¿Y si octubre es rosa mexicano?

Muchas de las historias que se tejen en las salas de espera de oncología no tienen nada de amable. Algunas son devastadoras. Otras están llenas de incertidumbre. Hay conversaciones en voz baja, miradas que intentan adivinar resultados, familias enteras aprendiendo un lenguaje médico que nunca quisieron conocer y mujeres que llegan acompañadas de un miedo que no cabe en el bolso.

Cada octubre el mundo se pinta de rosa. Aparecen listones, campañas, edificios iluminados, mensajes de prevención y recordatorios que, por supuesto, siguen siendo necesarios. Hablar del cáncer de mama importa. Hacernos estudios importa. Reconocer las señales y perderle el miedo a la revisión también importa.

Pero este año me quedé pensando en el color.

Quizá octubre no tendría que ser simplemente rosa. Quizá podría ser rosa mexicano.

No uno pálido, discreto o perfectamente esperanzador. Uno intenso, vivo, incluso incómodo. Un rosa que permita hablar no solo de prevención, sino también de miedo, cicatrices, duelo, cansancio, revisiones médicas y de esa vida que continúa, aunque el calendario haya cambiado de color.

Porque octubre no significa lo mismo para todas.

Para algunas es un recordatorio de prevención; para otras, una fecha de celebración. Hay quienes conocen al mismo tiempo la ausencia y el triunfo. Otras recorren este camino desde el acompañamiento, viendo a una madre caer una, dos, tres veces frente al cáncer de mama y volver a levantarse. Y hay mujeres para quienes este mes simplemente abre una puerta que durante el resto del año procuran mantener cerrada.

Por eso me gusta pensar que el rosa mexicano nos queda mejor: no es tímido ni uniforme y tampoco pretende que todo duela bonito.

Muchas de las historias que se tejen en las salas de espera de oncología no tienen nada de amable. Algunas son devastadoras. Otras están llenas de incertidumbre. Hay conversaciones en voz baja, miradas que intentan adivinar resultados, familias enteras aprendiendo un lenguaje médico que nunca quisieron conocer y mujeres que llegan acompañadas de un miedo que no cabe en el bolso.

También hay risas.

Eso siempre me ha impresionado.

Incluso ahí, donde parecería que todo tendría que ser solemne, la vida encuentra pequeñas rendijas. Alguien hace una broma. Otra comparte comida. Una mujer pregunta dónde compró la peluca quien está sentada enfrente. Alguien celebra que terminó una etapa del tratamiento.

Por unos minutos, aquella sala deja de ser solamente un lugar de enfermedad y vuelve a ser un lugar lleno de personas.

México conoce bien los colores intensos. Mucho antes de que habláramos del rosa mexicano, la grana cochinilla ya producía rojos profundos que formaron parte de nuestra historia y de nuestra manera de vestir, decorar y mirar el color. Quizá por eso me resulta tan natural pensar en un rosa que no intenta pasar inadvertido.

Y sin convertir el cáncer en una metáfora amable (porque no lo es), las historias que lo rodean tampoco tienen un solo tono. Hay rabia, miedo, cansancio, esperanza, dolor, alivio y duelo. Hay también una fuerza que algunas personas descubren justo cuando pensaban que ya no tenían de dónde sacarla.

No todo termina bien. También tenemos que poder decirlo.

Durante octubre hablamos mucho de guerreras, vencedoras y batallas. Son palabras que a algunas mujeres les ayudan y les dan sentido. A otras, no. Porque hay días en los que una mujer no quiere ser guerrera.

Quiere estar cansada. Tener miedo. Preguntar por qué. Llorar sin sentir que está decepcionando a nadie. Quiere que alguien se siente a su lado sin exigirle optimismo.

Acompañar significa respetar también eso.

No todas necesitan escuchar “sé fuerte”. Algunas necesitan simplemente que alguien les pregunte cómo están y tenga la disposición de escuchar la respuesta, incluso cuando no sea alentadora.

