¿Cómo empiezo de cero a los 60?

No sabía por dónde empezar. Miraba a su alrededor y, por primera vez en su vida, no sabía qué hacer. Tenía 61 años. Se había separado hacía uno de su marido. Había ejercido como PR, Directora de Comunicación, Directora de Protocolo, Directora de Relaciones Internacionales, Directora de Operaciones a lo largo de su vida. Tenía la formación y la experiencia. Ahora, con 60 y divorciada no sabía qué hacer, ni hacia dónde ir, ni si valía la pena hacer nada. Es que, ¿sabéis?, a ella no le habían remunerado en su vida por su trabajo. En su CV no podía poner ni una sola empresa.
Daba igual que se hubiera codeado con los más altos dignatarios de medio mundo. Daba igual que hubiera representado a su país organizando eventos del más alto nivel. Daba igual que se moviera como pez en el agua en entornos internacionales, donde el conocimiento de protocolo, su ejecución, donde el saber moverse y crear vínculos entre los Estados que participaban eran clave para desatascar y/o avanzar en temas complicados en el ámbito político y económico. Daba igual que ella hubiera sido pieza fundamental en crear ese ambiente y conseguir acuerdos. Ella había cerrado los acuerdos. Todo eso, daba igual. Porque a ella no le habían pagado por ello.
Si no te pagan por ello. No se te reconoce.
“Yo diría que somos iguales. Que estamos las dos aquí sentadas en un banco, perdidas, sin un duro, sin saber qué hacer, solas, con lo que habíamos previsto de nuestra vida por los aires y con 60 años. Sí, somos iguales, no hay diferencia.”
Así que ahí estaba ella. De vuelta a casa a sus 60 años. Con una mano delante y otra detrás. Sin saber qué hacer. Enviaba cv y se los devolvían. ¿Con su edad y sin el nombre de una empresa detrás? Nada que hacer. Aunque su cv fuera espectacular. A quien íbamos a engañar, con los algoritmos de la IA que utilizaban las empresas no pasaba ni el primer filtro: tener menos de 30.
Notaba que estaba cayendo en una espiral de desesperación. No sabía cómo salir de ella. No sabía cómo reaccionar. ¿Cómo es que no invertí mi dinero? ¿Por qué no pedí más al separarme? ¿No debería haber sufragado mi ex, mi trabajo? Porque él está donde está gracias a mí. Yo, lo he hecho posible. Ambos hemos luchado juntos en un proyecto común, con un fin común. Ahora él se lleva todos los beneficios. ¿Yo? Yo nada. Cero. 40 años de trabajo en equipo que se han ido a la basura para mí. Ni siquiera tengo el reconocimiento de ese trabajo. No lo hacen ni mis hijos. Lo toman como mi obligación.
Se sentó en un parque a descansar. A pensar….en nada. Sólo a recuperar algo de sus fuerzas. Porque si algo era, era resiliente… aunque no pudiera más.
A los 5m se sentó una mujer a su lado. De su misma edad, más o menos. Tenía los ojos rojos, algo hinchados. Se notaba que había estado llorando y que necesitaba un momento de calma. Como ella.
“Sabe, hace 5 minutos que me he sentado para buscar un poco de calma. Para respirar. Aunque cuesta, parece que empiezo a hacerlo”, le dijo.
La mujer sonrió: “me lleva algo de ventaja”, dijo.

