La maternidad expandida: El vientre histórico y la ética de ser Mujer

«La biología nos dota de un cuerpo, sí, pero es nuestra voluntad, nuestro intelecto y nuestra capacidad infinita de amar lo que verdaderamente nos convierte en guardianas de la vida. Ser madre no es un simple accidente de la naturaleza ni un mandato genético; es un estado superior del alma…»

«Hay mujeres que traen al mundo hijos de su cuerpo, y hay mujeres que traen al mundo la luz de su espíritu. Ambas son madres de la humanidad, porque para dar a luz no se necesita únicamente un vientre; se necesita un alma dispuesta a convertirse en el refugio de otra vida.» 

Rosario Castellanos.

A lo largo de los siglos, la historia oficial ha cometido un error analítico y filosófico profundo: ha intentado reducir a la mujer a su anatomía. Nos han relatado a través del prisma de la biología, confinándonos a los límites estrictos de la función reproductiva. Desde esta narrativa incompleta, nos enseñaron a creer que la maternidad es un destino puramente fisiológico, un evento clínico que comienza y termina con el milagro del parto.

Sin embargo, para quienes observamos el mundo desde la intersección entre el pensamiento crítico, la justicia y el pulso vivo de las emociones, sabemos que esta es una definición peligrosamente estrecha. La biología nos dota de un cuerpo, sí, pero es nuestra voluntad, nuestro intelecto y nuestra capacidad infinita de amar lo que verdaderamente nos convierte en guardianas de la vida. Ser madre no es un simple accidente de la naturaleza ni un mandato genético; es un estado superior del alma.

Es, fundamentalmente, la manifestación más pura de la ética del cuidado. Es la elección de dejar de ser el centro del propio universo para orbitar alrededor del bienestar, el crecimiento y la integridad de un otro.

Cuando comprendemos esto, la palabra «mamá» rompe las paredes del hogar y se convierte en una fuerza histórica, en un andamiaje invisible que ha sostenido a la civilización entera en sus momentos de mayor oscuridad.

Para comprender la verdadera dimensión histórica de lo que significa ser «mamá mujer», no necesitamos buscar en tratados médicos, sino asomarnos a la vida de aquellas mujeres que reescribieron el concepto a través de sus actos. Pienso, inevitablemente, en la poeta, educadora y filósofa de la vida, Gabriela Mistral.

La historia universal la consagra como una mente brillante y la primera pluma de América Latina en recibir el Premio Nobel de Literatura. Pero para quienes leemos entre líneas el dolor y la grandeza de su existencia, su legado más trascendental fue su inmensa maternidad espiritual. Gabriela nunca concibió un hijo en su propio vientre, no experimentó el proceso biológico del embarazo, y, sin embargo, se erigió como la madre absoluta de miles de niños a lo largo y ancho del continente.

A través de su vocación por la educación rural, de sus letras desgarradoras y de su defensa inquebrantable de la infancia más vulnerable, nos demostró una verdad estremecedora: «dar a luz» no es un acto exclusivo de una sala de partos. Dar a luz es la capacidad constante de iluminar, nutrir, educar y proteger la mente y el espíritu de un ser humano en formación. Ella entendió que la sangre no es el único pegamento de la humanidad.

Su vida nos enseña que la maternidad es un verbo en acción incesante, una postura moral frente a la desigualdad del mundo. Es decidir, de manera consciente y voluntaria, que tu propio intelecto y tu existencia sirvan de estructura para que los más débiles puedan sostenerse y florecer.

Si miramos hacia atrás, encontraremos que detrás de cada época de crisis, de cada posguerra, de cada tejido social roto que necesitó ser reparado, ha estado la mano de una mujer ejerciendo esta maternidad expandida.

Mientras los libros de historia se han llenado narrando las batallas de los hombres y las conquistas de territorios, ha existido una resistencia paralela y silenciosa: el linaje del cuidado. Fueron las mujeres con hijos biológicos o sin ellos quienes asumieron la maternidad de las comunidades. Fueron ellas quienes curaron las heridas, quienes sostuvieron los orfanatos, quienes aseguraron que el pan se multiplicara y quienes resguardaron el conocimiento cuando el mundo parecía desmoronarse.

Este acto de cuidar no debe confundirse con la sumisión. Todo lo contrario. Cuidar de otros es un acto de audacia y de gobierno. Es la gestión del riesgo en su forma más pura: anticipar el peligro emocional, físico o espiritual de aquellos que nos rodean y crear normativas internas basadas en el amor y la rectitud para protegerlos. Ser madre en la historia ha sido el ejercicio supremo de administrar la vulnerabilidad humana para convertirla en fortaleza. Es negarse a que la indiferencia gane la partida.

Para nosotras, las mujeres que habitamos, leemos y construimos este espacio en Visionarias, desmitificar la biología como única puerta a la maternidad es una obligación intelectual y espiritual.

Necesitamos abrazar la certeza de que el acto de ser madre se encuentra en todos los rincones donde el humanismo se hace presente. Ocurre en el aula, cuando una maestra se niega a dar por perdido a un estudiante. Ocurre en el mundo corporativo y público, cuando lideramos equipos de trabajo y decidimos que la integridad de nuestra gente vale más que cualquier métrica fría.

Ocurre, de manera desbordante y milagrosa, cuando apoyamos a una colega más joven, cuando defendemos las leyes justas, o cuando abrazamos a las nuevas generaciones como yo abrazo a mi nieta con la serenidad de quien sabe que el amor se expande como un eco infinito.

La maternidad, visionarias, no es un estado civil ni una condición anatómica que nos define o nos excluye; es la fuerza de transformación más poderosa a la que todas tenemos acceso. Es el compromiso histórico de garantizar que, mientras haya un espacio bajo nuestra influencia, el mundo será un lugar menos hostil, más ético, y muchísimo más cálido.

Ser madre en la historia y en el presente significa, en definitiva, rebelarnos contra la idea de que el amor debe quedarse encerrado en nuestro propio cuerpo. Significa decidir, con valentía y ternura, derramarlo por completo para sostener al mundo.

 

María Alejandra Mancebo

Con experiencia en la Administración de Justicia por 25 años como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu
Área Académica.

Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en Universidades Nacionales. Conferencista Nacional e Internacional, Articulista nacional e internacional, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Unversitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM e integrante y una de las creadoras de Cata Jurídica con tacones con la Dra. Esther Alfonzo Rivera. Articulista y Conferencista Nacional e Internacional

Actualmente
Defensora de los Derechos de la Mujer
Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional)
Asesora externa de la Universidad Yacambú
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta de Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Directora de la Revista Igualdad de Género en Venezuela
Consultora Visionaria

Mi mejor título ser Mamá

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