La abogada de los condenados: El barro, la ética y mi deuda con Concepción Arenal

«Concepción bajó a las cárceles con una libretita y una determinación de hierro. Documentó la miseria, la insalubridad y el trato inhumano con un rigor científico que avergonzó a las autoridades de su tiempo. Eso es lo que yo hago cuando, en mi labor de asesora o docente, exijo que se cumplan los procesos. No es solo «seguir la norma»; es asegurar que la ley sirva para lo que fue creada: para poner orden donde hay caos y para proteger al vulnerable frente al atropello.»

A veces, cuando el ruido de los tribunales o las presiones de la gestión de riesgos parecen asfixiar el propósito detrás de mi trabajo, cierro los ojos y me obligo a recordar por qué elegí este camino. No lo hice por los títulos ni por el poder. Lo hice porque, en el fondo, siempre supe que el Derecho es, ante todo, un ejercicio de humanidad. Y en la búsqueda de modelos que no fueran solo fotos de bronce, sino mujeres de carne, hueso y mucha inteligencia, encontré a Concepción Arenal.
Concepción nació en Ferrol, España, un 31 de enero de 1820. Para entenderla, no basta con leer sus fechas; hay que comprender el tamaño de su rebeldía. Fue una mujer que, a mediados del siglo XIX, tuvo que vestirse de hombre para poder asistir como oyente a las clases de Derecho en la Universidad Central de Madrid. ¿Se imaginan la escena? Una mujer brillante, desafiando a un sistema que le prohibía aprender, no por falta de capacidad, sino por puro prejuicio. Ese primer acto de subversión de aprender lo que me prohíben para poder desmantelarlo luego, es algo que resuena en cada célula de mi ser como profesional.
Yo misma he tenido que romper techos de cristal, defendiendo mi espacio como mujer, académica y experta en áreas dominadas por hombres que se creen dueños de la verdad legal. Pero Concepción no se quedó en el aula. Su verdadera batalla comenzó donde otros juristas temían ir: en el barro de las prisiones.
Cuando leemos su lema, «Odiar el delito y compadecer al delincuente», muchos creen que se trata de una frase piadosa. Se equivocan. Es una doctrina de justicia humanista tan sólida y revolucionaria que, a mis 30 años de ejercicio, me sigue sirviendo de guía. Ella fue la primera en entender, con una visión que hoy llamaríamos de «gestión social del riesgo», que el sistema penitenciario no debía ser una máquina de producir despojos humanos. Para ella, el sistema penal era una herramienta técnica que debía servir para algo más que para encerrar: debía regenerar.
¿Qué significa Concepción Arenal para mí como abogada? Es la brújula que me impide perder la humanidad en medio de los expedientes. Como experta en Compliance y legitimación de capitales, podría parecer que mi trabajo es meramente técnico, frío y alejado de las prisiones. Pero no es así. El Compliance es, en última instancia, una forma de evitar que la codicia de unos pocos termine destruyendo la dignidad de muchos. Cuando detecto un riesgo o redacto una normativa, estoy aplicando esa misma ética del cuidado que ella predicaba: la idea de que un sistema ya sea una empresa o una nación solo es legítimo si protege la dignidad de quienes forman parte de él.
Concepción bajó a las cárceles con una libretita y una determinación de hierro. Documentó la miseria, la insalubridad y el trato inhumano con un rigor científico que avergonzó a las autoridades de su tiempo. Eso es lo que yo hago cuando, en mi labor de asesora o docente, exijo que se cumplan los procesos. No es solo «seguir la norma»; es asegurar que la ley sirva para lo que fue creada: para poner orden donde hay caos y para proteger al vulnerable frente al atropello. Ella nos enseñó que el jurista que no ve el dolor detrás del número, detrás del artículo o detrás del riesgo, es un jurista a medias.
He vivido momentos, en mis años como fiscal y defensora, donde la tentación de la frialdad es grande. Es mucho más sencillo ver el caso como un objeto que resolver. Pero es ahí donde la lección de Concepción se vuelve un imperativo moral. Su obra La visitadora del preso no fue un libro de lamentos; fue un manual de operatividad. Ella nos enseñó que la abogacía es un ejercicio de valentía. Exigió condiciones dignas, denunció la ineptitud estatal y propuso reformas que todavía hoy, casi dos siglos después, siguen siendo la base de cualquier derecho penal que se respete a sí mismo.
Hoy con varios años de graduada, sigo encontrando en ella la fuerza necesaria para no ceder. Concepción me enseñó que la abogacía no es un monumento a nuestra inteligencia, sino un servicio a la sociedad. Ella tuvo que enfrentarse a la censura de quienes consideraban que una mujer no debía preocuparse por «asuntos de hombres». Yo he enfrentado la desidia de sistemas que quieren que las mujeres en el poder seamos silenciosas y complacientes. Pero, al igual que ella, no busco aprobación; busco eficacia y resultados que dignifiquen.
Cada vez que diseño un protocolo de integridad, cada vez que analizo una normativa de hidrocarburos o enseño a mis estudiantes sobre el debido proceso, estoy honrando el barro que ella pisó. Porque al final del día, el Derecho solo sirve para algo si es capaz de mirar al otro al que se equivoca, al que sufre, al que es engañado y decirle: «aquí hay un orden, y aquí hay respeto por tu condición humana».
No soy una «mujer ilustre» que vive en el pasado. Soy Maria Alejandra Mancebo, una abogada que sigue peleando en la trinchera del presente, armada con el Derecho y con la convicción inquebrantable de que, si no ponemos nuestra alma en lo que hacemos, nada tiene sentido. Concepción Arenal no me dejó un pedestal; me dejó el deber de seguir ensuciándome las manos, de seguir buscando las fallas del sistema y, sobre todo, de no perder jamás la capacidad de compadecer, que es la forma más elevada de inteligencia jurídica.
Esa es mi herencia, esa es mi pasión y ese es mi oficio. Mientras haya una Concepción Arenal en mi memoria, el cinismo no ganará la partida. Seguiré operando, seguiré escribiendo, seguiré enseñando. Seguiré siendo la abogada que sabe que la ley, sin humanidad, no es justicia; es solo un muro más. Y yo, al igual que ella, he venido a este mundo para buscar las grietas en esos muros y, a través de ellas, permitir que pase la luz de la verdad.

