Proteger, cuidar, confiar: el camino hacia el vínculo

Podemos estar conectados con alguien durante años por necesidad, apego, pertenencia, intereses compartidos o dependencia y, sin embargo, no haber construido un verdadero vínculo. El vínculo necesita confianza y la confianza necesita que yo pueda sentir que, cuando me muestre vulnerable, el otro no utilizará esa vulnerabilidad en su beneficio.
Casi todos los artículos que escribo nacen de mi propia experiencia. Soy muy observadora, de lo que ocurre fuera, pero también de lo que me pasa por dentro cuando algo me incomoda, me remueve o simplemente no me cuadra. Intento no quedarme únicamente con lo sucedido. Necesito comprenderlo, darle un sentido, ver qué me está mostrando y qué puedo aprender de ello. Y cuando consigo llevar una experiencia concreta a una comprensión más amplia, me gusta compartirla porque quizá pueda servir también a otras personas para observarse y comprender algo de sí mismas.
Hace unos días viví una situación durante un proceso de negociación que me hizo comprender, una vez más, hasta qué punto aquello que explico en mi segundo libro recién publicado, Sobrevivir en el hacer o vivir en el Ser, y que también trabajamos en el Programa P-ROC®, no pertenece solamente al espacio terapéutico. Está en todas partes: en nuestras familias, en las parejas, en las empresas y en las relaciones profesionales.
La situación concreta no importa demasiado. Lo importante es lo que pude observar en mí, en el otro y en la manera en que construimos —o dejamos de construir— confianza y vínculo. Yo había dado un sí desde la confianza… y precisamente ahí empezó todo.
Cuando el sí nace de la confianza
Para comprender lo que me estaba ocurriendo tuve que ir un poco más atrás, porque nuestra manera adulta de confiar, protegernos y vincularnos no empieza en nuestras relaciones adultas, empieza mucho antes.
Hay corrientes espirituales que sostienen que escogemos a nuestros padres antes de nacer. Podemos creerlo o no. Para mí, lo interesante está en lo que sucede después de ese supuesto sí: una vez llegamos a esa familia somos absolutamente vulnerables. Un niño no negocia las condiciones de su cuidado, simplemente confía. Confía en que será protegido, mirado, escuchado y tenido en cuenta. Y corresponde al adulto cuidar y proteger esa confianza.
Aquí aparecen para mí las dos energías fundamentales que necesitamos integrar para construir un verdadero vínculo: la energía femenina y la energía masculina. No hablo de hombres y mujeres ni de sexo biológico, sino de dos funciones que existen en todos nosotros. La energía femenina escucha, recibe, empatiza, cuida y percibe; nos permite sentir qué ocurre dentro de nosotros y también en el otro. La energía masculina protege, sostiene, delimita y acciona. Una energía masculina alquimizada no utiliza su fuerza para imponerse, invadir o aprovechar una posición de ventaja, sino para proteger aquello que ha sido confiado a su cuidado.
Cuando aquello que el niño siente puede ser escuchado, su energía femenina encuentra un espacio donde existir. Cuando además alguien lo protege, lo sostiene y pone límites sin invadirlo, conoce una energía masculina que no necesita imponerse para ser fuerte. Aprende que puede mostrarse vulnerable sin que su vulnerabilidad sea utilizada en su contra. Ahí empieza a construirse la confianza y, desde la confianza, el vínculo.
Pero no siempre sucede así.
Hay niños con una enorme sensibilidad perceptiva, capaces de captar incoherencias entre las palabras, los gestos, el tono, el cuerpo y aquello que realmente ocurre en una relación. A veces saben que algo no encaja mucho antes de poder explicarlo. Cuando expresan lo que perciben y el adulto no puede sostenerlo, muchas veces el propio sistema se protege: “No pasa nada”; “Te lo estás imaginando”; “Esto siempre se ha hecho así”… El niño se encuentra entonces ante un conflicto profundo: confiar en aquello que percibe o confiar en las personas de las que depende. Y como necesita pertenecer, aprende a desconfiar de sí mismo para conservar el vínculo.
Podemos estar conectados y no estar vinculados
Este aprendizaje no desaparece porque nos hagamos adultos. Podemos estar conectados con alguien durante años por necesidad, apego, pertenencia, intereses compartidos o dependencia y, sin embargo, no haber construido un verdadero vínculo. El vínculo necesita confianza y la confianza necesita que yo pueda sentir que, cuando me muestre vulnerable, el otro no utilizará esa vulnerabilidad en su beneficio.
Esto fue precisamente lo que pude observar en la experiencia que he vivido estos días. Entré en una relación profesional desde la confianza que me había generado una experiencia anterior. Dije sí sin sentir que estuviera entrando en una negociación en la que debía protegerme de la otra parte. Después descubrí que había aspectos cuyo alcance no había comprendido y ahí tuve que mirar también hacia dentro: yo había dicho sí, había recibido determinada información y no la había visto en toda su dimensión. Había confiado y asumir mi responsabilidad en ello ha sido una parte fundamental del proceso.
Pero asumir mi responsabilidad no significa negar lo que siento. Una cosa es reconocer que dije sí y otra muy diferente convertir ese sí en la obligación de considerar equilibrado todo lo que suceda después.
¿Qué hacemos cuando tenemos una posición de fuerza?
