La historia de muchas…
Aprendemos cómo son las “cosas”, dónde están, cómo se usan y, con el tiempo, aprendemos cómo somos nosotras respecto a ellas. Vamos a la escuela, jugamos, imitamos a nuestros mayores, leemos cuentos, vemos dibujos animados, películas de Disney o Pixar….Para definir y mapear nuestra identidad femenina en contraposición con la de “ser hombre”

Fuente: Joshua Hoehne (Unsplash)
“Una vez fui una genio de las matemáticas. En el instituto saqué un 9,9 en álgebra, otro 9,9 en geometría y otro 9,9 más en trigonometría. Estaba en el equipo de matemáticas […]
«Hasta que me tocó dar clase con un tal señor Hellman, un profesor que no creía que a las chicas pudieran dárseles bien las matemáticas. Mis notas bajaron y no volví a dar esa asignatura nunca.”
Carol Dweck-´«Mindset. La actitud del éxito”
Si fuera yo a escribir el libro, mi historia no diferiría mucho de la de Carol: estudiante de matrícula de honor que dejó totalmente en blanco el examen final de matemáticas.
Decidieron aprobarme gracias a mi currículum académico, pero ese examen definió mi destino: no estaba hecha para las ciencias, no entendía la trigonometría y, aun peor, desarrollé un miedo patológico a todo lo que, para mi mente, tuviera significado de “examen”.
Ya no se trataba solo de romper “techos de cristal”, sino de hacerlo con los pies embarrados en arenas movedizas, pegados al suelo por el simple hecho de haber nacido mujer.
Jugando a ser Mujer
Durante nuestra infancia nuestros cerebros aprenden. Son los estímulos exteriores que van dando forma a nuestro mundo interno podando y fortaleciendo conexiones sinápticas.
Aprendemos cómo son las “cosas”, dónde están, cómo se usan y, con el tiempo, aprendemos cómo somos nosotras respecto a ellas. Vamos a la escuela, jugamos, imitamos a nuestros mayores, leemos cuentos, vemos dibujos animados, películas de Disney o Pixar….Para definir y mapear nuestra identidad femenina en contraposición con la de “ser hombre”.
Sí, porque para definir “qué soy” y “cómo son las cosas que me rodean” no solo necesito un modelo a seguir, sino que necesito la paradoja complementaria. Para entender “mujer” necesito el significado y el significante de “hombre”. Igual que como “ser la primera” necesito a la “segunda” o para ser “yo» necesito al “tú”.
Somos complementarios biológicamente hablando. El problema reside cuando la paradoja cerebral trasciende al espacio mental: Categorizaciones, atributos, roles, expectativas, comportamientos, creencias…Y así, mágicamente, una complementariedad biológica se convierte en confrontación comparada: “los niños no lloran”, “el sexo débil, “el rosa para ella y el azul para él”…Y un largo etcétera de estereotipos de género que se convierten en creencias integradas, en preferencias de comportamiento y en expectativas de confirmación.,
Aprendí cómo es “mujer”, dónde está y cómo se usa. Y, sin embargo, continuaba siendo buena en matemáticas…

