El día que cerré mi puerta

«Muchas mujeres en puestos de dirección sienten que si no resuelven el problema de cada colaborador en el acto, están fallando como líderes empáticas. Cargan con un mandato de hiperatención, cuidado de los demás y complacencia mutua para satisfacer expectativas ajenas. Pero la disponibilidad absoluta no es empatía; es paternalismo corporativo..”

Eran las siete de la tarde de un martes cualquiera y mi mesa parecía el escenario de un crimen corporativo. Notas adhesivas de tres colores diferentes, tazas de café olvidadas y un plan estratégico de internacionalización, que llevaba tres semanas intentando redactar, estancado, dolorosamente, en la página cuatro.

En la pantalla de Slack, el enésimo círculo verde parpadeaba con un mensaje que me dejó, otra vez, estupefacta por su alarmante e innecesaria cotidianidad: “Hola, jefa. Una duda rápida, ¿el informe mensual va en PDF o en Excel?”.

Me froté las sienes. Sentí rabia, me dio coraje, y algo de culpa también. Me había pasado los últimos tres años repitiendo en cada reunión, con una sonrisa ensayada y protectora, mi mantra de líder moderna: “Ya sabéis que mi puerta siempre está abierta”. Nos lo habían grabado a fuego en los artículos de gestión, cursos de gestión y dirección y en los discursos bienintencionados: la líder del nuevo siglo debe ser accesible, horizontal, un refugio 24/7 para su equipo. Una superwoman amable, vamos.

Esa noche me di cuenta de que mi maravillosa política de puertas abiertas me estaba desmenuzando la atención y, lo que era peor, estaba anestesiando la capacidad de pensar de mi equipo.

Así que el lunes siguiente decidí hacer algo que me pareció terrorífico: cerré la puerta de mi despacho. Físicamente. Y virtualmente, puse mi estado de Slack en «No molestar». Creía ingenuamente que el universo se realinearía solo en veinticuatro horas. No fue así. El cambio dolió y el proceso fue decididamente feo. 

La primera semana fue un caos de cuellos de botella. Como el acceso inmediato a mi cerebro se había cortado, la operatividad se ralentizó. Mi director de marketing, acostumbrado a validar conmigo hasta el adjetivo de un correo, se quedó de pie en el umbral de la puerta de cristal la primera vez que me vio con el cartel de «Foco». Su mirada era una mezcla de pánico y reproche. En el pasillo se empezó a rumorear que me había vuelto distante, que la presión me estaba ganando o que, simplemente, ya no me importaba el equipo.

Tuve que morderme la lengua de manera literal en varias reuniones para no romper silencios incómodos y dar yo la respuesta masticada. Y sí, cometimos errores. Ese mes se envió una propuesta a un cliente con un error de bulto en el presupuesto porque el equipo prefirió arriesgarse a ciegas antes que descifrar cómo acudir a mí bajo las nuevas reglas. Nos costó dinero y una conversación muy tensa.

Pero a la tercera semana, ocurrió el verdadero milagro empresarial ¿pensabais que iba a decir eso? verdad? Pues no. a la tercera semana, la realidad se impuso con sus matices. No, no hubo una epifanía colectiva ni mi equipo se transformó mágicamente en un escuadrón de mentes brillantes y autónomas. La resistencia al cambio es un animal perezoso. ¿Qué pasó? pues que hubo un par de perfiles que siguieron intentando colarse por las rendijas de mi agenda, buscando la validación de siempre porque operar sin red les resultaba insoportable o porque, simplemente, les era más cómodo no pensar. Sin embargo, un sólido 80% de la estructura dio el paso al frente.

Al no tener el botón de emergencia de mi atención disponible a un solo clic, la gente se vio obligada a sentarse a pensar. El miedo a equivocarse seguía flotando en el ambiente, pero la necesidad de avanzar los empujó a confiar, por fin, en su propio criterio. Les empujó a decidir por sí mismos. Ver a la mayoría calibrar su propia brújula sin pedirme permiso fue el verdadero retorno de inversión de mi tiempo. Y el plan estratégico que llevaba semanas estancado, por cierto, pasó por fin de la página cuatro.

