Susana Reina: «El feminismo se ha levantado sobre la creencia de que vivir una vida digna para las mujeres es posible, aun cuando todo estaba en contra.»

Por Marita Seara
Hay mujeres que te ayudan a entender mejor el mundo y, con ello, a comprender por qué algunas luchas son imprescindibles. Susana Reina es una de ellas.
Hace más de diez años, la vida —y también internet— me llevó hasta ella. Desde entonces, no ha dejado de crecer mi admiración por su lucha incansable, su compromiso con los derechos de las mujeres y su capacidad para llevar el feminismo a espacios donde durante mucho tiempo parecía impensable siquiera nombrarlo. Admiro lo que ha construido con FeminismoINC y, especialmente, su manera de implicarse, colaborar y tender la mano a otras mujeres. Susana es una referente del movimiento feminista, pero también una mujer que entiende que ninguna transformación se sostiene sin el trabajo de muchas otras.
Susana no nació feminista. Su activismo nació, como ella misma cuenta, de la gratitud por los derechos que pudo ejercer y de la indignación ante los que tantas mujeres siguen teniendo negados. De reconocer el privilegio propio y convertirlo en responsabilidad. Quizá ahí esté una de las claves de su compromiso: entender que lo que hemos conquistado no puede quedarse en una experiencia individual, sino que debe servir para que otras mujeres también puedan avanzar.
Esta conversación gira en torno a FEminismo: Creer y Luchar, su tercer libro. Un título que lleva dentro una declaración de principios y que nos invita a hablar de la fe cuando los derechos retroceden, de las heridas y las contradicciones del propio movimiento feminista, de las conquistas que no podemos dar por sentadas y de la necesidad de seguir activándonos. Porque creer no significa cerrar los ojos ante lo que falla. Significa encontrar razones para continuar luchando, incluso cuando el camino se hace cuesta arriba.
«Muchos de los derechos de los que hoy gozamos eran inimaginables para nuestras abuelas y bisabuelas, y hoy los tenemos. Creo que si alguna de ellas resucitara, se sumaría enseguida, porque lo más sencillo —ponerse un pantalón, firmar una cuenta en un banco, subirse a un autobús y bajarse, hablar, gritarle a alguien— no era parte de esa cultura..»
Con Susana, hablar de feminismo siempre acaba siendo algo más que hablar de ideas: es hablar de nuestras vidas, de lo que nos indigna, de lo que hemos aprendido y de todo lo que todavía tenemos pendiente.
Para mí, Susana es una referente y una inspiración. Una de esas mujeres cuya trayectoria no solo admiras, sino que también ilumina tu propio camino. Cuando llegué a España y buscaba cómo dar forma a mis inquietudes, encontrar su trabajo fue parte de ese recorrido. Y sé que mi camino, mi manera de entender la lucha feminista y mi propia historia con Visionarias no habrían sido los mismos sin ella.
Un antes de ser feminista
Visionarias (Marita): Siempre tenemos una historia, un antes de ser feminista. ¿Cómo fue ese proceso, el momento en que dijiste «soy feminista, quiero dedicarme al activismo»?
Susana Reina: Yo siempre digo que llegué un poco mayor a esto del feminismo. Me hubiera encantado tener la oportunidad que tienen ahora tantas jovencitas, incluso niñas, de hablar sobre feminismo, de contar sus historias.
Eso no lo viví yo como parte de mi experiencia vital, porque una era mujer y tenía que resolver y seguir una serie de tradiciones, sobre todo muy marcadas por la iglesia, por la escuela, por los padres. Yo crecí en un entorno muy conservador, muy protegido, y solo después, de grande, empecé a darme cuenta de la discriminación que muchas mujeres sufrían.
No la mía propia, porque la verdad te puedo decir, Marita: yo vengo del privilegio más privilegiado. Pude estudiar en la universidad, pude decidir cuándo me casaba y con quién, pude divorciarme cuando lo decidí, tomé pastillas anticonceptivas. Tuve un montón de prerrogativas y derechos a mi disposición que me protegieron, de alguna manera, de lo que sufre la inmensa mayoría de las mujeres en el planeta: acoso sexual, violación, abortos clandestinos, matrimonios infantiles, mutilaciones genitales.