Y están quienes acompañan: hijas, hermanas, parejas, amigas, madres. Personas que aprenden a reconocer silencios, acompañan estudios, esperan resultados y procuran mantenerse firmes mientras por dentro también sienten miedo.

El cáncer rara vez llega solo a una persona. De alguna manera entra en toda una familia y modifica, al menos por un tiempo, la forma en que todos miran el futuro.

También están quienes terminaron un tratamiento y descubrieron que el final no necesariamente significa que la historia terminó. Quedan revisiones, recuerdos y cicatrices, algunas visibles y otras imposibles de señalar con el dedo. Queda una nueva relación con el cuerpo, con el tiempo y con aquello que antes parecía urgente.

Y quedan las ausencias.

Mujeres que siguen formando parte de octubre, aunque ya no estén para ponerse un listón rosa. Historias que no terminaron como hubiéramos querido y que merecen un lugar en este mes sin que nadie las convierta en una derrota.

Por eso no quisiera un octubre hecho únicamente de mensajes perfectos.

Prefiero uno parecido al rosa mexicano: intenso, contradictorio, imposible de ignorar. Un color donde puedan convivir quienes apenas empiezan este camino, quienes llevan años recorriéndolo, quienes han tenido que regresar a él, quienes acompañan, quienes sobrevivieron y quienes hoy viven entre la memoria y la celebración.

Un rosa que no nos obligue a asegurar que todo estará bien, pero que sí nos recuerde que podemos hablar de lo que duele, preguntar cuando no sabemos qué hacer, acompañar cuando podemos, recordar a quienes ya no están y celebrar cada pequeña victoria.

Quizá eso sea lo que más me gusta del rosa mexicano: no sabe pasar inadvertido.

Y frente al cáncer de mama, hay historias que tampoco deberían hacerlo.

No solamente en octubre. No únicamente cuando las campañas vuelven a pintar el calendario.

Sino cada vez que una mujer necesite decir, con toda la intensidad posible: Aquí estoy.

Soy Betty Palmeros, estratega en imagen pública y fundadora de Betty Palmeros Consultora. Desde hace más de 15 años acompaño a líderes y equipos en industrias críticas (como construcción, energía e hidrocarburos) a transformar el cumplimiento normativo en liderazgo vivo.

Integro comunicación clara, branding y sistemas ISO 9001, 14001, 45001 y 50001 con un enfoque profundamente humano: uno que cuida tanto a las personas como a los resultados. Este año celebro 25 años trabajando en Sistemas de Gestión.

Creé la metodología BettyStyle® para convertir la capacitación técnica en experiencias memorables. Trabajo con storytelling, prácticas en piso y liderazgo mentor, para que cada requisito se entienda, se sienta y se viva.
Me mueven los cambios que se notan en la operación: menos simulación, más reportes proactivos, mejores hábitos de seguridad y una reputación que se fortalece día a día.

Escribo el newsletter Café con Betty, y creo en el poder de las redes. Porque sí: #SiempreEsPosible, incluso en los sectores más técnicos.

Mi propósito es sencillo y poderoso: que la norma se convierta en un puente hacia culturas más humanas, seguras y sostenibles… y que cada persona vuelva a casa segura y orgullosa de lo que hizo y de cómo lo hizo.

Liderazgo con propósito verde:

Sostenibilidad, conciencia y gestión con estilo propio

La sostenibilidad no comienza en los reportes, sino en las decisiones conscientes de quienes lideran. Desde mi experiencia en el sector energético e industrial, esta columna compartirá herramientas prácticas y reflexiones para integrar el liderazgo técnico con propósito, bienestar y equidad. Traduciré el lenguaje de normas como ISO, ESG o economía circular en historias con alma, aprendizajes reales y ejemplos humanos, todo con el estilo #BettyStyle®. Porque liderar con conciencia ecológica y humana no sólo es posible, sino que es urgente, necesario y profundamente transformador.

Betty Palmeros es Experta Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒

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