María Alejandra Mancebo
Con experiencia en la Administración de Justicia por 25 años como Juez, Defensora Pública de Responsabilidad Penal del Adolescente y Fiscal Nacional y Regional (Legitimación de capitales y Delitos financieros, Anti-Extorsión y Secuestro, Drogas, Violencia de Genero, Fase intermedia y juicio y Corrupción) y por tres años Directora de Postgrado de la Universidad Yacambu
Área Académica.
Docente de pre y postgrado desde hace 24 años en Universidades Nacionales. Conferencista Nacional e Internacional, Articulista nacional e internacional, miembro invitado de LEXCRIM (España), miembro invitado de Unversitas y Catedra Jorge Rosell, miembro activo de Académica Multijurídica Miembro del Consejo Consultivo de la Revista LEXITUM e integrante y una de las creadoras de Cata Jurídica con tacones con la Dra. Esther Alfonzo Rivera. Articulista y Conferencista Nacional e Internacional
Actualmente
Defensora de los Derechos de la Mujer
Consultora en el área penal de Destilerías Unidas (Empresa Trasnacional)
Asesora externa de la Universidad Yacambú
Feminista y cofundadora de Cata Jurídica con Tacones
Vicepresidenta de Capitulo Venezuela del Colegio Internacional de Estudios Jurídicos de Excelencia Ejecutiva / CIDEJ
Directora de la Revista Igualdad de Género en Venezuela
Consultora Visionaria
Mi mejor título ser Mamá

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