Las mujeres que quisieron borrar: cuando escribir fue una forma de desobediencia

Para muchas mujeres, escribir no fue simplemente un ejercicio estético ni un pasatiempo doméstico. Fue una manera de disputar el lugar que se les había asignado. En distintos momentos y sociedades, sus palabras encontraron obstáculos: censura, restricciones educativas, dificultades para publicar, descrédito intelectual y sanciones sociales. No todas vivieron la misma persecución, pero muchas compartieron una exigencia injusta: demostrar que tenían derecho a pensar y a ser escuchadas.

A lo largo de los siglos, buena parte de la historia intelectual se escribió como si el pensamiento tuviera una sola voz: la masculina. Los grandes tratados, las formulaciones jurídicas, los descubrimientos y las obras literarias solían presentarse a través de nombres de hombres, mientras muchas mujeres quedaban relegadas a los márgenes del relato. Sin embargo, detrás de esa historia incompleta hubo escritoras, filósofas y pensadoras que encontraron formas de dejar constancia de su existencia, incluso cuando hacerlo suponía desafiar las expectativas de su tiempo.
¿Cuántas voces femeninas fueron silenciadas, desacreditadas o borradas antes de que pudiéramos conocer sus nombres y reconocer sus aportes?
Para muchas mujeres, escribir no fue simplemente un ejercicio estético ni un pasatiempo doméstico. Fue una manera de disputar el lugar que se les había asignado. En distintos momentos y sociedades, sus palabras encontraron obstáculos: censura, restricciones educativas, dificultades para publicar, descrédito intelectual y sanciones sociales. No todas vivieron la misma persecución, pero muchas compartieron una exigencia injusta: demostrar que tenían derecho a pensar y a ser escuchadas.
Algunas recurrieron a nombres prestados, iniciales o seudónimos masculinos. No siempre lo hicieron por idénticas razones, pero en ciertos contextos esa decisión permitió que sus textos circularan sin cargar, desde la primera página, con el prejuicio dirigido contra una firma femenina. El seudónimo no debe convertirse en una anécdota pintoresca: también nos habla de las condiciones bajo las cuales una mujer podía aspirar a que su obra fuera leída y valorada.
En 1846, Charlotte, Emily y Anne Brontë publicaron un volumen de poemas con las firmas Currer, Ellis y Acton Bell. No fueron nombres elegidos al azar para adornar una portada. Charlotte explicaría después que habían preferido no presentarse como mujeres porque percibían el prejuicio con que se juzgaba a las autoras. La historia conserva una ironía reveladora: antes de que sus nombres verdaderos fueran conocidos, sus poemas ya habían sido sometidos a una lectura condicionada por la identidad que los lectores imaginaban detrás de aquellas firmas.
Mary Ann Evans adoptó otro nombre que terminaría siendo célebre: George Eliot. En su caso, el seudónimo respondía a motivos diversos, entre ellos el deseo de preservar su privacidad y evitar que los juicios sobre su vida personal eclipsaran la recepción de su obra. Su trayectoria nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿por qué la vida privada de una escritora podía convertirse en argumento para restar valor a lo que había pensado y escrito? El talento no debería necesitar una identidad prestada para obtener una lectura justa.
Cuando revisamos los archivos de la literatura, el derecho y el pensamiento, encontramos una pregunta que sigue incomodando: ¿cuánto conocimiento se perdió o fue atribuido a otros porque no se reconoció a tiempo la autoridad intelectual de sus creadoras? No se trataba de reclamar privilegios, sino de ejercer un derecho elemental: nombrar el mundo desde una experiencia propia y participar en la conversación pública.
En nuestra lengua, sor Juana Inés de la Cruz ofrece una historia distinta y profundamente significativa. No necesitó esconder su nombre bajo una firma masculina para enfrentarse a los límites impuestos al saber femenino. En 1691 escribió su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, una defensa de su vocación intelectual y del derecho de las mujeres a aprender. Su caso recuerda que el silenciamiento no siempre exige borrar una firma: también puede consistir en cuestionar que una mujer dedique su vida al estudio, en vigilar lo que investiga o en exigirle que justifique una curiosidad que en otros se considera virtud.
Las Brontë, George Eliot y sor Juana no pertenecieron a una misma época ni enfrentaron idénticos obstáculos. Precisamente por eso conviene leerlas sin uniformarlas. Unas negociaron con los prejuicios del mercado editorial; otra defendió su libertad intelectual en un contexto religioso y social muy diferente. Lo que sus historias permiten reconocer no es una única persecución, sino distintas maneras de limitar la autoridad de la palabra femenina.
