La Torre. Arcano XVI: Terremoto en Venezuela

Durante años imaginé Caracas intacta, aunque supiera racionalmente que ya no existía aquella ciudad donde aprendí a caminar, donde descubrí mi vocación por la psicología, donde nacieron mis hijas, donde enterré sueños y sembré otros. En algún lugar de la psique permanecía una ciudad suspendida en el tiempo, una Caracas detenida esperando pacientemente mi regreso aunque ese regreso jamás ocurriera.

Hay pérdidas que ocurren una sola vez y otras que continúan sucediendo durante décadas, aunque nadie las anuncie en los periódicos. La migración pertenece a esta segunda categoría. Uno cree que el exilio comienza el día en que cierra una maleta, aborda un avión y deja atrás un país. Con los años descubre que estaba equivocado. El verdadero exilio empieza después, cuando la memoria deja de encontrar dónde apoyarse.

El terremoto ocurrido el pasado 24 de junio en Venezuela no sólo fracturó edificios y levantó polvo sobre calles ya heridas por demasiadas historias. También hizo temblar algo mucho más silencioso: las últimas columnas invisibles que todavía sostenían la arquitectura emocional de quienes un día nos marchamos. Lo digo desde el privilegio inmenso de no haber perdido familiares directos, de no tener que escribir estas líneas atravesada por un duelo irreparable. Precisamente por ese privilegio siento la obligación moral de mirar un dolor menos evidente, uno que rara vez encuentra espacio entre las cifras, los reportes oficiales y las fotografías de los escombros.

Porque los migrantes también habitamos ruinas.

No siempre son ruinas de concreto. Muchas veces son ruinas interiores.

Durante años imaginé Caracas intacta, aunque supiera racionalmente que ya no existía aquella ciudad donde aprendí a caminar, donde descubrí mi vocación por la psicología, donde nacieron mis hijas, donde enterré sueños y sembré otros. En algún lugar de la psique permanecía una ciudad suspendida en el tiempo, una Caracas detenida esperando pacientemente mi regreso aunque ese regreso jamás ocurriera.

Todos hacemos eso.

Necesitamos conservar una geografía interna porque la identidad no puede sobrevivir sin territorio. La memoria necesita calles, olores, esquinas, montañas, árboles específicos, ventanas determinadas. No recordamos únicamente personas; recordamos escenarios. El alma también necesita una dirección.

Pero llega un momento en que la Historia termina por alcanzarnos.

Primero fue la devastación lenta de un país que pasó de ser tierra de oportunidades a convertirse en territorio de despedidas. Después vinieron los amigos dispersos por el mundo, las casas vacías, los comercios cerrados, los edificios envejecidos sin mantenimiento, la ciudad convertida poco a poco en una sombra de sí misma. Cada noticia arrancaba un ladrillo más de aquella construcción invisible donde seguían viviendo nuestros recuerdos.

Y entonces ocurrió el terremoto.

Mientras observaba las imágenes comprendí que no estaba mirando únicamente edificios dañados. Estaba asistiendo al derrumbe definitivo de algunos de mis propios lugares psíquicos. Comprendí que quizás esa esquina ya no volvería a existir. Que tal vez aquella fachada que todavía aparecía cuando cerraba los ojos había desaparecido para siempre. Que incluso la ciudad imaginada comenzaba a quedarse sin referencias.

Existe una violencia particularmente cruel cuando la realidad destruye los escenarios donde habita la memoria.

Los psicólogos sabemos que la identidad se organiza alrededor de narraciones, símbolos y lugares significativos. No somos únicamente la suma de nuestros recuerdos; somos el paisaje donde esos recuerdos ocurrieron. Cuando ese paisaje desaparece, una parte del relato personal pierde consistencia. No dejamos de ser quienes somos, pero comenzamos a preguntarnos dónde habitan ahora esas versiones antiguas de nosotros mismos.

Quizás por eso, con el paso de los años, muchos adultos mayores hablan menos de las fechas y más de las casas. Menos de los acontecimientos y más de las ventanas desde donde miraban llover. Menos de las personas y más de las mesas donde todos se reunían los domingos. La memoria madura entiende algo que la juventud ignora: los vínculos siempre necesitan un lugar para echar raíces.

A medida que envejecemos, el territorio adquiere una profundidad casi sagrada.

No porque idealicemos el pasado, sino porque sabemos que allí descansan partes irremplazables de nuestra biografía.

Hay quienes creen que los Silver vivimos demasiado aferrados a la nostalgia. Pienso exactamente lo contrario. Lo que ocurre es que conocemos el verdadero valor de la permanencia. Hemos visto demasiadas cosas desaparecer para seguir creyendo que las ciudades son eternas, que los países permanecen intactos o que las casas sobreviven a la historia.

