De vender puerta a puerta a construir un negocio digital: lo que el camino me ha enseñado

Cuando alguien empieza a emprender hoy y siente que llega tarde, que todo el mundo ya hace lo que quiere hacer ella, que el mercado está saturado, me gustaría poder decirle lo mismo que me hubiera gustado escuchar a mí en mis primeros años de puerta fría: no se trata de comparar tu momento con el de otros, ni con el de antes, ni con el de después. Se trata de aprender a jugar bien con las reglas que te han tocado a ti.
Llevo más de veinticinco años vendiendo. Empecé en una época en la que vender significaba, casi literalmente, caminar. Polígono tras polígono, puerta tras puerta, con una carpeta bajo el brazo y la esperanza de que, esta vez sí, alguien me abriera y me dejara hablar más de treinta segundos antes de decirme que no estaban interesados.
No exagero cuando digo que hice mucha puerta fría “de verdad”. De la que implica subir escaleras, tocar timbres, esperar de pie en recepciones que no te ofrecen ni un vaso de agua, y salir de una nave industrial en pleno agosto con la americana pegada a la espalda. De la que te enseña a leer una cara en dos segundos y a saber, antes de que la persona abra la boca, si merece la pena seguir o es mejor despedirte con educación y guardar energía para la siguiente puerta.
Hoy, cuando alguien me dice que ahora es más difícil vender que nunca porque hay demasiada competencia, demasiado ruido, demasiadas personas ofreciendo lo mismo en las redes sociales, no lo discuto. Tiene razón. Pero cada vez que escucho esa frase, no puedo evitar pensar en todas esas tardes de polígono, y sonrío un poco por dentro.
Porque sí, ahora hay más competencia. Es innegable. Cualquier persona con un teléfono y algo de constancia puede mostrar lo que hace y llegar a cientos, a miles de personas. El mercado se ha llenado de voces, y destacar entre tanto ruido es, sin duda, un reto real. Pero hay algo que muchas veces se nos olvida cuando comparamos épocas: antes tampoco era fácil. Era difícil de otra manera.
Antes, para llegar a esas mismas mil personas que hoy puedes alcanzar con una publicación bien pensada desde el sofá de tu casa, necesitabas semanas. Necesitabas gasolina, suelas de zapatos gastadas, y una capacidad de aguantar el rechazo cara a cara que pocas veces se valora lo suficiente. La dificultad de entonces era física, logística, de resistencia pura. Ibas puerta por puerta sabiendo que la mayoría te diría que no, y aun así volvías a salir al día siguiente.
La dificultad de ahora es distinta. Es más mental que física. Ya no se trata de aguantar un portazo en la cara, sino de algo que, para mucha gente, resulta todavía más incómodo: mostrarte. Escribir lo que piensas y publicarlo sabiendo que cualquiera puede leerlo, opinarlo o ignorarlo. Sostener la exposición de decir «esto es lo que hago y esto es lo que sé» sin la certeza inmediata de si alguien te está escuchando al otro lado. Antes, el rechazo era rápido y concreto: una puerta que se cerraba. Ahora, muchas veces, el rechazo es silencioso: una publicación que nadie comenta, un mensaje que nadie responde, un silencio que se puede interpretar de mil maneras distintas y que, casi siempre, pesa más que un no directo…
He pensado mucho en esto últimamente, sobre todo al terminar de escribir mi libro, donde recojo muchas de estas luces y sombras que he ido encontrando en el camino. Y cada vez tengo más claro que el error no está en preguntarnos si ahora es más difícil o más fácil vender que antes. El error está en pensar que existe una época «fácil» para emprender o para vender. No la ha habido nunca. Cada momento tiene su propia versión de la dificultad, y lo que cambia no es si hay obstáculos, sino de qué tipo son.
