Soledad masculina: lo que el patriarcado también les cobra.

«Es clave que los hombres se involucren activamente en los cuidados comunitarios, históricamente sostenidos por las mujeres. A lo largo del tiempo, hemos sido nosotras quienes hemos creado y mantenido espacios de acompañamiento, redes afectivas y vínculos duraderos en el ámbito familiar y comunitario. Participar de estos cuidados no solo contribuye a una distribución más justa de las responsabilidades, sino que también constituye una vía concreta para romper con la epidemia de su soledad..”
Recientemente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha reconocido la soledad masculina como un grave problema de salud pública, calificándola como una “crisis silenciosa” que afecta de manera particular y especialmente a los más jóvenes. Este fenómeno se vincula estrechamente con normas culturales que desalientan la expresión emocional, la vulnerabilidad y la búsqueda de apoyo, lo que incrementa el riesgo de padecer problemas de salud mental y física, incluso en mayor medida que en las mujeres.
Es por tanto que me gustaría abordar en este artículo de cuando la masculinidad aísla y las claves para entender esta soledad masculina.
Primeramente, entender que los mandatos de la masculinidad tradicional no solo impactan en los vínculos sexoafectivos heterosexuales, sino que también dificultan que los hombres construyan lazos profundos, estables y afectivamente significativos con otros hombres. La exigencia de mostrarse fuertes, autosuficientes y emocionalmente contenidos limita su capacidad para generar redes de apoyo, tanto en el ámbito familiar como en las amistades y la comunidad.
En este contexto, es necesario revisar otros factores que agravan esta problemática. Entre ellos, el creciente e indiscriminado uso de tecnologías y herramientas de Inteligencia Artificial, como aplicaciones, robots, dispositivos y chats automatizados diseñados para suplir la interacción humana, que pueden reforzar el aislamiento en lugar de promover vínculos reales.
A esto se suman fenómenos socioculturales como los incels, que es la abreviatura de involuntary celibates o “célibes involuntarios” y la llamada «machósfera«, un conjunto de foros, comunidades digitales y creadores de contenido que giran en torno a visiones rígidas y jerárquicas de la masculinidad. En estos espacios se construyen narrativas que responsabilizan a las mujeres de la frustración afectiva y sexual de algunos hombres, normalizan el resentimiento y promueven relaciones basadas en la dominación, el control y la desigualdad.
Estos discursos, profundamente atravesados por el machismo y el sexismo, no solo refuerzan estereotipos de género dañinos, sino que también alimentan el aislamiento social y emocional de quienes participan en ellos, dificultando la construcción de vínculos afectivos sanos y recíprocos.
Otro aspecto central es preguntarnos cómo están creciendo niños y adolescentes: cuáles son sus referentes, qué modelos de masculinidad consumen a través de juegos, redes sociales, música, videos y otros productos culturales. Estos imaginarios siguen reforzando una masculinidad rígida, distante de lo emocional y desconectada del cuidado, lo que perpetúa dificultades para establecer vínculos afectivos sanos.
Es importante señalar que la soledad masculina generalizada no puede entenderse sin analizar también un problema estructural previo: la epidemia de violencia masculina. Esta violencia, mucho más letal y extendida, ha sido históricamente normalizada en las sociedades patriarcales. Sin embargo, sus consecuencias también recaen sobre los propios hombres, quienes terminan aislados cuando sus comportamientos violentos, lejos de acercarlos a otros, los expulsan de los vínculos.
Durante mucho tiempo, mientras la violencia masculina era tolerada y absorbida por las mujeres, muchos hombres continuaban sosteniendo relaciones de pareja y familiares, incluso en contextos de profundo malestar. Hoy, este escenario está cambiando. A muchas mujeres ya no les resulta necesario permanecer en vínculos dañinos para sobrevivir. El avance en derechos, autonomía económica y proyectos de vida con perspectiva de igualdad está transformado radicalmente las relaciones sexoafectivas.
En contraste, muchos hombres han quedado rezagados en este proceso, ya sea por resistencia al cambio o por la elección de sostener modelos tradicionales que ya no encuentran el mismo lugar social. Las mujeres dependemos cada vez menos de las relaciones con hombres para subsistir en un sistema que ellos mismos construyeron, mientras que muchos hombres aún no logran adaptarse a esta nueva realidad, profundizando su aislamiento.
La dificultad de muchos hombres para generar y sostener relaciones significativas no es un hecho aislado, sino una consecuencia directa de estos mandatos. Se espera que adopten actitudes rígidas, alejadas de cualquier expresión de fragilidad o afecto, lo que empobrece su mundo relacional y profundiza la soledad.
Frente a este escenario, resulta fundamental que los hombres reconozcan y acepten la necesidad del apoyo mutuo. Comprender que necesitan ser sostenidos y, a la vez, que otras personas requieren de su cuidado implica un cambio profundo. Adoptar una ética del cuidado y de los afectos supone estar disponibles para dar y recibir apoyo emocional, y reconocer el valor de los vínculos en la construcción de bienestar individual y colectivo.
Asimismo, es clave que los hombres se involucren activamente en los cuidados comunitarios, históricamente sostenidos por las mujeres. A lo largo del tiempo, hemos sido nosotras quienes hemos creado y mantenido espacios de acompañamiento, redes afectivas y vínculos duraderos en el ámbito familiar y comunitario. Participar de estos cuidados no solo contribuye a una distribución más justa de las responsabilidades, sino que también constituye una vía concreta para romper con la epidemia de su soledad.
Romper con la masculinidad tradicional es una condición necesaria para construir vínculos recíprocos y auténticos. Esto implica habilitar la expresión genuina de emociones, incluso entre hombres, y fomentar amistades que vayan más allá de actividades superficiales como beber alcohol o practicar deportes. La reciprocidad afectiva requiere otras formas de relacionamiento que permitan conexiones profundas y sostenidas en el tiempo.
La epidemia de la soledad masculina, entonces, no es un problema individual, sino una consecuencia social de la persistencia de modelos de masculinidad que necesitan ser transformados con urgencia y que, lejos de lo que quieren señalar, es responsabilidad de las mujeres.
Raquel Berrocal Sibaja es costarricense ecofeminista y amante del cine, los gatos y el café.
Es Licenciada en Relaciones Internacionales con énfasis en Cooperación Internacional y tiene un EMBA en Gestión de la Igualdad de Género en la Empresa de la Escuela de Negocios Formato Educativo. También es técnica en gestión ambiental.
Ha trabajado asesorando a instituciones, organizaciones y empresas en temas de Diversidad, Equidad e Inclusión. Tiene experiencia en ámbitos como Justicia, Justicia Juvenil y Sostenibilidad.
Tiene conocimientos y es apasionada de temas como representaciones culturales de las sexualidades, nuevas masculinidades y liderazgo y empoderamiento femenino.
En los últimos años ha sido gestora y directora de proyectos sociales. Quiere seguir trabajando en la reducción de las brechas de género y aportar en la construcción de un mundo más inclusivo y diverso.
Actualmente es consultora internacional y lidera un proyecto para crear una coalición latinoamericana a favor de la erradicación de la violencia en contra de las mujeres y de las niñas.
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Excelente artículo. sin embargo, la última oración me dejó confundida. ¿»es responsabilidad de las mujeres» o «NO es responsabilidad de las mujeres»? Por el sentido que lleva el artículo, parece que faltó el «no». Gracias por apuntar a esto tan valioso y necesario.