Fuente: DCStudio (Unsplash)
Mamá ¡ya soy Mujer!
El final de la adolescencia y el principio de la edad adulta es el momento crítico de nuestra madurez cerebral: nuestro neocórtex, el cerebro nuevo, se desarrolla definitivamente.
Aunque nuestro cerebro es una gran red de sistemas integrados, parece (al menos hasta este momento) que es en el neocórtex donde residen nuestras funciones “superiores”. Las que nos convierten en seres humanos.
A diferencia del cerebro viejo, el neocórtex no tiene zonas altamente diferenciadas. Imagínate que es una servilleta de papel que, por necesidades de espacio, ha debido plegarse sobre sí misma, pero que cada pedazo de servilleta plegada es prácticamente idéntica a cualquier otro pedazo.
Y todavía más extraordinario, da igual a qué se dedique una región específica del neocórtex porque, como teorizó Mountcastle, “la razón por la que las regiones se ven similares es que todas están haciendo lo mismo. Lo que los hace diferentes no es su función intrínseca sino aquello a lo que están conectados..”
Esta no es una clase de fisiología neuronal, pero si nuestra mente es la emergencia de nuestro cerebro, es importante entenderlo (o, al menos, intentarlo!). Usando la metáfora de los Mil Cerebros de Jeff Hawkins nuestro neocórtex son millones de réplicas algorítmicas que siguen el mismo patrón: if -then (si esto…entonces aquello).
150.00 columnas corticales, la unidad de inteligencia, apiladas verticalmente y dedicadas básicamente a crear nuestro modelo del mundo. Y si durante nuestra niñez nuestros sentidos nos han enseñado qué hay en el mundo, ahora, nuestro cerebro se convierte en una mente predictiva.
Si aprendimos qué era “mujer” en contraposición a “hombre”, ahora todas las definiciones, categorizaciones, creencias, expectativas, comportamientos, percepciones, sensaciones y acciones se han integrado en nuestros circuitos porque…
“Los pensamientos y las experiencias son siempre el resultado de un conjunto de neuronas que están activas al mismo tiempo.[…] Nuestros estados mentales y la actividad de las neuronas son lo mismo.”
Hemos aprendido qué cosas hay en el mundo, ahora aprehendemos nuestra posición en el mundo y el silogismo aristotélico parece funcionar perfectamente: si aprendí que las mujeres no son buenas en matemáticas y yo soy una mujer, entonces, a pesar que mi propia experiencia lo desmiente, las matemáticas no son lo mio.
Es el mundo que pega mis pies al “piso” o son mis pies los que se pegan?
Asiática y Mujer… ¿quién ganará?
Imagínate ahora que eres asiática, mujer y estás en clase de matemáticas.
Linda Babcock y Sara Laschever en “Las mujeres no preguntan” pusieron en marcha un experimento revelador: prepararon a dos grupos diferentes de mujeres asiáticas con uno de estos dos estereotipos “los asiáticos son buenos en matemáticas» y «las mujeres son malas en matemáticas»
¿El resultado? Cuando las estudiantes tuvieron que especificar su género, invocando la amenaza de soy mala en matemáticas, obtuvieron calificaciones significativamente peores en la prueba de matemáticas que sus contrapartes femeninas quienes, al identificar su origen étnico, invocaron la creencia “ soy buena”.
“La amenaza estereotipada es la preocupación que sienten las personas por confirmar un estereotipo negativo sobre el grupo al que pertenecen, lo que produce ansiedad, expectativas más bajas y rendimiento reducido.”
Tampoco las graduadas de MBA salieron bien paradas en la encuesta: ”los hombres graduados recibieron salarios iniciales un 7,6% más altos que los de sus contrapartes femeninas.”
A primera vista, el sesgo de confirmación nos confirma (valga la redundancia) lo que ya sabemos: que a las mujeres se nos paga menos y que es posible que las empresas discriminen activamente a las mujeres. Pero, ¿somos víctimas de las circunstancias? O ¿tenemos nuestra parte de responsabilidad?
“Cuando se les preguntó si intentaron negociar un salario más alto, solo el 7% de ellas dijo que sí, en comparación con el 57 % de los hombres”. Lo sorprendente es que no se encontraron diferencias en las tasas de éxito masculinas y femeninas que intentaron negociar sus salarios iniciales.
¿Y las tenistas de élite? Con el mismo número de partidos del US Open, los hombres desafiaron al “ojo de halcón” 73 veces, en comparación con las 28 de las mujeres. Sí, quizás el tenis femenino sea más lento y más fácil de arbitrar, pero “cuestionar la decisión de un árbitro crea un conflicto, y las mujeres pueden ver ese comportamiento como incompatible con su sentido del buen espíritu deportivo.”
Y siendo buena en matemáticas confié demasiado en los estereotipos “positivos” del femenino: mostrando mis intereses solo si era preguntada, confiando en mi intuición, en mis habilidades de escucha y en mostrar mis emociones. Y desdeñé intencionadamente los estereotipos “negativos” de masculino: egoísta, asertivo o intimidatorio, hiperracional y poco emotivo,
Si no quería “colgarme” todas esas malditas cualidades, la solución era fácil: renunciar a ser buena en matemáticas.
Afortunadamente, todas las historias tienen un final abierto….

Marta Fernandez de Arroyabe Mas
Máster coaching y liderazgo UB, Certificada Sales Coach CIE, Postgrado Neuromanagement KU. Humanista y ADE.
Como buena barcelonesa llevo el comercio en mis venas. He trabajado en el sector desde que tengo conciencia. En grandes empresas, en mis propios negocios, aquí y en el extranjero. Como humanista traigo, la perspectiva, la curiosidad y la pasión por la voluntad humana de crear. Como empresaria, la constancia, la lucidez de las cifras y, a veces, la desesperación. Como neurocoach, la voluntad de acompañarte y creer firmemente que puedes alcanzar tus anhelos más profundos. Mi correo: coreografies@gmail.com
Puedes leerme en este enlace: mfda
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