Te falta espacio, no ambición

«La cultura profesional dominante está obsesionada con la narrativa del sacrificio. Cuánto estás dispuesta a renunciar por tu carrera. Cuántas noches sin dormir. Cuántos fines de semana trabajando. Cuántas cenas familiares perdidas. Como si el sufrimiento fuera un indicador de compromiso. Como si ser miserable fuera un requisito para ser exitosa.”
Durante años te han dicho que si no «apuntas alto» es porque te falta hambre. Pero ¿y si el problema no fueras tú?
Cada lunes por la mañana, en oficinas de todo el mundo, se repite la misma escena: reuniones de equipo donde se habla de «oportunidades de crecimiento», de «salir de la zona de confort», de «apuntar más alto». Y cada lunes, muchas mujeres profesionales, y hombres, escuchan en silencio mientras internamente se preguntan por qué esas palabras no resuenan con ellas de la manera esperada.
La narrativa dominante es simple y, también, demoledora: si no persigues activamente el siguiente escalón, el cargo más visible, la responsabilidad más demandante, es porque te falta ambición. Te conformas.
En algún momento, el mundo profesional decidió que crecer significaba una sola cosa: subir. Más responsabilidad, más gente a cargo, más reuniones, más viajes, más horas, más presión. Como si el desarrollo profesional fuera una escalera mecánica donde solo tienes dos opciones: subirte o quedarte atrás. Si te quedas atrás te falta ambición.
Como si la ambición fuera un músculo atrofiado que solo algunas personas saben ejercitar.
Después de años acompañando trayectorias profesionales femeninas, puedo afirmar con certeza que esta lectura no solo es incorrecta, sino profundamente injusta y limitada.
Porque, lo que muchas mujeres y hombres rechazan no es el éxito. Es la versión empobrecida del éxito que se les está vendiendo.
Un modelo que no solo es limitado sino también perezoso. Que reduce la riqueza del talento humano a un solo indicador: hacia arriba o hacia ninguna parte. Además de que no contempla las realidades complejas de la vida de muchas mujeres y hombres.
¿El resultado? Profesionales brillantes que se sienten culpables por no querer el siguiente “escalón”. Que internalizan que hay algo malo en ellas porque prefieren profundizar antes que ampliar, porque entienden que una carrera sostenible necesita diferentes ritmos y maneras en diferentes momentos.
Si miras hacia arriba en tu organización, ¿cuántos tipos diferentes de éxito ves?
La mayoría de nosotras vemos el mismo patrón repetido: personas que dijeron sí a todo, que estuvieron disponibles siempre, que priorizaron el trabajo por encima de todo lo demás durante décadas. Y está bien, es una forma válida de construir una carrera. Pero no es la única.
El problema surge cuando este patrón se convierte en el estándar universal. Cuando se asume que quien no lo replica es porque le falta algo. Cuando se olvida que el talento tiene mil formas de expresarse y que el impacto no siempre es proporcional al número de personas que tienes a cargo.
Muchas mujeres no están rechazando la ambición. Rechazan que el “éxito” signifique sacrificar su bienestar y se niegan a aceptar que para liderar hay que adoptar un estilo que no va con su personalidad.
Y tienen razón.
La cultura profesional dominante está obsesionada con la narrativa del sacrificio. Cuánto estás dispuesta a renunciar por tu carrera. Cuántas noches sin dormir. Cuántos fines de semana trabajando. Cuántas cenas familiares perdidas.
Como si el sufrimiento fuera un indicador de compromiso. Como si ser miserable fuera un requisito para ser exitosa.
Pero cada vez más profesionales, especialmente mujeres, están diciendo: «No, gracias». No porque no quieran crecer, sino porque entienden que el crecimiento sostenible no puede construirse sobre el agotamiento. Que el liderazgo más efectivo viene de personas que mantienen perspectiva, que cultivan su bienestar.
«Apunta alto» . Sin duda es una de esas frases que suenan motivadoras pero que están vacías de significado real. ¿Alto según quién? ¿Alto cómo? ¿Y por qué asumimos que “alto” significa lo mismo para todos? ¿Que todos tenemos que apuntar en la misma dirección?
He visto a personas «apuntar alto» hacia puestos que las hacían profundamente infelices. He conocido profesionales que rechazaron promociones «altas» para enfocarse en proyectos que realmente les importaban y generar el doble de resultados e impacto; profesionales que preferían resolver problemas complejos antes que gestionar juntas directivas y egos. He acompañado a mujeres que construyeron carreras extraordinarias en direcciones que nadie más había explorado antes.Y a profesionales que decidieron especializarse profundamente en lugar de expandirse horizontalmente, convirtiéndose en referentes mundiales indiscutibles en sus campos.
