La mesa de los viejos o cómo la cortesía social inventó un corral para las personas mayores.

La sociedad contemporánea, tan enamorada de sus discursos sobre inclusión, tiene una incoherencia deliciosa: celebra todas las diversidades excepto la diversidad etaria dentro de la conversación.

Hay frases que deberían venir con etiqueta sanitaria:Puede contener condescendencia, segregación social y una cucharada de desprecio barnizado de amabilidad”.

Ayer me dijeron, con una sonrisa de organizadora de banquete parroquial: “Te voy a presentar a mis padres para que los abuelos hablen”.

Confieso que durante dos segundos miré alrededor buscando la urna donde debíamos depositarnos después de conversar, porque la frase tenía una inequívoca atmósfera de geriátrico diplomático.

Aparto cualquier buena intención del gesto. Ya no estamos para esto. También hay intenciones que matan.

No hubo insulto. No hubo grosería. No hubo un “quítese de aquí, señora, que estorba”.

Hubo algo mucho más sofisticado: hubo edadismo con moño.

Y conviene decirlo sin anestesia: esa costumbre social de emparejar a las personas mayores entre sí, como si compartir calendario equivaliera a compartir alma, constituye una de las formas más sutiles, más educadas y más humillantes de discriminación etaria.

La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como la práctica de categorizar y dividir a las personas por su edad de una manera que genera daño, desventaja o injusticia y deteriora la solidaridad intergeneracional (Organización Mundial de la Salud, 2021).

Es decir: no hace falta gritar “viejo” para discriminar. A veces basta con sonreír y señalar una mesa.

Porque eso fue exactamente lo que ocurrió: una amable reubicación zoológica.

Usted para allá.
Con los suyos.
Con los otros ejemplares de estación avanzada.

La sociedad contemporánea, tan enamorada de sus discursos sobre inclusión, tiene una incoherencia deliciosa: celebra todas las diversidades excepto la diversidad etaria dentro de la conversación.

Nos quiere juntos, sí… pero no demasiado mezclados.

En cada fiesta, comida, reunión o evento aparece un funcionario invisible del orden cronológico que decide la distribución del mobiliario humano: allá los jóvenes,
allá los niños, y allá —cómo no— la mesa de los viejos.

La expresión ya de por sí es una obscenidad social aceptada.

Nadie diría “la mesa de los gordos”, “la mesa de los divorciados” o “la mesa de los ansiosos funcionales” sin producir alarma.

Pero “la mesa de los viejos” se pronuncia con una naturalidad enternecedora, como si nombrar así un gueto lo volviera simpático.

Y uno debe agradecer.
Porque, al parecer, nos están teniendo en cuenta.

No. Nos están aparcando.

La investigación especializada ha señalado que una de las manifestaciones centrales del edadismo es la homogeneización de la vejez: dejar de percibir a la persona como individuo y verla únicamente como miembro de una categoría uniforme, predecible y socialmente disminuida (Serrano Garijo, 2024).

 

Traduzco: para muchos, después de cierta edad ya no somos una personalidad; somos un rango estadístico.

Da igual si usted escribe, dirige empresas, escucha jazz contemporáneo, entiende de cine coreano, discute geopolítica, se enamora, viaja sola o sabe más de tecnología que la mitad de los millennials presentes.

Da igual si no tiene la menor gana de hablar sobre colesterol, recetas sin sal y achaques compartidos con un señor desconocido cuya única credencial de compatibilidad es haber nacido antes de internet.

La consigna es simple: canas con canas.

Qué extraordinaria pobreza de imaginación.

Porque detrás de la frase “te voy a presentar a mis padres para que platiquen” hay una suposición venenosa: que una persona mayor sólo puede sentirse cómoda en compañía de otra persona mayor.

Como si hubiésemos perdido la ciudadanía universal de la charla.
Como si la curiosidad también se jubilara.
Como si la inteligencia necesitara bastón.

La OMS advierte que el edadismo incrementa el aislamiento social, la soledad y la reducción de oportunidades de participación, afectando directamente el bienestar físico y mental de las personas mayores (OMS, 2021).

 

Y, sin embargo, seguimos reproduciendo escenas aparentemente inocentes donde se nos expulsa de la circulación viva de la conversación y se nos instala en un rincón temático.

La violencia no siempre consiste en sacar a alguien.

A veces consiste en decidir de antemano dónde puede estar.

Eso hicieron ayer conmigo.
No me ofrecieron un encuentro.
Me asignaron un destino decorativo.

La frase “para que los abuelos hablen” tiene, además, una ternura ofensiva.
Supone que los mayores constituimos una reserva natural de criaturas que necesitan entretenerse entre sí mientras los demás practican la vida.

Como esos niños a los que se les pone una mesa aparte con plastilina para que no molesten a los adultos.