Aquí apareció para mí la verdadera reflexión. Vivimos en una sociedad que necesita contratos para casi todo. Y los necesitamos. Un contrato ordena, delimita, protege y concreta responsabilidades. En este sentido, también puede ser una expresión sana de energía masculina. El problema aparece cuando utilizamos el contrato, no para proteger la relación, sino exclusivamente para proteger nuestra posición dentro de ella: “lo aceptaste”, “está escrito”, “esta es nuestra política”, “dijiste que sí”…
Todo ello puede ser cierto y, aun así, puede existir otra pregunta: ahora que tenemos más información, ¿qué sería lo más equilibrado para todos?
Tener derecho a mantener una posición no significa necesariamente que mantenerla sea la única posibilidad. La energía masculina no alquimizada puede utilizar una posición de ventaja para imponerse, controlar o ganar; la energía masculina alquimizada utiliza su fuerza para sostener y proteger. Y para hacerlo necesita de la femenina: escuchar, empatizar y preguntarse si, más allá de la literalidad de un acuerdo, hay algo que merece ser revisado.
No se trata de ceder siempre ni de renunciar a nuestros límites, se trata de poder escuchar sin sentir que escuchar amenaza nuestra posición y de proteger lo nuestro sin desproteger lo del otro.
Escuchar lo que ahora sé
Y aquí volvemos al patrón aprendido en la infancia. De adultos podemos percibir que algo no nos cuadra, sentirlo claramente en el cuerpo y, sin embargo, encontrar inmediatamente una razón externa para invalidarnos: la norma, el compromiso, el contrato o el “dijiste que sí”. Volvemos entonces a enfrentarnos al mismo dilema: confiar en lo que ahora percibo o abandonarme para preservar la relación.
Para mí, alquimizar este patrón no consiste en rebelarnos contra todo sistema, sino en poder decir: Sí, dije que sí. Sí, asumo mi responsabilidad. Y también puedo escuchar lo que ahora sé.
Esta es una parte esencial del trabajo que desarrollamos en el Programa P-ROC®. Escuchar nuestra intuición o aquello que sentimos no es suficiente; necesitamos una energía masculina interna capaz de proteger lo que hemos escuchado. La femenina dice: “Esto es lo que siento”. Y la masculina responde: “Estoy aquí, te escucho, no voy a abandonarte para sostener una relación, evitar un conflicto o conseguir que el otro me apruebe”.
Cuando ambas energías pueden encontrarse dentro de nosotros dejamos de necesitar que el entorno nos dé la razón para estar en paz. Podemos explicar nuestra verdad sin imponerla, reconocer nuestros errores sin someternos, poner un límite sin atacar y protegernos sin invadir. Eso también es automaestría.
El primer vínculo empieza dentro
Esta experiencia me ha vuelto a recordar algo importante: el equilibrio no depende únicamente de que el otro sea capaz de encontrarse conmigo. Cuando mi femenino puede escuchar lo que siento y mi masculino puede protegerlo sin atacar a nadie, el equilibrio empieza dentro de mí.
Eso es también parte del tránsito que propongo en Sobrevivir en el hacer o vivir en el Ser: desarrollar dentro de nosotros la capacidad de escucharnos, protegernos y relacionarnos desde nuestra Unidad. Porque el primer vínculo que necesita integrar lo femenino y lo masculino no es el que tenemos con los demás, sino el que construimos dentro de nosotros.
Cuando ambas energías están integradas ya no necesitamos elegir entre cuidarnos a nosotros o cuidar al otro: podemos hacer ambas cosas. Podemos proteger lo propio sin desproteger lo ajeno y cuidar el vínculo sin abandonarnos a nosotros mismos. Y desde ahí pueden aparecer la confianza y el verdadero vínculo.
Este es también uno de los caminos que recorremos en el Programa P-ROC®. En octubre comienza una nueva edición, las inscripciones están abiertas y todavía quedan plazas. Si algo de lo que has leído ha resonado contigo y sientes que ha llegado el momento de transformar la manera en que te relacionas contigo misma, contigo mismo y con los demás, puedes contactarme y hablamos.
Licenciada en Ciencias Económicas (UB) y en Ciencias Políticas (UAB), Máster en Finanzas (Esade) y Máster en Excelencia Directiva y Liderazgo (Institut Gestalt), con una amplia experiencia profesional de casi 30 años en el mundo de la banca a nivel nacional e internacional, al frente de la gestión comercial de empresas, con cargos ejecutivos y directivos, gestionando y liderando equipos de alto rendimiento.
Una revisión profunda de su existencia la llevó a formarse en varias disciplinas como el Método de Liberación de las Corazas (MLC©), las Imágenes de Transformación (IT©), la Armonización Energética Anschma©, las Constelaciones Integrativas©, las Terapias Esenias, el Brainspotting©, la Terapia de Reprocesamiento y Sanación del Trauma (Modelo Aleceia©) y a certificarse como facilitadora del Método Melchizedek©.
En la actualidad, Judit es escritora, formadora, ponente y terapeuta psico-corporal, especializada en gestión emocional, conciencia corporal, diálogo con el inconsciente y sanación del trauma. Autora del libro “Sobrevivir en la mente o vivir en el corazón” (Ed. Hakabooks, 2023). Ayuda a las personas en las empresas a mejorar su liderazgo, la gestión del estrés, la toma de decisiones y la comunicación, y a los particulares a recuperarse de experiencias traumáticas a través de técnicas innovadoras como el Brainspotting, cuyo fin es identificar y liberar las fuentes del dolor físico y emocional.
Su formación empresarial, experiencia profesional en el mundo corporativo, junto con su trayectoria personal y cambio vital, así como su formación y experiencia como terapeuta psico-corporal y energética, le permite ofrecer un acompañamiento integral para el bienestar personal y desarrollo profesional.
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