Cuando empiezas a hacer la lista de todos los horrores que las mujeres en su mayoría viven, dices «wow» —primero un sentido de gratitud personal, pero segundo una sensación de solidaridad que parte de la indignación de esa injusticia, de la rabia de que durante toda la historia de la humanidad a las mujeres se nos ha caracterizado como ciudadanas de segunda.
Empecé a descubrir que había algo que se llamaba el movimiento feminista, y que además hubo una historia de 300 años que partió desde Olympe de Gouges, las sufragistas. Y dices: «¿Y esto por qué nunca nadie me lo explicó en una clase de historia universal?». Es una historia no contada, que uno tiene que empezar a escarbar por todos lados. Y cuando la descubres, cuando conversas con otras y te das cuenta de que hay todo un desarrollo montado, teorías de género y mujeres fabulosas que abrieron el camino para todas las que hoy estamos acá, lo primero es gratitud por ese trabajo, y lo segundo es: me tengo que activar yo también.
No podía ser que, teniendo yo una capacidad de influencia con las mujeres de mi entorno —familia, comunidad, compañeras de trabajo, amigas—, no hiciera nada. Decidí, y eso fue como en 2015, en una de esas crisis en las que uno dice «Dios mío, ¿qué hago con mi vida ahora?», dije: me voy a poner a ayudar a cuanta mujer yo pueda. A fortalecerla, a echármela un poco al hombro, a llorar juntas, a lo que sea necesario para que ellas puedan avanzar.
Tampoco me siento la más avanzada; en ese proceso he aprendido muchísimo. Mi intención, Marita, y tú lo sabes, es escribir, mostrar, identificar, señalar lo que no está bien, y poner en la conversación pública un feminismo que antes no tenía cabida, como por ejemplo en las empresas. Por lo menos en Venezuela, hablar de feminismo en una organización —a una de las cuales yo pertenezco— era como nombrar a Drácula, algo impensable. Pero eso puede llegar a la agenda de una junta directiva. Es todo un trabajo que requiere constancia, pero sobre todo mucho foco y dirección, y quitarte de encima los juicios de que eres la loca, como me dijeron montones de veces, que si a mí me habían violado, que ahora veo todo con ojos feministas.
Y digo: no, no hace falta eso, pero sí me siento violada en mis derechos y en las oportunidades que pude haber tenido y que no vi. Es todo un proceso, una transformación personal. Como decía mi mentora feminista, Evangelina García Prince, que en paz descanse: una experiencia terremótica. Ella decía: «Después que tú lo ves, ya no hay marcha atrás». Es un proceso bellísimo que me encanta haber vivido.
El feminismo como acto de fe
Visionarias: Háblanos de tu tercer libro FEminismo: Creer y luchar. ¿Cómo llegaste a él?
Susana: No sé si mi cercanía a la idea de la muerte —porque uno se va poniendo viejita, quieras o no— cumplo 65 años ahorita, y en esos días me puse a sacar la cuenta y dije: «Dios mío, en 15 tengo 80, qué rápido». A lo mejor esa condición me acercó más a la dimensión de la espiritualidad. Porque antes había escrito mucho sobre las cosas que nos mueven: las emociones, el cuerpo, las ideas, pero nunca había considerado la dimensión humana, el alma.
Y, sobre todo, después de que escribí para Visionarias, para Tendencias 2026: 16 miradas expertas sobre los cambios que están redefiniendo el mundo, ¿te acuerdas que elegí el tema Feminismo está bajo fuego? Y con todo este retroceso en los derechos, con los gobiernos neoconservadores y de ultraderecha que son cada vez mayoría, empiezas a dudar, a decir: «Dios mío, si esto se fue todo al carrizo».
Pero de pronto, en una de esas meditaciones, dije: «No tiene por qué ser así». Cuando escribí Bajo Fuego, recuerdo que dije: «Ahora es cuando más hay que creer». No hay un solo país en el planeta que tenga garantizada la igualdad. Ninguno; ni siquiera se han cerrado las brechas según ningún índice que consulte.
Entonces pensé como una especie de epifanía: «El feminismo incluye la fe, en sus iniciales está la fe incluida». Y empecé a escribir y a meditar sobre qué es la fe: la fe es la creencia en que algo que no ha ocurrido va a venir. Es como una certeza de que, aunque no lo he visto, sé que es posible.
