside también una fuente de empoderamiento. Porque reconocer que somos vulnerables no significa que seamos débiles, sino que tenemos la valentía de mostrar nuestra verdad y defenderla. Esa sinceridad, esa honestidad emocional, nos conecta con quienes nos rodean y nos ayuda a construir puentes hacia soluciones más humanas.
Ser mujer y abogada en un mundo aún marcado por desigualdades implica también afrontar una doble jornada. La carga emocional del trabajo, especialmente en casos relacionados con violencia de género, discriminación, derechos de las mujeres, se suma a las responsabilidades cotidianas, a veces invisibles, de cuidar y mantener vida familiar y personal.
He aprendido a gestionar esa carga, no solo desde mi experiencia profesional, sino también desde mi propia vulnerabilidad. A veces, la lucha diaria me sobrepasa; otras, encuentro en esa vulnerabilidad un espacio para la empatía, la comprensión y la fortaleza interior. La justicia no solo tiene que ver con leyes, sino también con el cuidado de quienes luchamos por ella, el reconocimiento de nuestra humanidad y la aceptación de nuestros límites.
Uno de los aspectos más potentes de mi trabajo es la capacidad de escuchar con atención sincera. Como abogada, y desde una perspectiva feminista, comprendo que la justicia también se construye en la empatía, en la capacidad de comprender las historias reales, incluso las que parecen invisibles o insignificantes para el sistema.
Es en esa escucha activa donde la vulnerabilidad se transforma en una herramienta de cambio real. Cuando una mujer comparte su historia, cuando abre su corazón y revela sus dolores, mi papel no solo es aplicar la ley, sino acompañarla, entenderla, humanizarla. Esa experiencia me ha enseñado que la verdadera justicia no es solo aplicar normas, sino comprender que cada caso, cada historia, refleja un universo de emociones, temores y esperanzas que merecen ser valoradas y respetadas.
A pesar de los obstáculos, creo firmemente en la posibilidad de cambiar las cosas. La historia nos muestra que las grandes transformaciones sociales surgen de movimientos de resistencia, de voces que se alzan y exigen cambios profundos. Como abogada y feminista, siento que mi responsabilidad es seguir luchando, seguir visibilizando las desigualdades y promoviendo una justicia que sea verdaderamente inclusiva.
Mi compromiso personal y profesional es seguir trabajando en la construcción de una cultura de respeto, igualdad y empatía. Porque, al fin y al cabo, la justicia no es solo un sistema de leyes, sino el reflejo de una sociedad que valore y respete la dignidad de todas sus personas, especialmente de aquellas que, por su vulnerabilidad, han sido históricamente silenciadas.
Ser mujer abogada, en esta historia de resistencia, vulnerabilidad y esperanza, es un acto de amor por la justicia y por la humanidad. Es entender que cada paso cuenta, que cada historia importa, y que en la vulnerabilidad encontramos no solo nuestras heridas, sino también nuestro poder de transformación. La justicia no es un destino, sino un camino que se recorre día a día, con sensibilidad, pasión y compromiso.
Sigo creyendo en un mundo donde la vulnerabilidad no sea sinónimo de debilidad, sino de valentía. Un mundo donde la justicia se arme con empatía, respeto y amor. Porque solo así construiremos una sociedad más justa, más humana y realmente igualitaria.
María Alejandra Mancebo es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒


María Alejandra Mancebo
Con experiencia en la Administración de Justicia por 25 años como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu
Área Académica.
Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en Universidades Nacionales. Conferencista Nacional e Internacional, Articulista nacional e internacional, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Unversitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM e integrante y una de las creadoras de Cata Jurídica con tacones con la Dra. Esther Alfonzo Rivera. Articulista y Conferencista Nacional e Internacional
Actualmente
Defensora de los Derechos de la Mujer
Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional)
Asesora externa de la Universidad Yacambú
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta de Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Directora de la Revista Igualdad de Género en Venezuela
Consultora Visionaria
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