Extendí mi mano “Cristina” le dije. Esther, le responde: «hace mucho tiempo que la gente no me da la mano para saludarme. Gracias”
“¿Y eso por qué? ¿Ya no se da la mano la gente para saludarse? Llevo mucho fuera del país, pero vaya…”, le dice Cristina.
“No, no, sí se dan la mano. Pero no a mi, yo soy asistente del hogar”. Menciona Esther.
La miré. “La gente, a veces, es ridícula – le dije-. Mírenos, aquí estamos las dos, pasando un momento complicado ambas, por lo que parece. Necesitando la misma palabra de apoyo, la misma necesidad de parar y simplemente respirar, para poder seguir. Somos personas”.
Esther sonrió con tristeza. “Sí, es así. Míreme, con 60 años y todavía trabajando de asistenta. Me separé hace 2 años del padre de mis hijos. Y me encontré que, como me había dedicado a cuidar de ellos, o trabajaba o la pensión no me daría ni para el pan. La de él, sin embargo, le va a dar para vivir muy bien. A mi costa”.
La miré. Absorbiendo lo que me decía. Me sentí reflejada.
“De pronto, por lo que había luchado toda mi vida – sostiene Esther-, lo que yo pensaba que iba a ser una nueva etapa de descanso y por fin iba a viajar, cuidar de los nietos, más tranquilidad y un futuro más relajado, se esfuma por el retrete. Cogió sus cosas y se fue, con su pensión, sus sueños a realizar y sus nietos “que quería otra vida”, me dijo. Se fue a vivir la vida que ambos habíamos soñado y por la que ambos habíamos trabajado. Solo. Los niños ya eran grandes, ya no había que correr de un lado a otro, ya no había que organizar escapadas, reuniones del cole, universidad, entretenerlos para que él pudiera irse de cena, o no se cuantas cosas más. Ahora ya era libre… su asistenta personal ya no era necesaria. Así que se fue él con su pensión a disfrutar de esa vida para la que habíamos trabajado los dos”
“Eso me pasa a mí. Todo ese futuro conjunto, ese acuerdo al que habíamos llegado, desaparece. Él se lleva todo lo bueno y yo… yo que he quedado con una mano y otra delante” le dije. “Y no se por donde empezar”. Yo me separé hace 1 año. Y regresé a casa. A no sé qué, la verdad. He tenido que salir a pesar porque hoy… hoy no podía respirar”
Las dos continuaron sentadas, sencillamente respirando. Mirando hacia el cielo, a esos árboles y escuchando los ruidos que las rodeaban. Buscando un momento de paz. Buscando recuperar un poquito de fuerza para seguir.
“Se quedan la pensión, verdad” dije en voz alta. “¿Por qué se la quedan ellos? ¿No es nuestra? De ambos quiero decir. Ambos hemos trabajado por ella, ambos hemos pagado por ella, aunque sólo vaya a su nombre. No está bien”.
“Lo se”, dijo Esther. “Lo sé. No me arrepiento de lo que elegí, ni de mis hijos, pero ahora le digo a mi hija que no tenga hijos. Y si los tiene que no renuncia a nada de lo que ella quiera. Sobre todo, que mire por sus finanzas, que sea independiente, que no le pase como a mí”.
“Esther, ¿tú que sabes de finanzas?” le pregunta Cristina.
“Muy poco”
“Pero tú gestionabas la casa ¿no? Un presupuesto. Sabías donde poner cada partida, para qué ahorrar, dónde invertir”, insiste Cristina.
“Bueno, invertir yo no sé invertir, no he aprendido. Yo sabía lo que necesitabamos, me anticipaba a ello y planificaba. Pero invertir…no, no lo he hecho nunca”.
Una idea empezó a formarse en mi cabeza. “Tienes tiempo. Es que estaba pensado: qué narices ¿y si tomamos nosotras las riendas nosotras de eso? Si hemos estado tomando las riendas de todo, toda nuestra vida. Organizando y desorganizando, gestionando presupuestos, proyectos, equipos, ¿por qué no vamos a ser capaces de aprender ahora en esta nueva etapa nuevas cosas? De resiliencia, nosotras sabemos un rato”.
Esther me miró, “ahí tienes toda la razón. ¿Pero quieres decir que yo voy a poder? Yo no soy como tú”.
Sonreí. “Yo diría que somos iguales. Que estamos las dos aquí sentadas en un banco, perdidas, sin un duro, sin saber qué hacer, solas, con lo que habíamos previsto de nuestra vida por los aires y con 60 años. Sí, somos iguales, no hay diferencia.”.
“Sí la hay Cristina, sí la hay, pero voy a tomar las riendas de mi vida de nuevo. Me cueste lo que me cueste. Y si mis hijos no lo entienden, que se espabilen”.
Por primera vez en toda la mañana, Cristina sonrío, cogió del brazo a Esther y se fueron a la cafetería de en frente a planificar, cuadrar sus cuentas y hacer un plan. Fue el primero de muchos encuentros semanales. Porque ellas tendrían 60 años, su vida había dado un vuelco de 180º y casi casi debían empezar de cero de nuevo. Pero eso no les iba a impedir tomar rienda de su vida y de sus finanzas.
Hablar sobre la importancia de planificar, de crear una buena red de networking, de crear un plan de ruta consciente y de buscar la independencia financiera actual y de futuro.
Fundadora y directora de Komorebi Solutions Boutique Consultoría de PR y Comunicación Estratégica especializada en Equidad y visibilidad del talento femenino. Colíder de Lean In Crownz International y Ambassador del Programa PowerUp.
Conferenciante en temas de equidad, perspectiva de género e igualdad y sesgos conscientes e inconscientes.
Actualmente reside en el sur de Francia y acompaña con su firma Komorebi Solutions a empresas y mujeres a dar visibilidad al talento femenino a través de mentorías, formación y consultoría con su programa PR Essentials.
Es licenciada en Comunicación con la mención de PR y Comunicación Corporativa. Posee un Master en Marketing Digital y otro en Estudios Asiáticos
Cree que la comunicación puede ayudar a crear puentes para unir culturas y personas. Ha vivido y trabajado en varios países y continentes; entre ellos Japón dónde vivió y estudió en una bodega de sake para profundizar en su conocimiento de la cultura y de los negocios japoneses.

Roser Méndez es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒
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Tanto Visionarias.Business, como Komorebi Solutions, tenemos un compromiso con el fomento de la Equidad, la inclusión y la diversidad tanto en los negocios como en la sociedad. Creemos que abrazar estos conceptos es crear un Impacto Positivo en ambas áreas.
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