3 Historias de mujeres que emprenden e impactan

Este mes de marzo, cuando celebramos el Día Internacional de la Mujer, te dejamos la historia de tres emprendedoras que rompen barreras. Mujeres que con ahinco, pasión por lo que hacen y preparación han trazado el camino de su empoderamiento.

Estas tres emprendedoras provienen de diferentes regiones de América Latina: Ivonne Orellana de Chile, Nancy Torcuato de Colombia y Virginia Orosco de Perú, pero tienen en común la Fundación Microfinanzas BBVA (FMBBVA).

 

«La Fundación Microfinanzas BBVA (FMBBVA) atiende actualmente a 1,7 millones de mujeres en cinco países de América Latina (Colombia, Perú, República Dominicana, Chile y Panamá). Representan el 59% de los emprendedores a los que atiende. Sus pequeños negocios les están permitiendo salir adelante y generar progreso para ellas y sus familias, ya que mejoran el bienestar, la educación de sus hijos y la salud de sus hogares».

Ivonne Orellana
Ebanistería y fabricación de muebles

La primera oportunidad que tuvo Ivonne Orellana de acceder a financiación para emprender fue a través de Fondo Esperanza, la entidad en Chile de la Fundación Microfinanzas BBVA. Ivonne utilizó ese crédito para comprar bebidas y montó un pequeño stand en una feria navideña para venderlas. Necesitaba generar ingresos para su hogar, pero pronto vio que las ventas no eran lo suyo.

Tenía que reinventarse. Gracias a un curso de formación y acompañamiento sociolaboral descubrió que tenía una habilidad innata para la ebanistería y la fabricación de muebles. Aprendió a cortar madera, a dar forma a la estructura de los enseres… y se enamoró del oficio y del olor a la madera que la inspira para crear cosas nuevas.  

Con los conocimientos aprendidos se animó a emprender de nuevo. Solicitó un segundo crédito en Fondo Esperanza para comprar un serrucho eléctrico. A medida que los encargos aumentaban, compraba otras máquinas para completar el proceso de fabricación de los muebles. 

Sin embargo, tuvo que volver a empezar de nuevo cuando un cortocircuito quemó la maquinaria. “Lloré mucho. Lo perdí todo. Pero seguí adelante y compré equipamiento de segunda mano”, recuerda Ivonne.

En este duro camino, el apoyo de las socias de su banco comunal ha sido fundamental. Los bancos comunales son la metodología microfinanciera que caracteriza a Fondo Esperanza: varios emprendedores se unen para apoyarse y ser coavales y crean entre ellos redes de apoyo y sinergias comerciales. “Mi banco comunal es sólido, llevamos muchos años juntas y ha sido una oportunidad excepcional para tener un apoyo financiero”, explica. 

Ivonne ha logrado salir adelante y ahora emplea a tres personas. Trabaja en un local alquilado. Al mes fabrican cerca de 200 sillas y 30 juegos de sofá más sillón que venden en su mayoría a comerciantes de la zona. 

Quiere seguir formándose en técnicas de fabricación artesanal. “Hay que seguir aprendiendo. Hoy día todo está cambiando, hay que ir renovándose como dicen los jóvenes”, y no solo en el oficio, también en administración de negocio, informática o redes sociales, que ahora usa para vender online. 

Su próximo proyecto es tener su propio local en la comuna de Puente Alto (Santiago de Chile) donde vive y vender directamente al consumidor. “Si tienes un sueño y lo estás levantando, pero pasa algo y te caes, no lo dejes. Busca la forma de cumplirlo”, dice animando a otras mujeres a emprender y ser sus propias jefas. 

Cuando Ivonne habla de sus tres hijos y sus cuatro nietos, comenta que espera haberles transmitido la fuerza y perseverancia para perseguir sus sueños, aun cuando encuentren dificultades. Y que valoren a las mujeres “que somos capaces de hacer de todo”, agrega con firmeza.

La primera oportunidad que tuvo Ivonne Orellana de acceder a financiación para emprender fue a través de Fondo Esperanza, la entidad en Chile de la Fundación Microfinanzas BBVA. Ivonne utilizó ese crédito para comprar bebidas y montó un pequeño stand en una feria navideña para venderlas. Necesitaba generar ingresos para su hogar, pero pronto vio que las ventas no eran lo suyo.

Nancy Torcuato
Artesana 

Con 45 años y una trayectoria de más de tres décadas en el saber ancestral, Nancy Torcuato es una artesana de la comunidad Curripaca, del municipio de Puerto Inírida (Guainía), en la Amazonía colombiana. 