Lo que sí ha permanecido igual, en todos estos años, es lo esencial: detrás de cada venta sigue habiendo una persona. Una persona que necesita sentir que la entienden antes de decidir confiar en ti. Eso no lo ha cambiado ninguna red social, ningún algoritmo, ninguna herramienta de inteligencia artificial. Se puede automatizar el alcance, se puede programar una publicación para que salga a una hora exacta, se puede llegar a mucha más gente con mucho menos esfuerzo físico que antes. Pero la confianza sigue construyéndose igual que siempre: con tiempo, con coherencia, con la sensación de que quien tienes delante realmente quiere ayudarte y no solo venderte algo.
Cuando alguien empieza a emprender hoy y siente que llega tarde, que todo el mundo ya hace lo que quiere hacer ella, que el mercado está saturado, me gustaría poder decirle lo mismo que me hubiera gustado escuchar a mí en mis primeros años de puerta fría: no se trata de comparar tu momento con el de otros, ni con el de antes, ni con el de después. Se trata de aprender a jugar bien con las reglas que te han tocado a ti. Las herramientas cambian, las plataformas cambian, las formas de llegar a la gente cambian constantemente. Lo que te sostiene en el tiempo, en cambio, no cambia nunca: la constancia, la honestidad en lo que ofreces y la capacidad de seguir apareciendo, aunque no siempre tengas ganas, aunque no siempre veas resultados inmediatos.
Miro atrás y pienso en aquella chica que recorría polígonos con una carpeta bajo el brazo, y no cambiaría esa experiencia por nada. Me enseñó a no rendirme ante un no. Me enseñó que cada rechazo no era personal, sino parte del proceso. Y esa lección, curiosamente, sigue siendo exactamente igual de válida hoy, delante de una pantalla, que entonces, delante de una puerta cerrada.
Por eso, cuando alguien me dice que ahora es más difícil, yo prefiero pensarlo de otra manera: no es más difícil, es diferente. Y quizás la verdadera pregunta no sea si el camino es duro, sino si estamos dispuestas a seguir recorriéndolo, aunque cambien las suelas de los zapatos por las notificaciones del teléfono.
Hoy quiero dedicar estas líneas especialmente a todas las mujeres emprendedoras. Noviembre es el mes en que celebramos a la mujer emprendedora, y no puedo dejar pasar la ocasión sin reconocernos: este artículo va para todas esas mujeres que, cada día, me inspiran a ser mejor. Las que recorren su propio camino de puertas (físicas o digitales 😉), las que sostienen sus proyectos con una constancia silenciosa que pocas veces se ve desde fuera, y las que me recuerdan, con su ejemplo, que emprender también es una forma de valentía compartida. ¡Va por vosotras, compañeras!
Judit Sorribes es consultora, mentora y formadora especializada en LinkedIn y ventas, con más de 25 años de experiencia en el ámbito comercial. Desde hace más de cuatro años, se dedica a ayudar a emprendedores, autónomos y pymes, especialmente aquellos en los sectores de consultoría, formación y servicios, a utilizar LinkedIn como su principal canal de ventas.
Su enfoque se centra en optimizar perfiles, crear publicaciones que atraigan a potenciales clientes, realizar prospección efectiva y abrir conversaciones que conviertan contactos en clientes. Además, te ayuda a potenciar la construcción de una marca personal sólida que inspire confianza y autoridad. Una de sus propuestas de valor es enseñar a utilizar LinkedIn de manera efectiva sin necesidad de suscripciones Premium o Sales Navigator, aprovechando al máximo las funcionalidades gratuitas de la plataforma.
Además, si no tienes tiempo (o no tienes ganas) de aprender, ella se ocupa de tu estrategia en LinkedIn (perfil, publicaciones y prospección) gracias a su servicio “llave en mano”.
Su trabajo (así lo expresan sus clientes) refleja una pasión innata por la formación y el desarrollo profesional de sus clientes.
Judit se autodefine como una apasionada de la vida con una clara vocación de servicio.
Web: juditsorribes.com

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