El agotamiento tiene muy buena prensa

«No era que yo no diera la talla. Era que me creía que crecer profesionalmente implicaba aceptar ciertas reglas del juego: disponibilidad constante, agendas saturadas, una cierta épica del aguante y una armadura gruesa puesta todo el día. Nadie te lo dice explícitamente. Sólo se habla de estar a la altura, implicación, compromiso, ambición, responsabilidad..”
Quiero contaros una historia. La escribo en primera persona porque me interesa menos que la leáis que que la sintáis. Que, mientras avanzáis, os preguntéis en qué momento deja de ser mía y es vuestra. Que os reconozcáis… o no.
Aquella tarde de septiembre salí de la oficina salí de la oficina con la sensación poco frecuente de que algo había salido exactamente como debía. Acabábamos de cerrar un proyecto clave, uno de esos que te hacen sentir que estás construyendo algo que importa. Alguien del equipo me felicitó: «qué máquina eres, lo has conseguido». Lo recibí con una media sonrisa, restándole importancia casi por reflejo, como si apropiarme de ese reconocimiento fuera, en cierto modo, excesivo. Aunque yo salí de allí con el subidón de quien sabe que ha aportado de verdad.
Llegué a casa, lo celebramos, acostamos a la pequeña y… cuando por fin llegó la calma…. cada uno se fue a trabajar a lo suyo: mi pareja tenía su propio deadline. Yo, me puse a revisar algunos correos “rápidos” antes de la entrega del día siguiente. Eran más de las diez y media cuando abrí el portátil. No recuerdo a qué hora lo cerré. Sí recuerdo que apenas dormí.
Y recuerdo, sobre todo, una pregunta que apareció en algún punto de esa noche: quién se beneficia exactamente de que yo no pare nunca.
No os mentiré, no fue una revelación inmediata ni épica. Yo diría que fue más bien como una grieta. Algo que una vez lo has visto, no dejas de ver y cada vez se hace más grande. En todo caso ví que realmente había algo mal planteado en una forma de hacer y funcionar que llevaba muchos años dando por buena.
No era que yo no diera la talla. La daba. Era que me creía que crecer profesionalmente implicaba aceptar ciertas reglas del juego: disponibilidad constante, agendas saturadas, una cierta épica del aguante y una armadura gruesa puesta todo el día. Nadie te lo dice explícitamente. Nadie te dice que tienes que agotarte. Sólo se habla de estar a la altura, implicación, compromiso, ambición, responsabilidad.
Y, sin embargo, la realidad concreta era algo diferente: reuniones que se encadenaban sin margen, mensajes fuera de hora que no parecían urgentes pero tampoco opcionales, una sensación difusa de que parar requería más explicación que seguir. Que esa era la única forma de funcionar, la buena.
Y tú que eres inteligente y comprometida, y quieres construir algo real, te lo crees.
Te lo crees porque, además, funciona. Porque te permite estar, avanzar, cumplir. Porque, en ese marco, parar no aparece como una opción neutra, sino como algo que hay que justificar.
Y no había visto ningún problema en eso. O, si lo veía (ese burn-out de las compañeras), lo interpretaba como algo que tenía que gestionar mejor yo: organizarme mejor, priorizar mejor, optimizar mejor. El agotamiento no cuestionaba el sistema, me señalaba a mí.
Y yo, siempre había creído que parar era fallar.
Por eso la pregunta de aquella noche me descolocó tanto. Porque no apuntaba a cómo hacerlo mejor, sino a algo más difícil de sostener: la posibilidad de que la propia lógica de trabajo estuviera mal planteada.
Hablo de algo más estructural, y precisamente por eso, es más dificil nombrar. La sensación de que había confundido durante demasiado tiempo dos cosas que no eran exactamente lo mismo. Que lo que había aprendido a identificar como ambición se parecía, peligrosamente, a otra cosa: a ir como pollo sin cabeza todo el tiempo..
Os confieso que no hubo una decisión clara de parar. Durante un tiempo no pasó nada visible desde fuera. Seguí trabajando, respondiendo, entrando en la misma rueda de siempre. Pero ya no era exactamente igual.
esa pregunta —que no tiene una respuesta rápida ni especialmente cómoda— es difícil de ignorar una vez que aparece.
Supongo que es por eso que el agotamiento tiene tan buena prensa. Porque mientras se mantenga bajo otros nombres, mientras pueda confundirse con ambición, con compromiso o con profesionalidad; no obliga a revisar demasiado. Funciona. Se sostiene. Incluso se reconoce.
Hasta que deja de hacerlo. De esa manera más sutil, más persistente, en la que algo, aun funcionando, empieza a NO parecer del todo correcto. O al menos, deja de poder contarse igual.
Quizás es ahí donde esta historia deja de ser mía: en ese punto más incómodo en el que, sin saber muy bien cuándo ha ocurrido, algo de lo que antes parecía incuestionable empieza a serlo.
No sé si es una grieta grande o apenas una línea fina, ni si lleva tiempo ahí o acaba de aparecer. Pero si al leer esto has tenido que detenerte un instante para comprobar si en algún lugar de tu propia rutina hay algo que ya no encaja como antes, entonces probablemente ya la has visto.
Y, una vez vista, lo difícil no es nombrarla, ni siquiera entenderla, sino decidir si es posible seguir exactamente igual sin hacer como si no estuviera.
Fundadora y directora de Komorebi Solutions Boutique Consultoría de PR y Comunicación Estratégica especializada en Equidad y visibilidad del talento femenino. Colíder de Lean In Crownz International y Ambassador del Programa PowerUp.
Conferenciante en temas de equidad, perspectiva de género e igualdad y sesgos conscientes e inconscientes.
Actualmente reside en el sur de Francia y acompaña con su firma Komorebi Solutions a empresas y mujeres a dar visibilidad al talento femenino a través de mentorías, formación y consultoría con su programa PR Essentials.
Es licenciada en Comunicación con la mención de PR y Comunicación Corporativa. Posee un Master en Marketing Digital y otro en Estudios Asiáticos
Cree que la comunicación puede ayudar a crear puentes para unir culturas y personas. Ha vivido y trabajado en varios países y continentes; entre ellos Japón dónde vivió y estudió en una bodega de sake para profundizar en su conocimiento de la cultura y de los negocios japoneses.

Roser Méndez es Consultora Visionaria. Visita su espacio haciendo click aquí ⇒⇒
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