Sólo que aquí los infantilizados somos nosotros.

Y el mensaje implícito es devastador: ustedes no pertenecen del todo al centro de la escena.

Una reciente revisión sobre discriminación etaria en América Latina señala que el edadismo no sólo opera como prejuicio interpersonal, sino como mecanismo cultural de disminución simbólica: la vejez es asociada a pasividad, lentitud, dependencia y menor relevancia social (Guachichullca-Ordóñez & Banda-Poma, 2025).

Por eso resulta tan fácil, tan automático, tan “natural”, mandarnos a conversar con “los de nuestra edad”.

Porque se asume que nuestra edad ya es, por sí sola, nuestro tema de conversación.

Fascinante.
Entonces, por coherencia, a los jóvenes habría que sentarlos exclusivamente con jóvenes para que hablen de juventud.
Pero no ocurre.

A ellos se les concede circulación libre.
Pueden hablar con todos, interesar a todos, mezclarse con todos.

La juventud es presentada como idioma universal.
La vejez, en cambio, como dialecto de nicho.

Y esa es la herida.

No se nos niega una silla.
Se nos niega la amplitud del mundo.

Por eso hay que defender con uñas sociales una idea urgente: las personas mayores necesitan amistades jóvenes.

No por caridad generacional ni para sentirse “actualizadas”, sino porque la amistad intergeneracional es una forma de resistencia contra el confinamiento simbólico.

Tener amigos jóvenes significa seguir habitando la velocidad del presente, el humor nuevo, las preguntas nuevas, los códigos nuevos, incluso las discrepancias nuevas.

Y los jóvenes, si son inteligentes, necesitan amigos mayores que no sean únicamente “los papás de alguien” o “los abuelos de la reunión”, sino interlocutores de carne, memoria, sarcasmo, deseo y pensamiento.

La conversación humana se enriquece cuando se mezclan tiempos.
Se empobrece cuando se clasifica por fechas de fabricación.

Así que no, gracias.

No necesito que me presenten a sus padres “para que los abuelos hablen”.
Agradezco el gesto de administración geriátrica, pero no vine a convertirme en mobiliario de longevidad ni en pieza de una mesa temática patrocinada por la nostalgia.

Vine a hablar con quien tenga algo que decir.

Y si eso incomoda a quienes creen que cumplir años obliga a aceptar un rincón social acolchado, peor para ellos.

Porque la edad no debería decidir nuestras conversaciones.

Lo único realmente viejo aquí es el prejuicio.

    Referencias bibliográficas

    Guachichullca-Ordóñez, L. A., & Banda-Poma, B. P. (2025). El edadismo como expresión de desigualdad social en Latinoamérica: características, fuentes y estrategias de superación. Telos: Revista de Estudios Interdisciplinarios en Ciencias Sociales, 27(3), 963–971.

    Organización Mundial de la Salud. (2021). Informe mundial sobre el edadismo. OMS.

    Serrano Garijo, P. (2024). Una aproximación al edadismo contra las personas mayores. Anales de la Real Academia de Doctores de España, 9(4), 899–916.

    Soy consultora estratégica y coach, después de haber trabajado en corporaciones en el área de planificación estratégica y gerencia, principalmente en Venezuela y México.

    Nací en Caracas, Venezuela en 1956, donde crecí y me desarrollé personal y profesionalmente.

    Viví en México del 2008 al 2012, regresé a Venezuela y retorné en el 2017. Celebro ambas nacionalidades.

    Soy Psicóloga (UCAB), Magister en Psicología Social ( UCV) Planificadora estratégica de negocios (IESA) y Business y Life coach ( Universidad Iberoamericana, México).

    Participo con pasión en conferencias y actividades dedicadas a visibilizar el edadismo y oportunidades de negocio de la Silver Economy.

    En mis presentaciones y redes, busco darles valor a mis queridos plateados, mostrando sus potencialidades.
    A nivel individual, ayudo a personas a definir sus nuevas rutas de expansión, sustituyendo los «ya no» por «ahora sí». Creo que no existen cambios vitales sino personales.

    Como consultora estratégica, me siento orgullosa de haber contribuido a que emprendedores, agencias de comunicación y startups hayan descubierto oportunidades de crecimiento.

    Entre mis logros en estos últimos años están: el haber superado dificultades migratorias, pérdidas de familiares en la pandemia, una estafa financiera y sobreponerme a un cáncer de mama en el año 2020. Apoyo en lo que puedo.
    Practico yoga y camino diariamente como ritual de meditación activa. Estudio astrología y tarot.

    Adoro a mis dos hijas y a mis 5 nietos. Soy estudiosa de C.G. Jung y estoy dispuesta a aprender siempre.

    Disfruto ser invitada a participar en equipos inter generacionales donde se requiera pensamiento estratégico y sabiduría.

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