Las mujeres que somos: Un café con Virginia frente a la grieta

» Levanto la vista del café. En la butaca de cuero al otro lado de mi estudio, iluminada por la luz oblicua de la tarde larense, está sentada Virginia Woolf. No me sorprende su presencia. He recurrido tantas veces a sus textos para buscar refugio y entender el peso de ser mujer en mundos de hombres, que materializarla en medio de este pánico residual me parece la única concesión cuerda que mi mente puede hacerme hoy. Virginia me observa con esa fijeza melancólica y aguda que atraviesa los siglos.«

La taza de café tintinea contra el plato de cerámica con un sonido sordo, rítmico, casi molesto. Lo observo fascinada, como si la mano que sostiene el asa no fuera la mía. Pero lo es. Mis manos aún tiemblan, días después de que la tierra dejara de sacudirse. El miedo tiene un sabor metálico que se instala en la base del paladar y se niega a desaparecer, por mucho que intente diluirlo con cafeína y rutinas. Aquí, en nuestra ciudad, la tierra rugió y nos arrebató el aliento, pero las paredes aguantaron. No hubo muerte en nuestras calles. Sin embargo, el terror no necesita cadáveres en tu propia acera para devorarte viva; basta con mirar la pantalla del teléfono y ver cómo, a cientos de kilómetros, en Caracas o La Guaira, el país de tus afectos se desmorona.

Frente a mí, sobre el escritorio, descansan los reportes de control de riesgos que debo revisar, separados celosamente de las tesis de mis alumnos universitarios y de los borradores de mi libro, «Coronas, Códigos y Compliance». Durante décadas, me he construido a mí misma como un bastión de certezas. He forjado mi vida profesional dictando cátedra, redactando normas para la gestión, analizando la legitimación de capitales y estructurando matrices de cumplimiento normativo.

Soy la mujer a la que acuden cuando hay que poner orden en el caos del gobierno gerencia o en la junta directiva. Pero cuando el piso se movió y la posibilidad de la muerte rozó nuestras frentes, todas mis credenciales, mi postdoctorado y mi candidatura a doctora en derecho se disolvieron en el aire denso de la tarde.

Me quedé desnuda frente a mi propia vulnerabilidad. Fui, simple y llanamente, una mujer aterrada, sintiendo esa culpa sorda y asfixiante de quien respira a salvo mientras otros mueren lejos.

Tiemblas, María Alejandra. Y te enfurece temblar, casi tanto como te enfurece estar a salvo.

Levanto la vista del café. En la butaca de cuero al otro lado de mi estudio, iluminada por la luz oblicua de la tarde larense, está sentada Virginia Woolf. No me sorprende su presencia. He recurrido tantas veces a sus textos para buscar refugio y entender el peso de ser mujer en mundos de hombres, que materializarla en medio de este pánico residual me parece la única concesión cuerda que mi mente puede hacerme hoy. Virginia me observa con esa fijeza melancólica y aguda que atraviesa los siglos.

Me enfurece la pérdida de control; le respondo dejando la taza sobre la mesa para ocultar la evidencia de mi fragilidad. Me dedico a prever desastres, Virginia. Mi trabajo es anticipar el riesgo, blindar a la organización, garantizar que todo funcione bajo la norma y la ética. Se supone que debo ser inquebrantable. Y, sin embargo, cuando el piso se movió, quise salir corriendo y olvidar todos mis manuales de Compliance. Fui incapaz de pensar. Y luego… luego llegaron las noticias de los otros estados. Saber que aquí no perdimos vidas, pero que allá la muerte arrasó con todo, te deja un hueco en el estómago. Es un duelo prestado que duele como propio.

Virginia esboza una media sonrisa y acomoda los pliegues de su falda. «Esa es la trampa de la habitación propia, ¿no crees?», dice con una voz que suena a viento en la campiña inglesa, pero que resuena perfectamente entre estas paredes. Exigimos nuestro espacio, nuestro derecho a pensar, a liderar, a escribir y a gobernar. Y una vez que lo obtenemos, nos autoimponemos la condena de ser pilares de mármol. Nos prohibimos la vulnerabilidad porque tememos que, si mostramos una sola fisura, nos arrebatarán las llaves y nos devolverán al silencio. Te castigas por sentir alivio de estar viva en Barquisimeto y te castigas por sentir terror de que la muerte estuvo tan cerca.

Me recuesto en la silla, sintiendo el peso de sus palabras. Tiene razón. En mi esfuerzo por consolidar mi visión profesional, he sido implacable conmigo misma. Siempre insisto en que el corazón del Compliance no es un mero check-list, sino una ética viva, un latido humano que protege a la organización y a la sociedad. He predicado el humanismo hacia los demás, el liderazgo del amor en la gerencia que permite reconocer al otro en la convivencia, pero he sido un verdugo con mi propia humanidad.

Es el peso de la corona murmuro, señalando los apuntes esparcidos de mi libro. Llevo meses investigando a las soberanas históricas para Coronas, Códigos y Compliance. Leo sus edictos, sus estrategias de poder, cómo dominaron imperios enteros y se abrieron paso en la historia. Pero los libros rara vez hablan de sus madrugadas de insomnio, de las veces que lloraron a solas por el terror a perderlo todo en una guerra, o de la culpa de sobrevivir a sus ejércitos. Las hemos despojado de su derecho al pánico para convertirlas en mitos útiles.

Virginia asiente lentamente, y su mirada se oscurece un poco, compartiendo una complicidad que solo conocen quienes escriben para salvarse.