Muchos de los derechos de los que hoy gozamos eran inimaginables para nuestras abuelas y bisabuelas, y hoy los tenemos. Creo que si alguna de ellas resucitara se sumaría enseguida, porque lo más sencillo —ponerse un pantalón, firmar una cuenta en un banco, subirse a un autobús y bajarse, hablar, gritarle a alguien— no era parte de esa cultura.
Entonces la cultura se transforma, y nosotras con ella; nosotras construimos la cultura. El feminismo se ha levantado sobre la creencia de que vivir una vida digna para las mujeres es posible, aun cuando todo estaba en contra. Y ahora, viene esta arremetida —que para mí, como lo dije en Tendencias, no es una prueba de fracaso del movimiento, sino todo lo contrario, de su fortaleza—, porque si este movimiento no fuera amenazante, nadie se metería con nosotras.
La prueba de que sí se están logrando cambios importantes, es que vienen los ataques más duros. El incremento en la violencia de género, nos dice Rita Segato -escritora y antropóloga argentina-, es la manifestación de que hay una clase patriarcal que se ve amenazada y acorralada, y se defiende como puede, que es con la violencia. Entonces creo que esto, lejos de asustarnos, debería hacernos cobrar conciencia de que estamos fuertes. Vamos bien, estamos tocando núcleos de poder que reaccionan; obviamente hay una resistencia importante, y tenemos que pensar formas creativas y muy estratégicas para continuar la lucha, pero desde distintos flancos.
Somos tantas, estamos por todo el mundo, y las redes sociales, lejos de satanizarlas, para mí han sido una bendición, en el sentido de que hacen que el conocimiento se difunda mucho más rápido, de que estemos todas ahí, de que movimientos que jamás hubiera conocido ahora sean amigas del alma; el mensaje se duplica, se triplica, se cuadruplica, y llega a sitios donde jamás había llegado.
Creo que estamos en un momento precioso para seguir creyendo, para inspirarnos, y quise plasmarlo en el libro, porque sentía que era el mensaje que muchas necesitamos escuchar.
En estos días, Ángela Davis, feminista radical de los años 70 y 80, dijo en México: «La misión de toda activista feminista en este momento es sembrar esperanza». Y dije: «Dios mío, sentí bautizado mi libro». Lo dijo hace dos semanas. Qué epifanía; me encanta cuando esas circunstancias se van alineando.
Es el momento de recuperar el sentido optimista de la vida. Es el momento de decir: claro que se puede, de conectarnos con la ambición, no con la resignación. De decir: mientras más nos atacan, más seguimos adelante, porque el momento lo exige, y las compañeras, niñas, adolescentes, mujeres que están pasando trabajo y problemas nos están viendo a nosotras, y no podemos colgar los guantes. No es el momento de hacerlo.
Creer sin dogma
Cuando le preguntamos cómo se sigue creyendo y luchando mientras los derechos retroceden y el propio feminismo se parte en etiquetas, Susana Reina empezó por la aritmética: 300 años de movimiento frente a miles de patriarcado.
«Ha sido un movimiento exitoso», sostiene, y la prueba es la conversación misma: «No estamos dentro de una casa haciéndole comida a un marido, criando a todos los muchachos que Dios quiera mandarme, calladita, en silencio, sin poder opinar». Ahí, dice, está «la principal fuente de mi fe». La segunda razón es la contraria: saber que la igualdad no se ha alcanzado, y que eso obliga a actuar, desde la asamblea que aprueba una ley hasta el día en que una mujer pone un límite o se va de una empresa donde no la valoran.
Esa fe, advierte, tiene un riesgo: «Como toda fe, corre el riesgo de convertirse en dogma». Por eso defiende un feminismo que no sea homogéneo, porque «las mujeres somos diversas». No piensan igual una mujer de la África subsahariana, una indígena de una zona rural adonde no llega ni internet, una mujer con discapacidad o una de distinta orientación sexual». A la discusión no le teme; le teme, dice, «a quien llega tratando de imponer un enfoque único».
Lo ilustra con las mujeres de su escuela Atrevidas que le preguntan si rezar el rosario las deja fuera del feminismo. Su respuesta es preguntarles qué las une: si quieren lo mejor para las mujeres, si quieren que se defiendan sus derechos, si quieren una sociedad sin violencia de género. Si la respuesta es sí, «estamos en lo mismo».
