Las mujeres somos más pobres de tiempo

En 28 años se ha registrado un incremento de la fuerza laboral femenina hasta 2018, de un 11%, obviamente un incremento leve y además truncado por los efectos de la pandemia. Aún así, las labores de cuidados siguen intactas bajo la responsabilidad generalizada y mundial sobre los hombros de las mujeres.

Foto de Mart Production (Pexels)

Los cuidados son todas las tareas necesarias para sostener la vida, “aquellas actividades que regeneran diaria y generacionalmente el bienestar físico y emocional de las personas” (ONU Mujeres y CEPAL, 2020. Cuidados en América Latina y el Caribe en tiempos de COVID-19. Hacia Sistemas Integrales para fortalecer la respuesta y la recuperación).

Estas labores no quedan solo limitadas a los cuidados y crianza de la infancia, o atención a los mayores; sino que adicionalmente cubren todo aquello que se ejecuta para el mantenimiento y limpieza de espacios domésticos, así como el mantenimiento de espacios públicos dedicados también al cuidado: hospitales, centros de asistencias, escuelas, centros educativos, oficinas, baños privados y públicos, e incluso establecimientos de comida.

Los cuidados tienen que ver con todo lo que realizamos transversalmente para el sostenimiento  de las personas que conforman nuestro sistema social y que sostienen igualmente al sistema de mercado. Los cuidados han representado una labor completamente invisibilizada socialmente, desmeritada, desprovista de valor social y reconocimiento, y por supuesto no remunerada o retribuida bajo condiciones laborales precarias, así como desprotegida y ciega a las leyes.

Para hablar de los cuidados se hace fundamental repasar y destacar la noción de división sexual del trabajo, como el fenómeno en el que basados en estereotipos que hemos heredado de forma ancestral, marcan o determinan lo que debería ser el rol de las mujeres y el rol de los hombres en nuestro sistema social.

Tradicionalmente hablando, estos roles destinan y vinculan a los hombres a las labores de producción en lo que llamamos el ámbito público. Es quien trae el pan a la casa, o como se ha llamado a este sistema familiar el “breadwinner”, término utilizado para referirse a un modelo centrado en el “sostén de la familia”, generalmente adjudicado a los hombres como los proveedores del dinero necesario para sostener la economía del hogar.

A las mujeres les quedó asignada en esa división, el ámbito privado, el de la gestión, cuidado y crianza de la infancia y personas mayores en la familia, la limpieza general, lavado de la ropa, gestión de la compra de comidas, cocinar, y toda la carga mental que implica todo esto, por ejemplo, hacer listas de alimentos, llevar el control de las clases de los hijos/as, llevarlos y traerlos de la escuela y llevar el control de los horarios y responsabilidades escolares; gestión de las personas mayores en cuanto a requerimientos de tratamientos, medicinas, terapias, entre otras.

De estas labores no se excluye el afecto, gestionar las emociones en cada etapa, brindar apoyo emocional, y si queda tiempo algo de autocuidado; que también está incluido en las referencias que se hacen de los cuidados pero que poco tiempo dedicamos nosotras a ello.

«Aquello que llaman amor, es trabajo no pago»
Silvia Federicci

La crisis de tiempo en las mujeres radica en que si nos toca, casi de una forma impuesta, asumir todas las tareas de gestión del hogar y de las personas de nuestra familia, ¿cómo podríamos asumir un reto profesional?

Cuando una proporción minoritaria de mujeres se plantea y desea insertarse en el mundo laboral, se enfrenta con jornadas dobles y triples de trabajo remunerado y de trabajo no remunerado vinculado a los cuidados. Ya que estas actividades lamentablemente siguen siendo hoy responsabilidad y obligación de nosotras.

En otras palabras, las mujeres que deciden salir a trabajar, ya sea en el ámbito formal o informal, se encontrarán con la gran barrera del tiempo y una sobrecarga de trabajo.

Las mujeres estamos considerando cada vez más buscar recursos económicos propios saliendo hacia el mercado, hacia el ámbito público, pero el régimen familista tan arraigado en nuestra región no ha atraído a los hombres a incorporarse en la misma medida a la corresponsabilidad en las labores de cuidados y tareas domésticas.

Este desbalance produce la gran pobreza de tiempo de las mujeres. De aquí que las mujeres en su mayoría deben conformarse con trabajos precarios y mayoritariamente informales, a destajo o por proyectos. Incluso este régimen tan asentado en la región, y centrado en la familia, ha llevado a muchas adolescentes a dejar los estudios para “ayudar” en la casa con las labores del hogar, otra gran causa de la feminización de la pobreza, ya que esas adolescentes y mujeres jóvenes quedan limitadas a atender a sus familias y a trabajos domésticos y esto merma sus posibilidades, expectativas y ambiciones personales y profesionales.

Para aquellas mujeres que logran terminar sus estudios y plantearse una carrera profesional, se apoyan en la mercantilización de los servicios domésticos, opción muy limitada a un grupo social con mayor poder adquisitivo que puede permitirse contratar a un tercero (normalmente mujer) para que atienda su hogar y a sus hijos.

 

Foto de Jep Gambardella (Pexels)

Crisis de los Cuidados

Hay una serie de causas que actualmente han llevado a la CEPAL y ONU Mujeres, entre otros organismos de carácter público, a considerar que estamos viviendo una Crisis de los Cuidados en toda la región de América Latina y el Caribe, pero que además podría extrapolarse a los países del resto de continentes. Entre estas causas está, por un lado, que la expectativa de vida de las personas en nuestra región se está alargando cada vez más, por lo que la población con necesidades de cuidados va en aumento. Por otro lado, la actividad femenina ha vivido algún incremento desde 1990, sabemos que muy afectada por los efectos del COVID, pero que se considera seguirá creciendo aunque a un paso más lento.

Esta crisis del cuidado, está llevando a los países a poner en la agenda políticas públicas vinculadas a un sistema de cuidados. Los países y sus gobernantes están comenzando a tener un papel más activo en la generación de soluciones que alivien la carga de cuidados sobre las mujeres para fomentar una mayor participación laboral de esa mitad de la población. Un proceso que se ha venido gestando desde hace unos 20 años, y que poco a poco ha tomado mayor reconocimiento y visibilidad en la agenda pública.

Me gustaría cerrar con esta frase “Aquello que llaman amor, es trabajo no pago”, de la mítica feminista de origen italiano y residenciada en Estados Unidos, Silvia Federicci, que puso en el top de la opinión pública en los años ´70 una campaña para hacer visible el fenómeno de la división sexual del trabajo, y cómo las familias y la sociedad romantizan esos cuidados ejercidos por las mujeres.

Federicci quiso manifestar y poner énfasis en que el trabajo de cuidados al interior de los hogares, debería ser considerado como cualquier otro tipo de trabajo, que requiere esfuerzo, tiempo, dedicación, organización y carga mental, pero que no era reconocido ni retribuido económicamente por la sociedad ni por el mercado.

Y, adicionalmente, era romantizado con un halo de complacencia social y a conveniencia de muchos actores, como un acto de amor por parte de las mujeres. Así quedaba justificado de alguna manera que las mujeres siguieran responsabilizándose de estas tareas, fenómeno que aún hoy, en pleno 2022, sigue tan actual como en aquel momento.

Vanessa Marcano Boos

Vanessa es Comunicadora Social con Máster en medios y Educación y una Especialización en Políticas del Cuidado desde una Perspectiva de Género. Es fundadora de Momsdata.com y co-fundadora de Femdataconsultoria.com.

 

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