Normalización del estrés, más allá de una narrativa

«Es absurdo afirmar que estar atrapados en un constante estrés nos permite sostenidamente obtener felicidad y libertad interior, cuando en realidad en nuestra vida cotidiana su normalización nos vuelve personas esclavas del tiempo y del cumplimiento de expectativas externas, así como de conductas sustentadas en el ego que nos aleja del cultivo de la atención plena hacia nuestro interior de forma generosa y hacia el exterior con altruismo».

Tener una vida exitosa, ser personas reconocidas y aceptadas a costa de someternos a altos niveles de autoexigencia y de perfeccionismo frente a una sociedad frenética, egocéntrica y narcisista,  ansiosa por aplaudir aquello que le agrada de nuestra persona o bien ser indiferente, no incluyente, ante las expectativas que no reunimos propias de un mundo saturado, ruidoso, juicioso, hostil y violento, ha dado como resultado una falsa narrativa de que el estrés forma parte de nuestra vida, normalizando que ir de un lado al otro nos hará llegar más rápido a eso que creemos nos convertirá en personas aceptadas y felices, esa vida que tanto a mujeres como a hombres en algún momento nos cobrará factura disparando diversidad de alteraciones del estado de ánimo como la ansiedad y la depresión, aunado al sufrimiento que las acompaña.

Detrás de la normalización del estrés predomina una disminución de nuestra capacidad de ser personas compasivas, tolerantes y generosas con nosotras, nosotros mismos, nos alejamos de un estado de claridad mental que nos facilite indagar, discernir y autoreflexionar en torno al sentido de la vida y, por el contrario, inconscientemente vamos provocándonos diversidad de enfermedades de naturaleza psicosomática, cansancio permanente, incapacidad de control del entorno, así como un sin fin de afectaciones fisiológicas, comprometiendo nuestra salud mental, física y emocional, perdiendo progresivamente nuestra identidad.

Prisa e intensidad, narrativa del sentido de la urgencia

La prisa, la falsa creencia de que hacer algo en modo ocupado nos hará personas mayormente productivas y valoradas, esa sensación de no satisfacer las necesidades propias y las de los demás, así como la realización de diversas tareas a la vez y la intensidad de mantener nuestro piloto automático constantemente encendido, forman parte de nuestra narrativa del sentido de la urgencia al grado, como bien señala Javier García Campayo, de que “Llega un momento en el que los objetivos dejan de ser importantes. La propia prisa y aceleración forma parte de nuestra vida y si no la tenemos le echamos en falta.”

Futurizar actividades de forma exacerbada a partir de un pasado insatisfecho provoca que nuestra conducta, emociones y pensamiento se estanquen bajo la directriz de una mente ignorante que no es capaz de observar que la prisa e intensidad con la que vivimos queda atrapada entre el pasado y el futuro buscando incesantemente el agrado, la aceptación y la felicidad en algo que no existe en donde nuestras alteraciones del estado de ánimo se hacen presentes bajo una mente con un discurso ofuscado, exigente y perfeccionista, dañino hacia nuestro ser, cuando por el otro lado tenemos la opción —en sabiduría— de entrenar nuestra mente en el presente a partir de la búsqueda y práctica de bienestar interno y no a partir de lo que nos apruebe la sociedad automatizada en la que vivimos. 

Atención plena, conciencia de la libertad interior

Matthieu Ricard cuestiona en su libro “En Defensa de la Felicidad” si la necesidad constante de actividad, esa agitación, no se deberán a que no nos hemos tomado la molestia de conocer mejor el funcionamiento de nuestra mente haciendo alusión a Séneca <<Basta que se encuentren desocupados, para que se vuelvan febriles porque están abandonados así mismos >>. Lo anterior, nos invita a la reflexión de cuál es el sentido de vivir bajo la intensidad del estrés. ¿Realmente con ello alcanzaremos un estado de plenitud, riqueza y bienestar en nuestra vida?

