La cincuentena

«No sé muy bien en qué momento una se convierte oficialmente en “mujer de mediana edad”. No llega una carta certificada ni recibes un burofax… A los 50 estás incluso a punto de agotar esa categoría a la que ni siquiera sabías que pertenecías. Tampoco viene nadie a recogerte para llevarte al club de las “cincuentañeras empoderadas”. Ojalá.» .

Cuando leía el mes pasado a mi compañera Betty Palmeros con su columna “Cumplir 50 no es crisis, es depuración”, caí en la cuenta de que hace 10 años dejé mi testimonio de lo que fue cumplir 40 y que aún no me he atrevido a hacer la actualización. Aquí lo dejo por si le sirve a alguna que esté instalando ahora su versión 4.0  Cumplir 40 – Clara, mente social

Con el permiso de Betty, retomo el mismo tema, aunque con otro tono, quizá algo irreverente el mío. Podría titularlo “Cumplir 50. Mujeres que ya no se creen el cuento, ni falta que hace.”

No sé muy bien en qué momento una se convierte oficialmente en “mujer de mediana edad”. No llega una carta certificada ni recibes un burofax… A los 50 estás incluso a punto de agotar esa categoría a la que ni siquiera sabías que pertenecías. Tampoco viene nadie a recogerte para llevarte al club de las “cincuentañeras empoderadas”. Ojalá.

Abres los ojos un día, tú, que te validaste a los 20 como universitaria, a los 30 por lo que estabas consiguiendo, a los 40 por todo lo que sostenías… y de pronto a los 50 te validas por lo que no estás dispuesta a tolerar.

¿Quiere decir eso que somos ahora más intolerantes? ¿Inflexibles, quizá?  ¿Intransigentes? No, queridas, yo diría que coherentes, consistentes y conscientes. Yo lo defino como una evolución honesta.

Cumplir 50, desde un perfil como el nuestro –mujeres formadas, trabajadas, comprometidas, vividas, con cicatrices visibles e invisibles– no supone cerrar una etapa y abrir otra reluciente. No. Menos aún si contamos con el “edadismo profesional” que se respira ahí fuera. Es más bien darte cuenta de que hay etapas que nunca se cerraron y que siguen susurrándonos desde el backstage. Algunas son maravillosas, otras molestan, y todas nos han convertido en esta versión nuestra que ya no está para tonterías… pero sí para matices.

Nueva temporada de la misma serie pero con mejor guión

Nos vendieron la vida como una saga por capítulos: la juventud, los 30, los 40, ahora los 50… como si cada década fuera un cajón que abres, revisas y vuelves a cerrar con todo bien ordenadito. En cambio, la realidad es bastante menos Instagrameable. Hay cosas que no se archivan nunca: las luchas internas, ciertas inseguridades que creías superadas, circunstancias familiares que no caducan, relaciones personales que, lejos de simplificarse, se complican a medida que tú misma te conoces mejor…

A los 50, descubres que no has “terminado” de nada: sigues dudando, sigues replanteándote decisiones, sigues negociando con tu propio miedo y sigues intentando manejar un Excel emocional en el que nunca cuadran todas las columnas. Y, sorprendentemente, eso ya no te parece un drama, como bien decía mi compañera Betty. Te parece, sencillamente, vivir.

Lo que sí cambia es tu relación con todo ese ruido de fondo. Antes, esas luchas internas te quitaban el sueño. Ahora, como mínimo, te las llevas a la cama después de un gintonic con tu tribu de amigas y cierta dosis de humor negro. Por fin hemos aprendido a convivir con lo que no se resuelve del todo y esto no nos hace estar perdidas, sino profundamente vivas.

He aquí mi reivindicación a que no todo se ordena a los 50, no llega de pronto la inspiración divina, pero una ya ha aprendido a caminar con dignidad entre el desorden.

El derecho legítimo a cambiar de opinión

Otra de las cosas que considero una gran conquista de los 50 es reclamar sin pudor el derecho a cambiar de opinión. Mucho, además. Sin previo aviso, sin nota de prensa que lo comunique y, sobre todo, sin pedir disculpas por haber sido coherente con quien era ayer y también coherente con quien soy hoy.