Sabemos que no.

Las estructuras también envejecen.

Las naciones también enferman.

Las ciudades también mueren.

Quizás por eso el Arcano XVI del Tarot representa una torre alcanzada por un rayo. Durante siglos se la ha interpretado como la carta del desastre, del colapso y de la caída. Sin embargo, su significado más profundo nunca fue el castigo. La Torre aparece cuando aquello que parecía sólido ya estaba vacío por dentro. El rayo no destruye la verdad; destruye la ilusión de permanencia.

Y Venezuela lleva demasiado tiempo cayéndose.

No sólo se han derrumbado edificios. Han caído instituciones, certezas, proyectos de vida, familias completas obligadas a dispersarse por el planeta. Han caído los rituales cotidianos que sostenían la identidad de millones de personas. Han caído las conversaciones de sobremesa, las navidades numerosas, los vecinos de toda la vida, los cafés compartidos después del trabajo. Ha caído, sobre todo, esa confianza ingenua de creer que siempre podríamos volver exactamente al lugar que dejamos.

Tal vez eso sea lo más doloroso del exilio.

Descubrir que un día ya no queda adónde regresar.

No porque el mapa haya desaparecido, sino porque el territorio interior dejó de coincidir con el territorio real.

Y, sin embargo, incluso entre los escombros, la vida insiste.

Después de La Torre aparece el Arcano XVII. 

La Estrella.

No llega para borrar el dolor ni para negar las pérdidas. Llega cuando ya no queda nada que sostener artificialmente. Una joven derrama agua sobre la tierra y sobre el río, como si comprendiera que toda reconstrucción comienza alimentando aquello que todavía puede vivir. No levanta murallas. No reconstruye la torre. Hace algo infinitamente más humilde y más profundo: devuelve fertilidad al mundo.

Quizás ése sea hoy nuestro desafío como generación Silver.Aceptar que algunas torres no volverán a levantarse jamás y que nuestra tarea no consiste en reconstruir exactamente el país que perdimos, sino en conservar viva su mejor esencia allí donde estemos. En transmitir a nuestros hijos y nietos la generosidad de nuestra gente, la belleza de nuestra montaña, la música de nuestras palabras, la memoria de quienes fuimos antes de que la historia nos obligara a partir.

Porque un país también puede sobrevivir convertido en vínculo.

Puede seguir respirando en una receta, en una canción, en un abrazo, en una manera de mirar la vida.

Las piedras pueden caer.

Las ciudades pueden romperse.

Los recuerdos pueden perder sus escenarios.

Pero mientras exista alguien capaz de amar la tierra que lo formó sin convertir ese amor en odio ni resignación, siempre habrá una estrella brillando sobre las ruinas de la torre.

Y quizás sea precisamente esa luz, tenue pero obstinada, la única patria que nunca podrán arrebatarnos.

Soy consultora estratégica y coach, después de haber trabajado en corporaciones en el área de planificación estratégica y gerencia, principalmente en Venezuela y México.

Nací en Caracas, Venezuela en 1956, donde crecí y me desarrollé personal y profesionalmente.

Viví en México del 2008 al 2012, regresé a Venezuela y retorné en el 2017. Celebro ambas nacionalidades.

Soy Psicóloga (UCAB), Magister en Psicología Social ( UCV) Planificadora estratégica de negocios (IESA) y Business y Life coach ( Universidad Iberoamericana, México).

Participo con pasión en conferencias y actividades dedicadas a visibilizar el edadismo y oportunidades de negocio de la Silver Economy.

En mis presentaciones y redes, busco darles valor a mis queridos plateados, mostrando sus potencialidades.
A nivel individual, ayudo a personas a definir sus nuevas rutas de expansión, sustituyendo los «ya no» por «ahora sí». Creo que no existen cambios vitales sino personales.

Como consultora estratégica, me siento orgullosa de haber contribuido a que emprendedores, agencias de comunicación y startups hayan descubierto oportunidades de crecimiento.

Entre mis logros en estos últimos años están: el haber superado dificultades migratorias, pérdidas de familiares en la pandemia, una estafa financiera y sobreponerme a un cáncer de mama en el año 2020. Apoyo en lo que puedo.
Practico yoga y camino diariamente como ritual de meditación activa. Estudio astrología y tarot.

Adoro a mis dos hijas y a mis 5 nietos. Soy estudiosa de C.G. Jung y estoy dispuesta a aprender siempre.

Disfruto ser invitada a participar en equipos inter generacionales donde se requiera pensamiento estratégico y sabiduría.

Irene Aguilera forma parte de nuestra Red de Expertas Visionarias. Visita su perfil haciendo click aquí ⇒⇒

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