Me costó algunas canas y algún disgusto, sí, pero al final resultó que para que la empresa avanzara la jefa solo tenía que aprender a desaparecer un par de horas al día. Y te prometo que, por el formato de un informe, todavía no se ha muerto nadie.

Muchas mujeres en puestos de dirección sienten que si no resuelven el problema de cada colaborador en el acto, están fallando como líderes empáticas. Cargan con un mandato de hiperatención, cuidado de los demás y complacencia mutua para satisfacer expectativas ajenas. Pero la disponibilidad absoluta no es empatía; es paternalismo corporativo.

El impacto no brota de sostener la mano del equipo en cada tramo del camino operativo. Emana de construir un entorno donde las personas se sientan lo suficientemente seguras y respaldadas como para tomar decisiones autónomas, asumir el riesgo, equivocarse, corregir el rumbo y crecer sin ti.

Cerrar la puerta de vez en cuando no es aislarse o dejar de ser “empática”. Es, sencillamente, dejar espacio para que la organización empiece a madurar de verdad.

Y si estás leyendo esto desde el otro lado de una mesa inundada de pósits y sientes que tu atención está fragmentada en mil pedazos, te dejo tres acciones de comunicación por si te sirven para trazar tus propios límites:

  • Sustituye el acceso total por «Ventanas de Foco»: Bloquea franjas horarias innegociables en tu agenda para tu trabajo estratégico. Tu equipo no necesita que estés disponible ocho horas al día; necesita saber con exactitud en qué momento del día estás al 100% para ellos.
  • La regla de las alternativas: Cambia el protocolo de consulta de tu equipo. Nadie debería entrar a tu espacio (físico o digital) con un problema si no trae consigo al menos dos alternativas de solución evaluadas por sí mismo. Tu rol dejará de ser dar respuestas y pasará a ser validar criterios.
  • Educa en la asincronía: No toda notificación requiere una respuesta en tiempo real. Clasificar con el equipo qué es una urgencia real (un servidor caído o una crisis reputacional) y qué puede esperar a un correo electrónico devuelve la calma operativa y el respeto al tiempo de todos.

Al final, el management real no se aprende en los manuales de Silicon Valley, sino asumiendo el coste de las canas y los presupuestos equivocados. La transformación de una estructura empieza por algo tan simple, y a la vez tan complejo, como apagar el botón de la inmediatez. Pon el estado en rojo. Cierra la puerta. Inténtalo. Al final, la elección es tuya.

Fundadora y directora de Komorebi Solutions Boutique Consultoría de PR y Comunicación Estratégica especializada en Equidad y visibilidad del talento femenino. Colíder de Lean In Crownz International y Ambassador del Programa PowerUp.

Conferenciante en temas de equidad, perspectiva de género e igualdad y sesgos conscientes e inconscientes.

Actualmente reside en el sur de Francia y acompaña con su firma Komorebi Solutions a empresas y mujeres a dar visibilidad al talento femenino a través de mentorías, formación y consultoría con su programa PR Essentials.

Es licenciada en Comunicación con la mención de PR y Comunicación Corporativa. Posee un Master en Marketing Digital y otro en Estudios Asiáticos

Cree que la comunicación puede ayudar a crear puentes para unir culturas y personas. Ha vivido y trabajado en varios países y continentes; entre ellos Japón dónde vivió y estudió en una bodega de sake para profundizar en su conocimiento de la cultura y de los negocios japoneses.

Roser Méndez es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒

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Tanto Visionarias.Business, como Komorebi Solutions, tenemos un compromiso con el fomento de la Equidad, la inclusión y la diversidad tanto en los negocios como en la sociedad. Creemos que abrazar estos conceptos es crear un Impacto Positivo en ambas áreas.

De ahí nace esta nueva sección: “Impacto Positivo: Equidad, diversidad e inclusión”. Un espacio para valorar y escuchar una amplia gama de perspectivas, experiencias vividas y formas de pensar. A través de esta sección queremos apoyar y promover las voces de los demás, otras historias, la interseccionalidad, porque la inclusión es algo más que “talla única” o una campaña de Marketing.

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