Quien te obliga a elegir entre blanco y negro, afirma, «está manipulando la situación», porque esta es una lucha con «muchos grises, muchos matices». Su propuesta es marchar juntas en lo que une y que cada una decida después qué consignas aplica a su vida. Un movimiento diverso, concluye, «tiene que ser parte de la agenda estratégica feminista del futuro».

Un movimiento con muchos grises
Visionarias: ¿Crees que dentro del propio feminismo hay que revisarse, que hay cosas que se están haciendo mal?
Susana: Las luchas que se van conquistando son triunfos que hay que poner sobre la palestra. Lo que yo diría de revisarnos todo el tiempo es no caer en las herramientas que el patriarcado nos enseñó, porque es difícil, es como construir una casa en pleno terremoto. A nosotras nos criaron machistas; tenemos ese chip machista incrustado en todas las células.
Primero darte cuenta, y después intentar sacarlo, son trabajos grandísimos. Ser coherente entre lo que digo y lo que hago, entre lo que pienso, lo que siento y lo que le digo a los demás que hagan, es una tarea titánica. Por eso tenemos que ayudarnos unas a otras y ser solidarias: el sesgo que tú no ves, lo veo yo, y así nos vamos corrigiendo unas a otras.
No deberíamos caer en esas herramientas que el patriarcado nos enseñó, como excluir a otras, intentar imponer por la vía de la fuerza, apropiarnos del conocimiento como si yo fuera la única que sabe.
Eso es humano, profundamente humano, y tiene su explicación en la educación que recibimos; pero es parte del trabajo: como feministas tendremos que estar todo el tiempo muy alertas, en revisión personal y también colectiva, de forma que no repliquemos un mundo y una sociedad que se basa en la opresión y la discriminación, que es justamente lo que queremos erradicar. No es sencillo, pero esa es la tarea, creo yo.
Visionarias: No es fácil, además, cuando hay mujeres que también hacen retroceder estos movimientos, como en Colombia y en otros países, mujeres que ponen en retroceso los derechos por los que hemos luchado.
Susana: Sí, pero esos no son movimientos aislados. Eso no es que a una se le ocurrió; es parte de esa reacción, es como recuperar algunos valores tradicionales que nos vuelven a meter dentro de la casa, que nos vuelven a plantear la idea de la reproducción como misión, sobre todo después de que han disminuido los índices de natalidad a nivel mundial y demográfico.
No hay puntada sin dedal: hay que tener esa capacidad sistémica de ir enlazando las cosas, y no caer en ese discurso, en esa manipulación, en esa narrativa patriarcal que hace sentir a muchas, sobre todo a las más jóvenes, que antes se vivía mejor. Pregúntale a tu abuela si era así. No hay nada en el pasado que sea mejor que lo que tenemos hoy. No hay que romantizar esa vuelta a la opresión, y hay que estar todas muy alertas para que eso no vuelva a pasar.
«Cuando me hice activista feminista, hace apenas unos 15 años atrás, siento que di un salto de fe que implicó para mí creer que lo que había sido configurado “naturalmente”, podía ser transformado políticamente. El proceso me llevó a aprender a confiar en que lo que parece inevitable, realmente no lo es. Porque el feminismo, además de ser una teoría, una consigna o un movimiento político, involucra un acto de fe. Las feministas creemos contra la costumbre, contra la tradición, contra estructuras milenarias, que la dignidad de la mujer es irrenunciable y sostenemos por sobre todas las cosas que la igualdad no es una concesión, sino un principio. Esa confianza, esa convicción profunda, es una forma de fe que nos lleva a defender la tesis de que ninguna mujer nace para ser “lo otro”, fe en que ninguna de nosotras está destinada a la subordinación. El feminismo cree en una sociedad donde la igualdad, más que aspiración, sea estructura y eso es algo que aún hoy no existe plenamente en ningún lugar del mundo como para tener referencia. Esa creencia, sin embargo, está lejos de ser involuntaria, antes bien, es una decisión ética.».
Del libro FEminismo: Creer y luchar
Empresas: entre el caballo de Troya y el lavado de imagen
Visionarias: Tú trabajas con muchísimas organizaciones impartiendo formación y mentorías sobre liderazgo. ¿Qué tan comprometidas están realmente las empresas con la igualdad, y no solo con no ser multadas o no quedar mal?
