Los 50 años: la década del golpe de realidad o del “guamazo”

«Según la Organización Mundial de la Salud (2021), una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas: prejuicios, estereotipos y creencias negativas hacia los demás —y hacia sí mismos— simplemente por la edad que tienen. En el entorno laboral, esto se traduce en despidos abruptos, silencios incómodos y oportunidades que se esfuman.»

Cumplir 50 años es, para muchos, un cruce de umbral. Un momento en que el mundo —los headhunters, la banca, las empresas, el sistema de salud y la sociedad en general— comienza a vernos con otros ojos: los de la edad. A partir de aquí, se nos empieza a identificar como «mayores». Y eso, aunque se diga en voz baja, duele. Duele más de lo que se admite. Es lo que yo llamo el “guamazo” psicosocial.

En países como Venezuela, México o Colombia, guamazo es un término coloquial que describe un golpe fuerte, físico o emocional. Es ese impacto repentino que descoloca y sacude. Y sí, eso es lo que ocurre cuando, de un día para otro, una persona descubre que el mundo comienza a tratarla como una señora o un señor “mayor”, con todo lo que ese adjetivo carga: pérdida de valor, invisibilidad, y un sinfín de prejuicios.

Durante los cuarenta, aún habitamos la frontera entre la madurez y cierta ligereza de juventud. Pero al llegar a los cincuenta, el margen se estrecha. El sistema social tradicional señala este momento como el inicio de la curva descendente, a menos que uno elija rebelarse con valentía, haciendo un trabajo interno de consciencia, fortaleza emocional y reinvención profesional. No es tarea fácil. Es un acto de planificación vital para la segunda mitad de la vida.

Según la Organización Mundial de la Salud (2021), una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas: prejuicios, estereotipos y creencias negativas hacia los demás —y hacia sí mismos— simplemente por la edad que tienen. En el entorno laboral, esto se traduce en despidos abruptos, silencios incómodos y oportunidades que se esfuman.

Frases como “es un cincuentón” o “ya está cincuentona” son expresiones cargadas de discriminación. Y para las mujeres, el juicio es aún más implacable. Mientras ellos “entran en una edad interesante”, nosotras “ya estamos viejas”.

La década de los 50 puede ser un torbellino emocional. Se entrecruzan exigencias laborales, el crecimiento de los hijos (muchas veces adolescentes con sus propias tormentas), y las crecientes demandas emocionales, económicas y de cuidado de los padres. Todo esto ocurre mientras uno mismo intenta sostenerse. Es una tormenta perfecta.

No hablo desde la teoría. Conozco de cerca —demasiado cerca— al menos 13 historias de mujeres y hombres desvinculados de sus empleos al cruzar esta frontera simbólica. Lo repentino y lo inexplicable los dejó sin aire, muchas veces justo cuando más los necesitaban sus familias.

La clave está en entender que, a los 50, aún queda mucho por vivir. Según las proyecciones actuales, nos restan 30 o incluso 40 años más. A partir de esta edad, propongo pensar un nuevo plan: de autonomía, de transición, de cambio inteligente y emocionalmente sostenible.

El camino pasa por actualizarse, autogestionarse y —lo más difícil— aceptar que nuestra situación actual puede estar caducando silenciosamente. Es momento de sembrar nuevas fortalezas, de evolucionar, incluso si eso significa pedir ayuda: un terapeuta, un coach, una red de apoyo.

Desde mi experiencia, los modelos laborales más sanadores a partir de los 50 suelen ser los que permiten autonomía: consultoría, freelance, emprendimientos, proyectos con sentido. No lo digo como receta, sino como pista. No todos siguen el mismo mapa.

En su libro From Strength to Strength, Arthur Brooks es directo: a partir de los 50, perdemos ciertas habilidades, pero ganamos otras mejores. Y esas nuevas capacidades son las que pueden guiarnos a una vida con propósito, éxito profundo y, sobre todo, paz.

Sí, en esta etapa es normal sentirse cansado, sin rumbo, deseando trabajar y vivir de otra manera. Ese, justamente, es el guamazo: el cansancio que no solo es físico, sino existencial.

Pero hay esperanza. Cuanto antes nos declaremos en transición, antes podremos diseñar la vida que queremos. No necesitamos llegar a un burnout ni a una enfermedad para tomar decisiones. Lo que necesitamos es visión, propósito y autocompasión.