Antes, cambiar de opinión se vivía casi como una traición a ti misma, como si estuvieras defraudando a esa versión anterior que tanta energía puso en sostener un relato. Hoy sabes que la verdadera traición sería obligarte a mantener discursos que ya no te representan solo para no descolocar a los demás.

Y, por cierto, a estas alturas también te reconoces con el derecho (y el gustito) de dar tu opinión aunque no te la pidan. No por intrusismo, sino por fin de la autocensura. Esa pequeña dosis de descaro que se ha ido cociendo a fuego lento: ya no estás tan dispuesta a morderte la lengua cuando lo que se dice, se hace o se asume delante de ti choca frontalmente con lo que sabes, lo que sientes o lo que has vivido.

¿Que alguien suelta un comentario machista disfrazado de chiste? Ya no sonríes por educación. Ahora respondes con una mezcla de ironía y claridad que deja el chiste donde corresponde: en absoluta evidencia.
¿Que en una reunión hablan de conciliación familiar como si fuera una “ayudita” a las mujeres? Se acabó asentir en silencio. Ahora levantas la ceja y alzas la voz (con calma). Y no es agresividad: es dignidad verbal, diría yo. O lo que es lo mismo: el resultado de décadas conviviendo con sistemas que no estaban hechos para nosotras, solo que ahora lo sabemos.

La trampa de la “mujer fuerte” que puede con todo

Y ahora llega la parte en la que, personalmente, es aquí donde se me ha caído el relato a los 50: la oda a la mujer fuerte, esa casi devoción social por la mujer que “puede con todo”. Esa figura que nos vendieron como símbolo de la mujer moderna y libre. La profesional que rinde, la madre que cuida, la hija que responde, la amiga disponible, la pareja comprensiva, la jefa resolutiva… Vamos, una superheroína sin capa, sin vacaciones de su rol de sostenerlo todo y sin baja médica.

Es en este sentido cuando una llega a la letra pequeña del contrato y reconoce que, cuando puedes con todo, nadie te pregunta cómo estás. Además, físicamente, el cuerpo empieza a cobrarse facturas atrasadas; emocionalmente, nos pilla con poca tolerancia a la tontería y entiendes lo que era toda esta narrativa: una trampa.

Y es que, no es que nos hayamos debilitado, pero no nos cuesta mostrar esa vulnerabilidad natural. Reconocerla no nos hace menos fuertes. Nos hace más reales. Sí, ya lo sé, la tendencia de la imagen de la mujer no va precisamente hacia la de una mujer real, sin retoques estéticos, pero es que la edad no se opera y tampoco lo hace la experiencia.

Recibí una educación conservadora en la que, si bien es cierto que siempre se me animó a estudiar y tener una vida profesional, era importante ese papel de sostener, justificar, entender… Y ahora que ya no me callo, os diré que ese sacrificio femenino ya no me parece épico: me parece carísimo.

Clara Vega Lanza es una periodista española, nacida en Gijón hace 50 años. Estudió Periodismo entre la Universidad Pontificia de Salamanca y l’Università La Sapienza de Roma. Comenzó su andadura profesional en la televisión local de su ciudad para pasar después a medios nacionales, trabajando en radio, prensa escrita y agencia de noticias.

Se introdujo en la comunicación corporativa tras estudiar el Master de Comunicación Empresarial en ESIC, Madrid, y el Posgrado en Marketing Communications en la University of Houston, Texas, USA, y ha sido directora de comunicación, directora de relaciones externas y directora de comunicación y marketing para diferentes compañías de sectores tan variados como el tecnológico, industria farmacéutica, publicitario y audiovisual, alimentación premium, eventos especiales y producción musical.

Ha vivido en 4 países y ha viajado por más de 40. Actualmente está muy involucrada con el Tercer Sector. Se ha especializado en Responsabilidad Social e Igualdad de Género, dando continuidad a la visión humanista con la que escribe, como defensora de los Derechos Humanos y con lo que ella misma denomina como un “feminismo del entendimiento” dentro del feminismo liberal que más la define.

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