Esta emprendedora, integrante del resguardo indígena El Coco-Guayare, ha transformado una tradición transmitida de generación en generación en un emprendimiento de artesanía que celebra la identidad de su región. Es madre de dos hijos: la mayor es bachiller y trabaja con ella, y su hijo de 14 años está en el colegio.

Aunque su lengua nativa es el curripaco, Nancy se desenvuelve con fluidez en español, lo que le ha permitido expandir el alcance de su trabajo. Su negocio formal comenzó hace 15 años cuando, utilizando sus ahorros, invirtió en materia prima para confeccionar jarrones y vajillas artesanales y bisutería típica utilizando materiales de la zona.

Lo que comenzó como una venta local entre sus vecinos ha evolucionado gracias a formación que le ha brindado Artesanías de Colombia, permitiéndole participar activamente en ferias regionales y atender pedidos a mayor escala. Desde hace tres años, cuenta con el apoyo financiero de Bancamía, la entidad colombiana de la Fundación Microfinanzas BBVA, lo que le ha permitido mejorar la calidad de sus insumos. 

Aunque opera de forma independiente, el impacto de su negocio es comunitario. Nancy se abastece de fibras naturales y materiales provenientes de sus familiares y otros artesanos de la región.

Actualmente trabaja con el propósito de abrir un local físico donde visitantes locales y extranjeros puedan apreciar la riqueza cultural de sus artesanías.

Con 45 años y una trayectoria de más de tres décadas en el saber ancestral, Nancy Torcuato es una artesana de la comunidad Curripaca, del municipio de Puerto Inírida (Guainía), en la Amazonía colombiana. 

Virginia Orosco
Su negocio: Quinua orgánica

Virginia Orosco, a sus 42 años, es un ejemplo de la resiliencia de los habitantes de los Andes peruanos. Originaria de Andahuaylas, su vida ha estado intrínsecamente ligada a la tierra. Lleva más de 20 años dedicándose a actividades agropecuarias. 

Virginia lleva el peso de su hogar sobre sus hombros. Es madre de cuatro hijos, de entre 6 y 16 años. Todos están estudiando y cuando terminan sus tareas escolares la ayudan en el negocio.

Su esposo también trabaja con ella en la chacra (finca). Su día comienza antes de que el sol asome, se levanta a las 4:00 a.m. para preparar el desayuno e iniciar la jornada de pastoreo y labranza. De esta actividad provienen los recursos para mantener a su familia y, sobre todo, asegurar que sus cuatro hijos puedan continuar sus estudios.

Virginia emprendió por necesidad. No tenía ingresos y tuvo que buscar apoyo externo para financiarse. Su negocio agropecuario enfrenta desafíos constantes: la pérdida inesperada de animales y la fluctuación de los precios en cultivos clave, como la papa y la quinua. Además, del azote del cambio climático, manifestado en heladas que azotan de mayo a agosto el departamento de Apurímac en el que vive.

Conoció a Financiera Confianza, la entidad peruana de la Fundación Microfinanzas BBVA, gracias a un folleto promocional. Era la primera vez que acudía a una entidad bancaria y pensaba que sin recursos económicos y sin contar con el aval familiar le iban a denegar la financiación. Sin embargo, Financiera Confianza apoya a emprendedores de escasos recursos que,como ella, tienen un pequeño negocio con el que quieren progresar y salir adelante. 

Ha solicitado un crédito de 30.000 soles (unos 7.600 euros aproximadamente) dentro del programa Financiamiento Verde que financia iniciativas de los agricultores que tengan beneficios ambientales positivos. Por ejemplo, promueve el uso de cultivos orgánicos, las instalaciones y maquinaria que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero, el uso de sistemas de riego eficientes (goteo o aspersión) y la puesta en marcha de medidas que mejoren la eficiencia energética y apoyen las energías renovables.

Gracias a este crédito, Virginia ha comprado un terreno donde cultiva quinua orgánica. Quiere comprar más parcelas para asegurar la prosperidad de su actividad agropecuaria. Su preocupación es el futuro de su familia y que sus hijos sean profesionales. A ello dedica todo su esfuerzo y sacrificio.

Virginia Orosco, a sus 42 años, es un ejemplo de la resiliencia de los habitantes de los Andes peruanos. Originaria de Andahuaylas, su vida ha estado intrínsecamente ligada a la tierra. Lleva más de 20 años dedicándose a actividades agropecuarias.

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