Es absurdo afirmar que estar atrapados en un constante estrés nos permite sostenidamente obtener felicidad y libertad interior, cuando en realidad en nuestra vida cotidiana su normalización nos vuelve personas esclavas del tiempo y del cumplimiento de expectativas externas, así como de conductas sustentadas en el ego que nos aleja del cultivo de la atención plena hacia nuestro interior de forma generosa y hacia el exterior con altruismo.

Comenzar a entrenar nuestra mente en atención plena implica aceptar —en primera instancia— que ésta se encuentra controlada por la fusión entre nuestros pensamientos y emociones a partir de identificarnos como personas sometidas a un constante estrés, como por ejemplo, darnos cuenta de que tendemos a la rumiación de pensamiento o bien que éste suele ser catastrófico o sobregeneralizado, que sufrimos de insomnio por sobrepensar o de algún trastorno de alimentación por falta de atención a nuestros horarios o calidad en lo que consumimos. Una vez que nos hemos hecho conscientes, podemos trabajar en la intencionalidad de querer mejorar nuestra calidad de vida, cuestionarnos qué beneficio obtenemos si logramos renunciar a ciertas prácticas nocivas para nuestra mente, cuerpo y emoción,  qué beneficio obtenemos de continuar sometidos a estrés.

Una vez identificada nuestra intención, autoobservar la interacción que tenemos con el mundo a través de nuestros sentidos facilita que el entrenamiento de la mente esté enfocado en el presente, por ejemplo, cuando estamos en una reunión de trabajo cuestionarnos ¿en este momento, en dónde está mi mente? y percatarnos que escuchar, observar y oler a nuestros interlocutores y el entorno facilita que nuestra mente esté justo en ese momento sin distracciones debido a que nuestros sentidos son la puerta de acceso a lo que vivimos tal y como se nos presenta; sin embargo, no se trata de poner atención sólo por ponerla, sino de que ésta sea plena y sostenible al paso del tiempo, por lo que el entrenamiento debe de estar soportado por nuestra actitud. ¿Cómo queremos que sea nuestra experiencia? ¿Estresada, ansiosa y llena de angustia o libre, serena y apacible? 

Referencias

  • García Campayo, J. (2023), Parar para vivir mejor. Edit. HarperCollins Ibérica, S.A.
  • Ricard, M. (2005), En Defensa de la Felicidad, Ediciones Urano, Madrid.

Reflexión

En ese sentido, ir más allá de nuestra narrativa de normalización del estrés en la vida cotidiana puede contrarrestarse a partir de la práctica de la atención plena, misma que requiere una motivación y voluntad, es decir, el esfuerzo consciente en querer detenernos y de comenzar a observar la realidad tal y como es, sin adicionar sesgos y distorsiones de pensamiento detonadores de una mente y cuerpo estresados.

 

Alice Rodríguez

Psicóloga Clínica, Instructora en Mindfulness, y abogada, fundadora de Resilio Consultores, S.C. a cargo de las áreas de psicología y sector empresarial en la implementación de políticas institucionales en temas relacionados con la prevención a la violencia laboral, igualdad de género, inclusión y no discriminación, creadora de su marca personal Alice Rodríguez-Psicología y Feminismos.

• Psicóloga Clínica, Universidad Latinoamericana.

• Instructora en Mindfulness, Instituto Iberoamericano de Estudios para la Paz en Valencia, España.

• Licenciada en Derecho, Universidad Tecnológica de México.

• Egresada, entre diversos estudios, del Máster Interdisciplinar en el Estudio y Prevención de la Violencia de Género, Universidad de Salamanca; de la formación Psicoterapéutica, Trauma y Mindfulness, Instituto Iberoamericano de Estudios para la Paz, España; Derechos Humanos de la Mujer, Universidad Austral, Argentina; Educación para la Paz y Derechos Humanos, Universidad Iberoamericana, y Enfoque de Derechos y de Igualdad de Género, en Política, Programas y Proyectos, OEA.

Cuenta con 28 años de experiencia profesional. Es articulista para el Tribunal Federal de Justicia Administrativa, Visionarias y conductora del programa de radio “Género y Acción” que se transmite por KLDRO Radio.

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