¿Cuál de todas estas fue la más ambiciosa? La pregunta no tiene sentido.Todas ellas tenían ambición. Pero su ambición tenía formas diferentes, ritmos diferentes, definiciones diferentes del éxito. Y todas ellas, en algún momento, tuvieron que defender esas decisiones frente a quienes las interpretaban como falta de «hambre».
Lo que realmente necesitan las profesionales no es que les expliquen por qué deberían querer más. Lo que necesitan es espacio para construir su propia definición de «más».
Espacio para preguntarse: «¿Qué tipo de impacto quiero tener?» en lugar de «¿Qué puesto debería querer?»
Espacio para explorar: «¿Cómo quiero que se vea mi día a día?» en lugar de asumir que todos los días exitosos se ven igual.
Espacio para decidir: «¿Qué estoy dispuesta a intercambiar y por qué?» en lugar de aceptar intercambios predefinidos. porque la ambición auténtica a menudo, emerge de la reflexión profunda, no de la presión externa.
Cuando alguien me dice «no sé si tengo suficiente ambición», mi trabajo no es convencerla de que sí la tiene. Mi trabajo es ayudarla a despejar el ruido.
El ruido de lo que «debería» querer. El ruido de las expectativas familiares. El ruido de los modelos únicos que ve a su alrededor. El ruido de la culpa por no querer lo que otros quieren.
Porque cuando quitas todo ese ruido, lo que encuentras no es falta de ambición. Lo que encuentras es una visión muy clara de lo que realmente importa para esa persona. Y esa claridad es la base de cualquier carrera realmente exitosa.No toda ambición se manifiesta en búsquedas públicas de reconocimiento o poder
La ambición real no es ni ruidosa ni silenciosa. Simplemente es auténtica
Es la que no necesita justificarse ante nadie porque se sostiene en valores sólidos.
Es la que no se compara con otros porque está construida desde adentro.
Imaginemos un futuro donde los espacios de trabajo estén diseñados para diferentes tipos de brillantez, diferentes formas de contribuir, diferentes maneras de crecer. Donde la pregunta no sea «¿por qué no quiere más?» sino «¿cómo podemos apoyar lo que realmente quieres construir?»
No necesitamos más mujeres ambiciosas. Las mujeres ya son ambiciosas.
Lo que necesitamos son sistemas que hagan espacio para diferentes tipos de ambición y se puedan expresar en sus propios términos. Culturas organizacionales que valoren la diversidad real, no solo la diversidad que cabe en los moldes existentes.
Necesitamos conversaciones honestas sobre lo que realmente significa crecer. Modelos múltiples de éxito. Métricas más sofisticadas de impacto y liderazgo.
Como profesionales, como líderes, como mentoras, nuestra responsabilidad no es moldear la ambición de las mujeres para que encaje en sistemas existentes. Nuestra responsabilidad es crear sistemas lo suficientemente flexibles y amplios para dar cabida a la diversidad de aspiraciones, talentos y definiciones de éxito.
Porque al final, una organización que solo puede aprovechar un tipo de ambición es una organización que está desperdiciando la mitad de su potencial. Y eso, es un lujo que nadie puede permitirse.
Cuando haces espacio real para que las personas construyan carreras auténticas, no solo ellas crecen. Crecen las organizaciones, crecen las industrias, crece la definición misma de lo que es posible profesionalmente.
Y eso sí es ambicioso.
La ambición de las mujeres no necesita ser validada. Necesita ser liberada de las cajas que la limitan. Y cuando eso pasa, descubres que siempre estuvo ahí, esperando el espacio adecuado para florecer.
Fundadora y directora de Komorebi Solutions Boutique Consultoría de PR y Comunicación Estratégica especializada en Equidad y visibilidad del talento femenino. Colíder de Lean In Crownz International y Ambassador del Programa PowerUp.
Conferenciante en temas de equidad, perspectiva de género e igualdad y sesgos conscientes e inconscientes.
Actualmente reside en el sur de Francia y acompaña con su firma Komorebi Solutions a empresas y mujeres a dar visibilidad al talento femenino a través de mentorías, formación y consultoría con su programa PR Essentials.
Es licenciada en Comunicación con la mención de PR y Comunicación Corporativa. Posee un Master en Marketing Digital y otro en Estudios Asiáticos
Cree que la comunicación puede ayudar a crear puentes para unir culturas y personas. Ha vivido y trabajado en varios países y continentes; entre ellos Japón dónde vivió y estudió en una bodega de sake para profundizar en su conocimiento de la cultura y de los negocios japoneses.

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Impacto positivo: Equidad, diversidad e inclusión
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