¿Quién nos cuida mientras cuidamos?

«Más allá de las conmemoraciones, persisten los cuestionamientos: ¿Quién cuida a quienes cuidan? ¿Cómo se sostienen emocional, física y económicamente las mujeres que cargan sobre sus hombros el bienestar de otras personas? Las desigualdades en los roles de cuidado no solo impactan la participación económica o el desarrollo profesional de las mujeres, sino también su salud física, mental y emocional, generando una deuda estructural que nuestras sociedades aún no saldan..”

El pasado 29 de octubre se conmemoró el Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, tras haber sido proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en agosto de 2023 mediante la Resolución A/RES/77/317. Este día busca reconocer la importancia de los cuidados y el apoyo como pilares esenciales para la igualdad de género, el bienestar social y la sostenibilidad de nuestras sociedades y economías. Su propósito es impulsar la inversión en una economía del cuidado resiliente e inclusiva, que reconozca el valor del trabajo de cuidar, tanto remunerado como no remunerado.

Sin embargo, más allá de las conmemoraciones, persisten los cuestionamientos: ¿Quién cuida a quienes cuidan? ¿Cómo se sostienen emocional, física y económicamente las mujeres que cargan sobre sus hombros el bienestar de otras personas? Las desigualdades en los roles de cuidado no solo impactan la participación económica o el desarrollo profesional de las mujeres, sino también su salud física, mental y emocional, generando una deuda estructural que nuestras sociedades aún no saldan.

Las estadísticas lo confirman: las mujeres dedican el triple de tiempo al trabajo de cuidados no remunerado que los hombres. En muchas ocasiones, lo hacen además mientras enfrentan enfermedades crónicas o limitaciones propias. La combinación de ambos factores deriva en una sobrecarga constante, que reduce significativamente el tiempo disponible para su propio autocuidado. A esto se suma la culpa, el estrés y la sensación de pérdida de control sobre la propia vida, emociones recurrentes entre mujeres que viven el cuidado como una responsabilidad moral más que como una elección.

De ahí la pregunta que da título a este artículo: ¿quién nos cuida mientras cuidamos?

Porque mientras las políticas públicas siguen sin reconocer el cuidado como un derecho en la mayoría de los estados, muchas mujeres sostienen redes de vida a costa de su propia salud integral.

A menudo, las cuidadoras enfrentan también precariedad económica. El limitado acceso a prestaciones o a programas de apoyo las coloca en situación de alta vulnerabilidad, especialmente a las mujeres mayores, migrantes o con bajos ingresos. Así, el cuidado se convierte en un factor más de desigualdad.

En términos de satisfacción vital, las consecuencias son profundas: la falta de tiempo personal, la escasa participación social y la peor salud mental impactan en una mayor insatisfacción general con la vida. No se trata solo de cansancio o estrés: hablamos de un agotamiento estructural, sostenido por la expectativa de que las mujeres siempre estarán disponibles, siempre serán fuertes, siempre sabrán cómo cuidar.

Por ello, impulsar cambios estructurales que promuevan la atención biopsicosocial de las mujeres cuidadoras no es solo una cuestión de salud pública, sino también de justicia social y de derechos humanos.

Para avanzar en esta dirección, se requieren transformaciones en varios niveles:

Incorporar políticas de género interseccional en los servicios sanitarios y sociales.

Las desigualdades en los roles de cuidado y en el acceso a la salud deben abordarse desde un enfoque que reconozca las distintas realidades: edad, clase, etnia, ruralidad o condición migratoria. Diseñar servicios sensibles al género significa adaptar la respuesta del sistema a las vidas reales de las mujeres.

Incrementar los servicios profesionales de apoyo domiciliario.

Ampliar la asistencia domiciliaria mediante cuidadores profesionales no solo alivia la carga física, sino también la emocional, permitiendo que las mujeres mayores puedan envejecer con dignidad sin quedar atrapadas en cadenas de cuidado invisibles.

Desarrollar servicios de respiro y autocuidado.

Los gobiernos locales y nacionales deben garantizar espacios de descanso y programas que permitan a las cuidadoras disponer de tiempo personal. El descanso no es un lujo, es una necesidad para sostener nuestras vidas.

Implementar evaluaciones regulares de salud integral.

Las cuidadoras necesitan seguimiento médico y psicológico periódico, con protocolos específicos que permitan detectar tempranamente el agotamiento, la ansiedad o la depresión derivada del exceso de responsabilidades.

Fomentar redes comunitarias y digitales de apoyo.

Las redes entre cuidadoras, sean estas presenciales o virtuales, pueden convertirse en espacios de acompañamiento, aprendizaje y defensa colectiva de derechos. Cuidarse entre nosotras también es una forma de resistencia.

Promover la formación en autocuidado y gestión del tiempo.

Siempre considerando la brecha digital y las limitaciones de acceso, es fundamental generar programas accesibles que fortalezcan la autonomía y el conocimiento sobre la propia salud, el descanso y la corresponsabilidad.

Pero ninguna de estas medidas será suficiente si no enfrentamos la raíz del problema: la relación de poder desequilibrada que el patriarcado ha tejido alrededor de nuestros cuerpos y de nuestra capacidad de cuidar.

El sistema capitalista patriarcal ha naturalizado que las mujeres sean las principales proveedoras de cuidado, tanto en el ámbito doméstico como en el comunitario, sin reconocimiento económico ni descanso posible. Esta división sexual del trabajo limita el derecho a decidir sobre nuestros tiempos, nuestros cuerpos y nuestras vidas.

Por eso, cuando preguntamos ¿quién nos cuida mientras cuidamos?, no hablamos solo de salud o de servicios. Hablamos de redistribuir el poder, el tiempo y los afectos. De construir una sociedad donde cuidar no signifique renunciar a una misma, sino compartir la responsabilidad de sostener la vida.

Dedicado a Rebeca

Raquel Berrocal Sibaja es costarricense ecofeminista y amante del cine, los gatos y el café.

Es Licenciada en Relaciones Internacionales con énfasis en Cooperación Internacional y tiene un EMBA en Gestión de la Igualdad de Género en la Empresa de la Escuela de Negocios Formato Educativo. También es técnica en gestión ambiental.

Ha trabajado asesorando a instituciones, organizaciones y empresas en temas de Diversidad, Equidad e Inclusión. Tiene experiencia en ámbitos como Justicia, Justicia Juvenil y Sostenibilidad.

Tiene conocimientos y es apasionada de temas como representaciones culturales de las sexualidades, nuevas masculinidades y liderazgo y empoderamiento femenino.

En los últimos años ha sido gestora y directora de proyectos sociales. Quiere seguir trabajando en la reducción de las brechas de género y aportar en la construcción de un mundo más inclusivo y diverso.

Actualmente es consultora internacional y lidera un proyecto para crear una coalición latinoamericana a favor de la erradicación de la violencia en contra de las mujeres y de las niñas.

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