Percepción de la Vejez en los Adultos

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Se nos ha inculcado muy dentro de nuestro ser, que los adultos son la parte productiva de la sociedad. Muy dentro de nuestro ser, los adultos han absorbido el deber de ser la fuerza que mantiene, gracias a su trabajo, a los demás grupos de edad. Y eso parece que tenga que darles poder infinito. Control absoluto.

A nivel societario, los adultos, la masa trabajadora de la sociedad, tienen un trabajo que les paga las facturas de la casa y los caprichos.

A nivel biológico, los adultos son quienes tienen capacidad reproductora y, como tal, se encargan de las necesidades generadas por sus hijos.

Y los adultos, personajes con tiempo limitado debido a sus ocupaciones remuneradas y familiares, ven a sus progenitores como la última barrera que les queda antes de llegar ellos a ese abismo que les llevará inexorablemente hacia la muerte y las tinieblas.

La vejez les da miedo a los adultos. Y no quieren llegar a ella. Pero quieren llegar. Porque la alternativa es peor.

La vejez, la última etapa de la vida, la tienen cerca. Pero los adultos se ocupan y ocupan y pagan facturas y cuidan a sus hijos y discuten con sus padres. Dentro de una posición de poder. Han pasado de ser hijos a ser padres, de jóvenes a ser adultos, de ser libres a tener responsabilidades. Y esto coloca a sus padres, a sus progenitores, en segundo término. Porque son viejos, porque no forman parte de la masa productiva, puesto que sus hijos, adultos, ya se encargan de sí mismos.

Condescendencia. Esta es la palabra que define en gran medida la actuación de los adultos hacia los viejos. Condescendencia porque los adultos tienen la sartén por el mango. Porque, tal y como se les ha repetido hasta la extenuación a través de muchos medios, ellos son la masa útil de la sociedad, los que están en plenas capacidades físicas y mentales, los que sustentan al pueblo, al mundo, a sus descendientes y a sus antecesores. Y, con esta seguridad ficticia, los adultos intentan desvincularse emocionalmente de un grupo de edad que les da miedo y que saben que lo tienen cerca.

Condescendencia a la hora de hablar con sus padres. «¿Y tú qué sabes, si estás anticuado?». Y los viejos estorban. La solidez, altivez, pragmaticidad, resolución y eficiencia que los adultos de ahora habían visto en los adultos de antes, quedan relegadas a ver indecisión, descuidos y olvidos, según sus puntos de vista actuales. Cuántas veces hemos escuchado: “Parece que papá pierde facultades”, de la boca de adultos que de jóvenes habían idolatrado a aquella persona.

Cuando una persona vieja dice algo sin sentido, es porque empieza con los primeros signos de demencia, según los indicativos societarios.

Cuando una persona adulta dice algo sin sentido, es porque va agobiado, según los mismos indicativos societarios.

Durante la etapa adulta, los humanos nos erigimos como reyes indiscutibles de nuestro mundo. Los adultos gobiernan con fuerza y ​​contundencia, pero minimizan casi totalmente las hazañas de otros grupos de edad.

Un adulto puede sentir empatía por los bebés, a los que consideran adorables; puede sonreír cuando ve jugar a una niña o un niño; puede entender las tribulaciones juveniles. ¿Por qué? Porque él ya ha pasado por estas etapas.

Para llegar a ser un adulto, éste ha pasado por la etapa infantil y la juvenil. Él sabe que las etapas anteriores que ha vivido no han sido sencillas, que cuando era pequeño quería ser mayor, que cuando era joven quería poder tomar sus propias decisiones.

Se creyó toda la parafernalia publicitaria que estaba encaminada al logro de la madurez, y que le llevaría a una estabilidad física y mental absoluta. A pesar de que el adulto sabe que esta estabilidad es mentira, él sigue creyendo, necesita seguir creyendo que la edad adulta es la mejor etapa de la vida.