Susana: Sí, sí, hay mucho de eso, muchísimo. No es un tema nada más de cantidad de mujeres en los puestos de liderazgo, sino de qué hacen esas mujeres estando allí. Si son el caballo de Troya que todas esperamos, que han entrado y le han abierto la puerta a muchas, o si vienen a mantener el statu quo, a proteger los valores del patriarcado, a ganarse la aprobación de ese varón poderoso —que muchas creen que es esa la vía, y yo lo creí durante muchos años en mi vida profesional—.
Hay tantos vicios involucrados en eso, que hay que empezar a desmontar. Es un trabajo precioso, pero también complicado, enorme; no es sencillo, no es un discurso, no es una charla el Día de la Mujer, no es ponerse de color rosa o disfrazarse de naranja el 25 de noviembre, Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
No podemos exigir conciencia total, esa epifanía que le cae a todo el mundo, pero por algo se empieza, aunque sea para abrir la conversación. Las organizaciones son redes de conversaciones: de lo que no se habla, no existe.
Entonces, aunque sea hablar de eso, darle una charla al personal sobre que la violencia de género existe y cómo prevenir esas manifestaciones, ya es algo que estás aportando. Ahora, siempre hay que ir más allá. Y ese más allá supone tener líderes internos que propicien este cambio, que lo lleven más allá de sus funciones habituales; es casi un voluntariado puesto al servicio de los derechos de igualdad entre hombres y mujeres en los espacios laborales.
Conozco y he acompañado empresas; sobre todo las transnacionales lo tienen más claro, porque hay organismos regulatorios que exigen que ese compromiso se muestre en hechos. Quizás las más pequeñas ni se lo plantean.
Formamos una alianza de organizaciones en Venezuela, he estado en otros países también; creo mucho en las alianzas, en las redes. Tú y yo estamos en miles de grupos de mujeres, pero no hay otra manera de llevar esto adelante: por tu lado, tú sola, no. Nos unimos, y eso —tú sabes— no está libre de tensiones, de fricciones, de conflictos, de diferencias de parecer, pero esa es la vida, y esa es parte del trabajo.
Creo que las alianzas, la sororidad, el creer en nosotras, y además llevar el mensaje a donde pareciera imposible que cale —como las empresas, que son instituciones capitalistas patriarcales, construidas sobre la producción y el privilegio de los hombres, sobre todo si son blancos, bien educados, ciudadanos de primera, y donde las mujeres tenemos que estar buscándonos un espacio— aun en esos espacios, creo que el feminismo tiene vida.
«Llamo FEminismo a la decisión consciente de creer en la igualdad como valor no negociable. Una fe crítica, incomodadora, que hace preguntarse constantemente si se está siendo coherente con aquello que se dice defender. Pero no toda fe fortalece la lucha. Hay una fe que calla, que justifica, que divide a la gente en puros e impuros, que mantiene estructuras injustas y que premia el silencio. Y hay una fe que libera, que indigna ante las injusticias, que cuestiona y que nos impulsa a construir un mundo más justo. FEminismo nace de esta segunda forma de fe, la que no se conforma con la tradición ni con el poder establecido, la que sostiene la lucha incluso cuando parece que todo está en contra. Esa fe radical, consciente, compasiva, es la que me impulsa a creer y a actuar, a intentar ser libre y a luchar por la libertad de todas. Fe en la justicia significa revisar sistemas que normalizamos sin cuestionar. Fe en la igualdad significa aceptar que el talento, la inteligencia y la autoridad no dependen del sexo con el que se nace. Fe en la dignidad significa afirmar que ninguna mujer vale menos por su cuerpo, su historia, su maternidad o su decisión de no ser madre, por ejemplo.».
Del libro FEminismo: Creer y luchar
Hacia dónde va el feminismo
Visionarias: ¿Hacia dónde crees que va el feminismo?
Susana: El feminismo se ha descrito como en olas. Amelia Valcárcel, filósofa feminista española, lo ha descrito muy bien: no son etapas donde puedas decir «se consiguió esto y pasamos adelante», sino que son cosas que avanzan, como la ola del mar, que van y vienen, pero siempre avanzando un poco más.
Creo que tiene un impulso grandísimo gracias a las organizaciones feministas emergentes de muchachas jóvenes, con todas estas ganas, esta ilusión, este entusiasmo propio de la edad, además muy creativas, que utilizan la imagen y conocen mejor las expectativas de la generación Z. Yo, por ejemplo, no sabría cómo hablarle a una chica de 15 años hoy en día; yo le hablo a mujeres contemporáneas. Pero bueno, hay para todo. Creo que se afianza cada vez más.
