Edadismo

Escrito por Roser Rovira

«Si un niño de doce años se olvida su chaqueta en el colegio, es que es un despistado. Si un hombre de setenta se olvida las llaves de casa, es que tiene demencia. Tenemos tan interiorizados estos conceptos, que pensamos que todos los que llegan a viejos tienen demencia. Si, la demencia afecta a un sector de la sociedad más mayor, pero en una proporción mucho menor a la que pensamos. Si, nuestro cuerpo envejece. ¡Pero es que envejecer es vivir!»

Foto de cottonbro en Pexels
A lo largo de los años, estoy observando algunos estándares que me preocupan. Los niños juegan con niños, los jóvenes disfrutan con otros jóvenes, los adultos se interrelacionan con adultos. Hemos aprendido e interiorizado que el grupo en el que estamos mejor es con grupos de edad parecida. Pero en mi trabajo de intérprete en el Boston Children’s Hospital, aprendí a hablar con niños, con mamás jovencitas, con abuelas maduras. Y me gustaba. Me gustaba observar como las personas ven las cosas de formas diferentes, en función de su experiencia.
A lo largo de los años, también he descubierto que me encanta escuchar a las personas mayores. A los viejos. Si, a los viejos. Me gusta comprobar las cosas a las que dan importancia y a las que no. Me gusta su ritmo generalmente tranquilo. Y disfruto enormemente cuando me cuentan alguna cosa, algún detalle de su vida, que les alegra la cara y les llena de nostalgia el corazón.
La vitalidad de Anh, una exrefugiada del Vietnam que curso un máster en el MIT a los 64 años y es directora ejecutiva de un programa de ayuda a refugiados, es inagotable. La fuerza de Carlos, un alpinista de más de ochenta años que se entrena diariamente para subir a montañas de más de 8000 metros, es admirable. La alegría de Marga, que con sus 83 años es divertida y pizpireta, cuida a su marido enfermo de Alzheimer y cursa estudios de humanidades en la universidad, es contagiosa. La sensatez de Neus, que escribe de temas cotidianos para extrapolarlos hacia las grandes preguntas que sólo los filósofos osan preguntar, es muy especial.
Y no me cansaría de nombrar a tantos otros, como Jean, Pino, Judi, Ashton, Josep, Manuel, Ricard, Anna, que con su día a día ayudan a muchos de su entorno, sin esperar nada a cambio.
Yo escribo sobre ellos. Les pido que me cuenten cosas, los observo, y me deleito con sus aventuras, algunas acaecidas mucho tiempo atrás, otras al otro lado de la esquina. Y mientras los miro, los admiro. Me gustan sus caras llenas de arrugas que te llegan al alma, de historias que te enternecen el corazón.
Y después me pregunto ¿Acaso seré yo la única que ve en sus vidas algo extraordinario? ¿Por qué desvaloramos a los viejos? La respuesta es fácil. Estamos asentados en una sociedad que es edadista, que discrimina en función de la edad. Desde los cuatro años de edad, los niños ya tienen percepciones negativas de la vejez. Esto sólo empeora con los años. Los anuncios de cosméticos que te auguran, te prometen el cutis como cuando eras joven; los chistes de viejos que no son chistes sino la devaluación de una edad; las frases tipo “los cincuenta son los nuevos cuarenta”; el querer quitarte arrugas, teñirte el pelo, no decir tu edad…. todos estos comportamientos que tenemos tan interiorizados son edadistas, son discriminantes.
La sociedad se ha dado cuenta que discriminar por sexo, por raza, por preferencia sexual, está mal. El sexismo, el racismo, la homofobia, son males contra los que debemos luchar. Y el edadismo es otro de ellos. Pero a la mayoría nos cuesta saber que somos edadistas. ¿Eda qué? ¿Y eso qué es? Me pregunta la gente, cuando les hablo del tema. Y les cuento que el edadismo es la discriminación por edad. Si un niño de doce años se olvida su chaqueta en el colegio, es que es un despistado. Si un hombre de setenta se olvida las llaves de casa, es que tiene demencia. Tenemos tan interiorizados estos conceptos, que pensamos que todos los que llegan a viejos tienen demencia. Si, la demencia afecta a un sector de la sociedad más mayor, pero en una proporción mucho menor a la que pensamos. Si, nuestro cuerpo envejece. ¡Pero es que envejecer es vivir!
¿Por qué hemos de pasar un tiempo largo, pasada la madurez, lamentando lo viejos que somos, lo incompetentes que somos, lo poco que el cuerpo está en forma? Tenemos que desestigmatizar el concepto de vejez. Aceptarla. Mirarnos al espejo y estar contentos con lo que vemos. Me gustan las arrugas. Las canas. Son símbolos de experiencia. Y de que las cosas pueden cambiar. ¿Empezamos?
¿Por qué hemos de pasar un tiempo largo, pasada la madurez, lamentando lo viejos que somos, lo incompetentes que somos, lo poco que el cuerpo está en forma? Tenemos que desestigmatizar el concepto de vejez. Aceptarla. Mirarnos al espejo y estar contentos con lo que vemos. Me gustan las arrugas. Las canas. Son símbolos de experiencia. Y de que las cosas pueden cambiar. ¿Empezamos?

Roser Rovira
Me licencié en Química y he trabajado muchos años en Prevención de Riesgos Laborales. A los cuarenta años, cuando ya pensaba que lo tenía todo hecho, salí de mi zona de confort. Viviendo en Polonia realicé una web para escuchar cuentos en once idiomas, y en Massachusetts he trabajado de maestra, de intérprete en hospitales, de traductora para distritos escolares, y de creadora de contenido para un centro de niños con altas capacidades. Con cincuenta años, acabo de empezar un trabajo de asistente en un centro de investigación sobre el Alzheimer. Sé que puedo reinventarme, y acepto los retos que tengo por delante.
En mi tiempo libre, escribo. Mucho. Novelas, cuentos, relatos. Soy voluntaria en una web donde publican cuentos sobre niños enfermos, valientes y fuertes, que quieren contar su historia al mundo. Y escribo sobre la gente mayor. Sobre los viejos. Me encanta hablar con ellos, observarlos y escribir pequeñas historias o grandes cuentos sobre sus aventuras. Anna Editorial es mi proyecto para publicar libros, cuentos, audiolibros, cómics…. sobre gente mayor. Quiero luchar contra la discriminación por edad, el edadismo, a través de la literatura, para así empezar a eliminar los prejuicios erróneos que pesan sobre los mayores. Mis abuelas me enseñaron fortaleza y dulzura, y yo pretendo contar al mundo que el envejecimiento es vida, y que la vejez es un estadio más de la vida. ¿Te apuntas?
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