Cicatrices y renacimientos

Lucha por las cosas que te importan, pero hazlo de una manera que lleve a otros a unirse a ti. 
Ruth Bader Ginsburg

En este mes he decido hacer una confesión a mis lectoras. Contarles una parte de mí, llamada Génesis. Un nombre ficticio que usé para escribir mi experiencia que cambio no solo mi vida y mi esencia, donde la escritura ha sido la medicina para mi alma. Me ayudó y lo sigue haciendo a gritar y llorar e, incluso, por medio de un seudónimo.

Mi querencia es esta columna, es que cada mujer pueda ser lo que es; por lo tanto, es una deuda con ustedes, que sepan también de esta parte de mi dónde vive una Génesis. El uso de ese nombre no es un acto heroico; confieso que tiene mucho de miedo a mostrar un rostro. Lo pienso y me digo ¡qué lacerante es ser malograda por mentiras emotivas! Te hace cobarde y hasta dejar a lado tu identidad.

No tengo un motivo único que revele el porqué. En esta entrega develo a mi compañera. Claro está, es de indicar que el día que sucediera tenía que ser con Marita, esa mujer que me abrazó tan fuerte que no solo creyó sino que le dio voz a Génesis. Gracias, amiga. Es importante también indicar que la confesión no será en una sola entrega, ni cada mes o sí, no lo sé. Solo quiero que sepan que las mujeres que somos tenemos derecho a ser diferentes, a cambiar y a querer ser valientes, palabra que me repito a diario pues el miedo aún no ha cesado.

Mis querid@s lectores, hoy me siento vulnerable, pero también empoderada al compartir con ustedes una parte de mi vida que ha sido un viaje doloroso, pero transformador.

Mi nombre es Génesis, y soy una víctima; entre otras violencias, de la violencia mediática. Lo soy, porque ésta no ha cesado. Durante un tiempo mi vida cambió, a veces me cuesta saber cuánto, pero sonrío solo con saber que ese dolor me ha hecho más humana.

«Estoy aprendiendo a vivir de nuevo, a abrazar mis imperfecciones, a decirle a mi miedo que se vaya y a celebrar mis logros, por pequeños que sean.«

He sido objeto de mentiras emotivas esparcidas por quien decía ser amigo; por otros, ignorada, como si creyeran que a ell@s no les puede suceder; juzgada por el hecho de ser honesta y tal conducta molesta, pero también muy normalizada por personas que admiraba al minimizar mi dolor. Esto y más han dejado cicatrices profundas en mi alma, tan profundas que a veces pienso que nunca lo voy a superar y dejo de dormir. Otras, me siento capaz de seguir.

Hace un tiempo fui víctima de la maldad del ser humano. He vivido cómo se disfraza la verdad, de manera que, más que un rumor, te marca creo que de por vida. He vivido cosas que jamás pensé que pudiera padecer y de todo ese dolor, lo que aún me asombra es la indiferencia de quienes creía estaban, el olvido de las personas que dicen defender a otras y de personas que les molesta que les cuente mi dolor.

He vivido bajo palabras como “no es para tanto”, “todos padecemos” . Los más cercanos o los que más hablan o escriben de derechos, normalizaron lo que he vivido y hoy les digo: No, no se normaliza lo incorrecto, no se está de momentos y tampoco se banaliza el dolor, pero también me digo a mí: Es mi lucha y soy yo la que debe sanar.

Desde que enfrento esta situación, nunca he dudado de que la manera de enfrentarlo es el derecho sin importar que me tilden de idealista o ingenua; lo correcto es el camino, bueno el único que conozco y si bien ha sido tan lento que ahoga, sigo pensado igual.

Ahora bien, ese camino que tomé y sigo, no me hace inmune a los efectos de la violencia mediática que no solo afecta la reputación, sino que destruye la autoestima y la paz mental.

A medida que las semanas se hacen meses, acepté que seguir en el buen derecho es la vía; además, tenía que salvarme y encontrar una manera de sanar. Comencé a buscar ayuda profesional y, aunque al principio, fue difícil abrirme, poco a poco fui encontrando un espacio seguro donde podía expresar mi dolor. La terapia se convirtió en un refugio, un lugar donde pude despojarme de las máscaras que había llevado durante tanto tiempo.  También acércame a Dios, discutiendo con él, pidiéndole explicaciones, ignorándolo, pero sintiendo su gracia. Es mi bálsamo.

Además, descubrí el poder de la escritura. A través de mis palabras, pude liberar mis emociones reprimidas. Escribir se convirtió en una terapia, un medio para transformar el dolor en arte. Cada página que llenaba era un paso hacia la sanación, un recordatorio de que mi voz importaba, a pesar de lo que otros pudieran decir.

Con el tiempo, he aprendido a rodearme de personas que me apoyan y me aman, pero entiendo que debo ser primero de las que apoyan y aman con el corazón. Sí, la congruencia es vital en la vida, en mi vida, pues aposté por mi paz, la cual solo depende de mí, así como ayudar a no perturbar la de los demás.

Hoy, mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que la violencia mediática no define quién soy. Soy una mujer que ha enfrentado adversidades y ha encontrado la fuerza para levantarse, me he vuelto a caer y de nuevo seguir.

Estoy aprendiendo a vivir de nuevo, a abrazar mis imperfecciones, a decirle a mi miedo que se vaya y a celebrar mis logros, por pequeños que sean.

Quiero que sepan que no están solas. Si alguna vez se sienten atrapadas por las palabras hirientes de otr@s, recuerden que su valor no se mide por la opinión de los demás. La vida es un viaje lleno de altibajos, y cada día es una nueva oportunidad para renacer.

He aprendido que, aunque el camino sea difícil, cada paso hacia adelante es un triunfo. Y si alguna vez te sientes atrapada por las palabras de otr@s, recuerda que tu historia importa.

No dejes que la violencia mediática te defina. Levanta tu voz, busca apoyo y nunca dejes de luchar por tu verdad.

Hoy, me despido de la Génesis que fue víctima y doy la bienvenida a la Génesis que es sobreviviente: María Alejandra. Tengo aún mucho miedo, pero apuesto a abrazar la vida con mi nueva versión

Es solo un paso, lo se …. Pero lo di

María Alejandra, la Genesis que lucha por reiniciar

María Alejandra tiene una experiencia de 25 años en la Administración de Justicia de Venezuela como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu (Venezuela) Área Académica.

Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en universidades nacionales y docente invitada de la Universidad de las Palmas de la Gran Canaria (España) en un programa formativo de género.

Conferencista y articulista nacional e internacional, articulista, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Universitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica, Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM.

Es defensora de los Derechos de la Mujer. Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional). Asesora externa de la Universidad Yacambú. Abogada Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta del Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ. PH en Gerencia Transcompleja.

Las mujeres que somos

Esta columna es un espacio donde contaré historias de mujeres: unas veces me iré a la historia, otras las narro y otras las entrevisto. Historias de mujeres reales, las mujeres que somos, lo que hacemos y hacia dónde vamos. 

María Alejandra Mancebo es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒

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