Es un movimiento que ojalá desaparezca en algún momento, porque eso significará que se consiguió la igualdad, pero ya sabemos que todavía hace falta mucha más acción feminista.
Mi lectura del futuro feminista es superpositiva mientras más mujeres asuman posiciones de poder y se doten de una agenda feminista —no importa el cargo que sea—, pero que se les pase por la mente cómo este problema impacta de manera diferente a hombres y a mujeres, y qué puedo hacer yo para lograrlo, eso ya es un paso gigantesco.
Por eso es importante, Marita, documentar todo esto. Y te felicito: felicito a Visionarias porque documentan todo, con sus audios, sus videos, sus escritos, para que el relevo no parta siempre de cero, no inventando desde cero. Visionarias, y tú con tu medio, con feminismo, me parece vital.
¿Qué quieres lograr con FEminismo: Creer y Luchar?
«Quiero que las que están dudando se recuperen. Quiero sembrar esperanza. Quiero decir: sí, estamos bien. Quiero que muchas que no creen, crean. Porque no es creer más, sino creer mejor: creer que el cambio y las transformaciones sociales son posibles y logrables. Creo que las emociones son todo, las emociones mueven. Ese convencimiento interno… no tengo ninguna evidencia de que eso pueda ser posible, pero le voy a apostar.
«Entonces, esa decisión, porque el creer y luchar los veo juntos: no es nada más creer y esperar que venga un milagro. Es mirar y hacer que eso pase».


¿Quién es Susana Reina?
Susana Reina es feminista venezolana, psicóloga con máster en Administración de Empresas y Mercadeo, y Coach Ontológico Empresarial. Es especialista en Políticas Públicas con Enfoque de Género.
Es fundadora de FeminismoINC y cofundadora de FemData Consultoría. Actualmente es Vicepresidenta de Desarrollo Corporativo del Grupo Multinacional de Seguros en Panamá, Curazao y Puerto Rico, desde donde apoya a mujeres a alcanzar posiciones directivas y asesora a empresas en el diseño de planes de inclusión y diversidad en América Latina y el Caribe.
Es autora de Incomodar para Transformar. Reflexiones en torno al movimiento feminista, Atrevidas: Manual de trabajo personal para el activismo feminista, y ahora de FEminismo: Creer y Luchar.
Ha sido reconocida por la Embajada de los Países Bajos en Venezuela como una de las 100 protagonistas que promueven la igualdad de género en el país, y fue seleccionada para el Primer Cuadro de Honor de 50 Mujeres Importantes de los 5 continentes en la Séptima Cumbre Mundial del Conocimiento 2024, en Dubái.
Es columnista en medios como Efecto Cocuyo (Venezuela), Visionarias Business (España) y The Ohio Press (EE. UU.), y docente en América Latina y España.
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Su web: FeminismoINC
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Marita Seara Fernández
Periodista con Perspectiva de Género y Editora de medios digitales e impresos. Consultora Comunicacional. Escribe para hacer visible lo invisible, sobre igualdad de género, sobre mujeres referentes, sobre la mujer en el mundo de los negocios y sobre el emprendimiento liderado, «por supuesto», por mujeres. Ha dirigido los departamentos de Comunicaciones de organizaciones relacionadas con el sector de los negocios e inversiones. Fue Directora de Comunicaciones de la Cámara de Industria y Comercio de EEUU y Venezuela, Gerente de Comunicaciones del Consejo Nacional de Promoción de Inversiones y Editora de la revista sobre economía y negocios Business Venezuela.
En 2014 creó su propio blog, Voces Visibles, para escribir sobre los derechos de mujeres y niñas en el mundo. Publicó en Amazon La Mujer. Una Voz que se extiende. Es coautora de La Visibilidad en 3 miradas: Cuando la Voz se escribe y de Tendencias 2026: 16 miradas sobre los cambios que redefinen el mundo. Es Consultora Comunicacional y apoya y asesora a mujeres +50 en sus estrategias comunicaciones y a armar su Hoja de Ruta hacia la visibilidad y posicionamiento de sus marcas y de ellas como referentes en sus áreas de acción.
Marita es fundadora de Visionarias Business y su Directora Ejecutiva y Editorial. También fundadora de la Red de Expertas Visionarias.
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