El silenciamiento tampoco dependió únicamente de prohibiciones expresas. Operó mediante la desvalorización de formas de escritura asociadas con las mujeres. Cartas, diarios, memorias y relatos personales fueron considerados con frecuencia asuntos menores, demasiado íntimos o sentimentales para merecer el mismo reconocimiento que otros géneros. Pero en esas páginas también había observación social, pensamiento político, memoria histórica y una manera de comprender el poder.
Esa jerarquía merece una revisión crítica. Cuando decidimos de antemano qué voz es rigurosa y cuál debe permanecer en el terreno de lo doméstico, no estamos evaluando solamente la calidad de un texto: podemos estar reproduciendo una idea heredada sobre quién tiene autoridad para producir conocimiento.
Reivindicar a aquellas escritoras no es un ejercicio de nostalgia. Es una invitación a observar nuestro presente. Hoy las barreras no son idénticas a las del pasado, y sería impreciso equiparar cualquier desacuerdo profesional con la censura histórica. Sin embargo, todavía existen espacios donde la palabra de una mujer se interrumpe, se minimiza o se recibe con una sospecha que no se aplica del mismo modo a otras voces.
Lo he pensado especialmente desde los espacios de dirección, la ética y el cumplimiento normativo. Cuando una profesional cuestiona una decisión, advierte un riesgo, denuncia una irregularidad o exige coherencia entre los principios declarados y las prácticas reales, su firmeza puede interpretarse como una incomodidad personal en lugar de examinarse por el mérito de sus argumentos. El problema no es la discrepancia: es la descalificación que sustituye al debate.
Por eso escribir también significa investigar. No basta con levantar la voz: hay que contrastar fuentes, revisar lo que se nos enseñó, interrogar las ausencias y reconocer la complejidad de cada época. Recuperar a las mujeres del pasado exige algo más que admirarlas; exige leerlas, estudiar sus obras y devolverles el lugar que merecen sin convertir sus vidas en leyendas simplificadas.
Investigar es preguntar quién escribió, quién publicó, quién fue citado y quién quedó fuera de las bibliotecas, las aulas y los repertorios considerados indispensables. También es distinguir entre una obra verdaderamente prohibida, una publicación firmada con seudónimo y una autora cuya contribución fue subestimada. Si queremos reparar las omisiones del pasado, no podemos hacerlo sustituyendo una simplificación por otra. La memoria necesita pruebas, contexto y nombres propios.
Escribir desde nuestra propia experiencia, con rigor y conciencia crítica, puede ser una forma de desobediencia frente a las expectativas que todavía intentan reducir nuestra palabra. No porque toda escritura sea una rebelión, sino porque una voz autónoma se niega a aceptar que otros decidan de antemano qué podemos pensar, investigar o cuestionar.
Cada texto que rescata una obra olvidada, cada artículo que discute una injusticia y cada investigación que devuelve su nombre a una autora contribuye a corregir una memoria incompleta. Somos herederas de mujeres que escribieron en condiciones muy distintas de las nuestras. Honrar ese legado no consiste solo en celebrar su valentía, sino en ampliar las oportunidades para quienes hoy quieren crear, publicar y ser reconocidas.
Escribir es dejar constancia de que existimos. Publicar es reclamar un lugar en la conversación. Y persistir con voz propia, sin renunciar a la razón ni a la sensibilidad, es recordar que ninguna historia estará completa mientras una parte de quienes la pensaron permanezca fuera de sus páginas.

María Alejandra Mancebo
Con experiencia en la Administración de Justicia por 25 años como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu
Área Académica.
Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en Universidades Nacionales. Conferencista Nacional e Internacional, Articulista nacional e internacional, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Unversitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM e integrante y una de las creadoras de Cata Jurídica con tacones con la Dra. Esther Alfonzo Rivera. Articulista y Conferencista Nacional e Internacional
Actualmente
Defensora de los Derechos de la Mujer
Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional)
Asesora externa de la Universidad Yacambú
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta de Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Directora de la Revista Igualdad de Género en Venezuela
Consultora Visionaria
Mi mejor título ser Mamá

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