¿Qué queda después? La decadencia. El declive mental y físico de los ancianos.

Nos hemos acostumbrado a creernos estas absurdidades generalistas, y no tenemos en cuenta la individualidad específica de cada persona, de cada ser humano, que evoluciona de una manera u otra en función de sus características personales, no imbuidas dentro de la masa general. Y la vejez, vista desde la edad adulta, da miedo.

Miedo a llegar más pronto de lo que uno quisiera. Y miedo porque no tiene conocimientos propios sobre cómo será el ser viejo.

Un adulto ha sido bebé, niño y joven antes de ser adulto. Un adulto nunca ha sido viejo. Y este desconocimiento de la etapa de la vejez conlleva a creerse con todo detalle todos los estereotipos que ha ido masticando durante toda su vida.

Los viejos, todos, necesitan cuidados especiales porque están enfermos; los viejos, todos, echan de menos el hecho de ser jóvenes y brillantes y activos; ningún viejo aparece en anuncios publicitarios, ningún viejo puede navegar, o correr, o reír o seducir.

Y los adultos se creen estas generalizaciones y tratan de forma condescendiente a toda una masa social heterogénea como masa homogénea decadente y que necesita cuidados para sobrevivir.

Frases típicas:

Un chico de veinte años:

«Ahora es cuando tenemos que disfrutar, que después vienen las obligaciones».

Una persona de treinta años:

«Los treinta de ahora son los veinte de antes».

Una persona de cuarenta años:

«Los cuarenta de ahora son los treinta de antes».

Una persona de cincuenta años:

«Los cincuenta de ahora son los cuarenta de antes».

 

En ningún caso se quiere ser mayor, más maduro, tener mayor experiencia. “Ya estamos en la edad del si no fuera…”, “¡Aprovecha, tú que eres joven!”, “¡Quién pudiera volver a los veinte!”, …

Vivimos en una constante negación de nuestra edad actual. Maquillamos las arrugas, las canas, para aparentar ser más jóvenes, más bellos, más atléticos, más nuevos.

Los adultos tienen miedo a la vejez. Y saben que tienen un pie dentro de ella. Pero luchan con todas sus fuerzas para prevenir el paso del tiempo a través de operaciones estéticas, de concepciones equivocadas de la realidad y de posiciones de fuerza a la hora de argumentar sus teorías equivocadas sobre el hecho de hacerse mayor. Acerca de llegar al siguiente estadio de la vida. El de la vejez.

Roser Rovira

Me licencié en Química y he trabajado muchos años en Prevención de Riesgos Laborales. A los cuarenta años, cuando ya pensaba que lo tenía todo hecho, salí de mi zona de confort. Viviendo en Polonia realicé una web para escuchar cuentos en once idiomas, y en Massachusetts he trabajado de maestra, de intérprete en hospitales, de traductora para distritos escolares, y de creadora de contenido para un centro de niños con altas capacidades. Con cincuenta años, acabo de empezar un trabajo de asistente en un centro de investigación sobre el Alzheimer. Sé que puedo reinventarme, y acepto los retos que tengo por delante.

En mi tiempo libre, escribo. Mucho. Novelas, cuentos, relatos. Soy voluntaria en una web donde publican cuentos sobre niños enfermos, valientes y fuertes, que quieren contar su historia al mundo. Y escribo sobre la gente mayor. Sobre los viejos. Me encanta hablar con ellos, observarlos y escribir pequeñas historias o grandes cuentos sobre sus aventuras. Anna Editorial es mi proyecto para publicar libros, cuentos, audiolibros, cómics…. sobre gente mayor. Quiero luchar contra la discriminación por edad, el edadismo, a través de la literatura, para así empezar a eliminar los prejuicios erróneos que pesan sobre los mayores. Mis abuelas me enseñaron fortaleza y dulzura, y yo pretendo contar al mundo que el envejecimiento es vida, y que la vejez es un estadio más de la vida. ¿Te apuntas?

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