Es una etapa de de reconocimiento y de reconocerse en lo que está vigente y en lo que ya  “venció” en nuestra vida: amigos, familiares, creencias, actividades. El senex comienza a filtrar, a ser selectivo, a mirar con crítica, a ser menos cautivado por retos ya conocidos, embaucadores y considerados “materia vista”. Gracias a Dios ya no somos tan inocentes y crece en nosotros una sana malicia escrutadora de ciertas promesas infundadas.

El cuerpo acompaña este proceso, ese cansancio, amerita atención, protección, amor, aceptación: Cervicales, calculos en vesiculas, ciáticas, dolor de espalda baja, vértigos.

Si bien ameritaría un artículo aparte (que lo haré), no dejo de destacar la menopausia en la mujeres como un proceso que interviene en esta década, poniendo sobre la mesa mayores problemáticas fisiológicas y psicológicas, pero sobre todo aquellas vinculadas con una presión social que apunta a la pérdida de facultades y por ende, a sentirse dismuidas en su feminidad y en sus competencias. Lo cual es falso y sobre todo injusto.

Por ello, es hora de redefinir qué es éxito, qué es felicidad, qué es lo que realmente importa para los años que vienen. Y para ilustrarlo, quiero compartir una historia:

Fangio y el poder de la pausa

En 1957, el legendario Juan Manuel Fangio tenía 46 años. Corría para Maserati, y sus jóvenes rivales, para Ferrari. Mientras ellos apostaban a la velocidad constante, Fangio eligió una estrategia distinta: salir más liviano, hacer una parada y volver con fuerza.

Pero la parada fue lenta, casi un desastre. Salió con 50 segundos de desventaja. Parecía perdido. Pero convirtió el desgaste en oportunidad. Con una serenidad demoledora, remontó, rompió récords y ganó. Exultante y agotado, pero ganador.

Si ya recibiste el guamazo de los 50, ve a los boxes. Tómate el tiempo que necesites. Revisa tu estrategia. Vuelve cuando estés listo. No hace falta salir corriendo.

Una pausa bien pensada es el mejor ungüento para el golpe de la edad.
Y sí, como Fangio, también tú puedes ganar.

Bibliografía:

Brooks, Arthur. From Strength to Strength. Finding Success, Happiness and Deep Purpose in The Second Half of Life, Portfolio/Penguin.2022

Organización de las Naciones Unidas. (2021). Informe sobre Edadismo. Recuperado de https://www.who.int/es/teams/social-determinants-of-health/demographic-change-and-healthy-ageing/combatting-ageism/global-report-on-ageism

Soy consultora estratégica y coach, después de haber trabajado en corporaciones en el área de planificación estratégica y gerencia, principalmente en Venezuela y México.

Nací en Caracas, Venezuela en 1956, donde crecí y me desarrollé personal y profesionalmente.

Viví en México del 2008 al 2012, regresé a Venezuela y retorné en el 2017. Celebro ambas nacionalidades.

Soy Psicóloga (UCAB), Magister en Psicología Social ( UCV) Planificadora estratégica de negocios (IESA) y Business y Life coach ( Universidad Iberoamericana, México).

Participo con pasión en conferencias y actividades dedicadas a visibilizar el edadismo y oportunidades de negocio de la Silver Economy.

En mis presentaciones y redes, busco darles valor a mis queridos plateados, mostrando sus potencialidades.
A nivel individual, ayudo a personas a definir sus nuevas rutas de expansión, sustituyendo los «ya no» por «ahora sí». Creo que no existen cambios vitales sino personales.

Como consultora estratégica, me siento orgullosa de haber contribuido a que emprendedores, agencias de comunicación y startups hayan descubierto oportunidades de crecimiento.

Entre mis logros en estos últimos años están: el haber superado dificultades migratorias, pérdidas de familiares en la pandemia, una estafa financiera y sobreponerme a un cáncer de mama en el año 2020. Apoyo en lo que puedo.
Practico yoga y camino diariamente como ritual de meditación activa. Estudio astrología y tarot.

Adoro a mis dos hijas y a mis 5 nietos. Soy estudiosa de C.G. Jung y estoy dispuesta a aprender siempre.

Disfruto ser invitada a participar en equipos inter generacionales donde se requiera pensamiento estratégico y sabiduría.

Irene Aguilera forma parte de nuestra Red de Expertas Visionarias. Visita su perfil haciendo click aquí ⇒⇒

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