Porque el miedo de una mujer con poder resulta incómodo para el mundo. Si una líder confiesa su terror, el sistema la tilda de histérica o de incapaz. Por eso te tragas el llanto. Por eso miras esa taza de café temblar y sientes vergüenza en lugar de compasión por ti misma. Crees que tu miedo te invalida como asesora o como experta en derecho penal. Te obligas a redactar análisis gélidos porque te aterra que vean que la mujer detrás del título está paralizada por la angustia de un país que se cae a pedazos.

El dolor y el pánico te aíslan, admito, sintiendo que por fin la coraza cede y las lágrimas amenazan con desbordarse. En el momento del sismo, me sentí diminuta. Una partícula inútil frente a la magnitud de la naturaleza. Y después, cuando comprobamos que en Barquisimeto estábamos enteros, pero Venezuela lloraba a sus muertos, la vulnerabilidad me asfixió. ¿Cómo se lidera, Virginia? ¿Cómo hablo de la ética del cuidado o de gerenciar riesgos cuando lo único que quiero es abrazarme a los míos y no soltarlos nunca?

Ella se inclina hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas. Sus ojos tienen la profundidad de quien conoció de cerca los abismos de la mente y las fracturas del alma.

«La vulnerabilidad no te aísla, María Alejandra. Te conecta. El problema es la máscara estoica que te empeñas en sostener. Escribes sobre el liderazgo desde la perspectiva del cuidado, sobre cómo debemos tejer redes de contención cuando el entorno colapsa. Pero, ¿quién te contiene a ti? No puedes liderar desde el amor si primero no abrazas tu propio terror. Eres una mujer que ha vivido, que ha visto la rudeza del mundo, que entiende la oscuridad del código penal y la frialdad de los tribunales. Temblar frente a la posibilidad de la muerte, llorar por los caídos en otras ciudades, no borra ni una sola de tus conquistas. Las humaniza«.

Miro mis manos. Ya no intentan aferrarse a la taza ni simular una firmeza de hierro. Las dejo reposar sobre mis rodillas, aceptando el ligero tremor que aún las recorre. Las mujeres que somos, pienso. Somos este entramado complejísimo de títulos académicos, responsabilidades ejecutivas y lecturas filosóficas, conviviendo en el mismo cuerpo con una mujer asustada que solo quiere que la tierra deje de rugir y que la muerte deje de acechar a su país.

Siempre he huido de las palabras grandilocuentes cuando trato de explicar mi visión profesional, le comento a Virginia, en un tono más íntimo, bajando la guardia. Detesto, por ejemplo, cuando se empeñan en hablar de la «arquitectura» en mis narrativas. Suena rígido, frío, inamovible. Como un edificio de concreto. Y los edificios de concreto, como comprobamos con horror estos días en las noticias, colapsan, aplastan y matan. Prefiero pensar en la esencia, en redes, en el corazón vivo de las cosas.

«Porque las redes palpitan responde ella. Un tejido puede deshilacharse, pero también puede zurcirse. Las redes ceden ante la tensión y luego recuperan su forma, sosteniendo a quien cae. Esa es tu verdadera fuerza. Tu capacidad de sentir el impacto brutal, de desarmarte por el dolor de los que sí perdieron la vida lejos de aquí, y luego sentarte en este escritorio a intentar darle sentido al desastre con tu propia voz, sin adoptar tonos genéricos o intercambiables».

La habitación se queda en silencio. Afuera, el sol comienza a ponerse sobre la ciudad, tiñendo el polvo en suspensión de un tono cobrizo. El miedo sigue ahí, agazapado en la boca del estómago. No ha desaparecido mágicamente por el simple hecho de conversar con mis fantasmas o de verbalizar la culpa de sobrevivir. Seguramente esta noche me cueste dormir, alerta a cualquier vibración de las ventanas. Mañana tendré que volver a revisar matrices de riesgo para Corporación Bel, enfrentar mis deberes con los gobiernos locales y leer los avances de investigación de mis tesistas. Volveré a ponerme la ropa de trabajo, a discutir de filosofía y a tomar decisiones difíciles.

Pero el peso en el pecho ha cambiado de textura.

Tomo la taza de café. El líquido oscuro tiembla levemente antes de tocar mis labios, y esta vez no aparto la mirada con vergüenza. Bebo el trago amargo aceptando mi propia fragilidad. No le debo una entereza blindada a nadie.

El verdadero coraje no es la ausencia de pánico, ni mirar el desastre desde un balcón seguro. Es la voluntad de seguir adelante con las manos temblorosas, sabiendo que el miedo que siento por mí y el dolor que lloro por los que ya no están, es la prueba más rotunda de que, debajo de todos los códigos y de todas las coronas, sigo irremediablemente viva.

 

Experta de renombre internacional en el ámbito del Compliance y el Liderazgo Estratégico. Actualmente se desempeña como Gerente de Control de Riesgos y Legitimación de Capitales de Corporación Bel, desde donde ha transformado la visión tradicional del cumplimiento normativo en una ventaja competitiva basada en la ética y la innovación tecnológica.

Con una trayectoria marcada por la implementación de sistemas de prevención de vanguardia, creyente del uso de la Inteligencia Artificial con enfoque antropocéntrico.

Como conferencista y mentora, su propósito es empoderar a la próxima generación de mujeres líderes, demostrando que la alta dirección y la gestión de riesgos complejos alcanzan su máxima eficacia cuando se ejercen con rigor técnico y una profunda humanidad.

María Alejandra Mancebo es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒

Las mujeres que somos

Esta columna es un espacio donde contaré historias de mujeres: unas veces me iré a la historia, otras las narro y otras las entrevisto. Historias de mujeres reales, las mujeres que somos, lo que hacemos y hacia dónde vamos. 

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